16 de marzo de 2005
 

 

Don Nefasto Calderón de la Charca

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, marzo - Yo, Don Nefasto Calderón de la Charca Hirviente, soy un poeta de la sobriedad, un estilista del ruido y un celador del ajiaco cultural criollo.

¿Cómo es posible entonces que se me acuse de padecer del cosquilleante bichito del coleccionismo, de la catastrófica euforia del depredador o del pecado mortal en que sume al humano la envidia por lo ajeno?

¿Habrá injusticia más grande que calificar mi amor por la cultura como una fobia a los creadores foráneos, cual un rechazo vil a eventuales competidores de la memoria musical autóctona? ¡No!

Pues si los espejuelos del legendario Lennon han sido raptados de su nariz y ante la de los custodios de la estatua sólo en ocho ocasiones, es por el bien del arte, en pro de la integración cultural y como respuesta a mis más profundas convicciones hacia los poderes mágicos del bronce, al fundirse para calderos y otros útiles de cocina insustituibles en las sutiles peripecias del yantar cubano.

Eso de considerar mi arte como una estupidez macarrónica con ignorancia agresiva es un insulto.

Si mis ayudantes -tildados por un periodista de Juventud Rebelde como un grupo de oscuros individuos por desmontar a plena luz del día y con un soplete el violín que empuñaba en el Vedado el célebre compositor austriaco Johan Strauss- no realizaran el acto de homenaje al instrumento bronceado que unido a los espejuelos de Lennon le dará más lustre a las cazuelas, ¿qué será del arte culinario del país?

¿De qué forma lograremos la brillantez de los calderos, el acceso proletario a sus cualidades hirvientes y la calidad necesaria para humillar a unos frijoles negros más rebeldes que un tronco de Jiquí?

Y para que no me tilden de xenófobo, les diré que también arrancamos la cabeza de Cirilo Villaverde que asomaba en las tardes ruidosas de la Loma del Angel capitalina, como signo de que ni en una estatua de bronce se puede descansar, huir del regatón y mucho menos dejar de ser útil a los humildes transeúntes separados de un caldero aleccionador por la barrera del dólar.

La cabeza de Cirilo, con los espejuelos de Lennon y el violín de Strauss representa un símbolo de la integración cultural a la que estamos abocados selectivamente y por decreto, aún más cuando se funden para construir un caldero musical con excelencia literaria y a ritmo de viandas para salcochar.

Esos actos no constituyen robos, sino lucha, pelea, resolvedera y otros versos de una poética de la supervivencia nacida de un sentimiento artístico y leal más allá de diatribas contra hombres fraguados en la escuela del despelote ético nacional.

¡Qué orgullosos se hubieran sentido los habitantes de la Tailandia y el Vietnam de los años 1300 a 500 Antes de Cristo -en plena Edad de Bronce- de haber logrado confeccionar un caldero con los adminículos identitarios de tan excelsas figuras!

¡Qué rumbón con cerveza dispensada, pan con croquetas y la música del grupo Oscuros Sentimientos habrían formado en las orillas del río Ma, con todo y ser una rica zona funeraria!

Hasta los muertos hubieran tirado un pasillo de "perreo" con las finísimas notas sacas a un caldero por una Stil Band precristiana.

Por eso me preocupan los ataques despiadados y las infundadas acusaciones de que peligra con desaparecer la aguja de la cúpula del Capitolio. Eso nunca, señor periodista, mientras existan más estatuas a mano que no pongan en peligro la existencia de los aedos del bronce, los rapsodas del timo y los bates del tumbe que con tantas seguidillas componen cuartetas de calderos, dìpticos de candelabros y tercetos de jarros para saciar ausencias y convertir la realidad en un soneto cuyo final no sea La vida es sueño, y los sueños, sueños son.

Tenemos la obligación de apartar de la vista del pueblo todo lo que represente el culto a la personalidad, y en eso sí somos artistas del trucaje.

No aceptamos que nos califiquen como depredadores del patrimonio nacional, pues el resultado de nuestra actividad artística, ya sea con soplete o arrancando cabezas y espejuelos con la mano, es consustancial al hecho creativo sin necesidad de musas y sí de muchos que necesiten unas monedas extras para escribir una Oda a la Alegría, ya sea con pesos blancos, verdes o bronceados mientras llega la cárcel o la muerte.

Nos ofende que nos digan instruidos pero mal educados, y nos comparen con quienes garabatean en el espaldar de un asiento de un ómnibus "Joe el menor y Yurima: el que sufre que sufra".

Nosotros somos alivios contra el sufrimiento, repartidores de una bondad de bronce condenada a fundirse y servir de razón para un arroz con pollo en pastillas, una paella ecléctica y plural en sus ausencias de sabores, o un ajiaco sublime a lo pelao que mezcla a plenitud la diversidad de frustraciones que nos ofrece la vida a través de un denominador común convertido en caldero.

Yo, Don Nefasto Calderón de la Charca Hirviente, exijo en nombre de mis queridos forajidos, de mis mobles arrancadores de cabezas, violines y espejuelos, y de mis fieles y sensibles veladores del ornato público, un mayor respeto.

Porque si para mi ilustre antecesor Don Calderón de la Barca La vida es un sueño, para nosotros es algo más que una cuarentona pesadilla.