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Don Nefasto Calderón de la
Charca
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, marzo - Yo, Don Nefasto Calderón de la Charca
Hirviente, soy un poeta de la sobriedad, un estilista del ruido
y un celador del ajiaco cultural criollo.
¿Cómo es posible entonces que se me acuse de padecer
del cosquilleante bichito del coleccionismo, de la catastrófica
euforia del depredador o del pecado mortal en que sume al humano
la envidia por lo ajeno?
¿Habrá injusticia más grande que calificar
mi amor por la cultura como una fobia a los creadores foráneos,
cual un rechazo vil a eventuales competidores de la memoria musical
autóctona? ¡No!
Pues si los espejuelos del legendario Lennon han sido raptados
de su nariz y ante la de los custodios de la estatua sólo
en ocho ocasiones, es por el bien del arte, en pro de la integración
cultural y como respuesta a mis más profundas convicciones
hacia los poderes mágicos del bronce, al fundirse para calderos
y otros útiles de cocina insustituibles en las sutiles peripecias
del yantar cubano.
Eso de considerar mi arte como una estupidez macarrónica
con ignorancia agresiva es un insulto.
Si mis ayudantes -tildados por un periodista de Juventud Rebelde
como un grupo de oscuros individuos por desmontar a plena luz del
día y con un soplete el violín que empuñaba
en el Vedado el célebre compositor austriaco Johan Strauss-
no realizaran el acto de homenaje al instrumento bronceado que unido
a los espejuelos de Lennon le dará más lustre a las
cazuelas, ¿qué será del arte culinario del
país?
¿De qué forma lograremos la brillantez de los calderos,
el acceso proletario a sus cualidades hirvientes y la calidad necesaria
para humillar a unos frijoles negros más rebeldes que un
tronco de Jiquí?
Y para que no me tilden de xenófobo, les diré que
también arrancamos la cabeza de Cirilo Villaverde que asomaba
en las tardes ruidosas de la Loma del Angel capitalina, como signo
de que ni en una estatua de bronce se puede descansar, huir del
regatón y mucho menos dejar de ser útil a los humildes
transeúntes separados de un caldero aleccionador por la barrera
del dólar.
La cabeza de Cirilo, con los espejuelos de Lennon y el violín
de Strauss representa un símbolo de la integración
cultural a la que estamos abocados selectivamente y por decreto,
aún más cuando se funden para construir un caldero
musical con excelencia literaria y a ritmo de viandas para salcochar.
Esos actos no constituyen robos, sino lucha, pelea, resolvedera
y otros versos de una poética de la supervivencia nacida
de un sentimiento artístico y leal más allá
de diatribas contra hombres fraguados en la escuela del despelote
ético nacional.
¡Qué orgullosos se hubieran sentido los habitantes
de la Tailandia y el Vietnam de los años 1300 a 500 Antes
de Cristo -en plena Edad de Bronce- de haber logrado confeccionar
un caldero con los adminículos identitarios de tan excelsas
figuras!
¡Qué rumbón con cerveza dispensada, pan con
croquetas y la música del grupo Oscuros Sentimientos habrían
formado en las orillas del río Ma, con todo y ser una rica
zona funeraria!
Hasta los muertos hubieran tirado un pasillo de "perreo"
con las finísimas notas sacas a un caldero por una Stil Band
precristiana.
Por eso me preocupan los ataques despiadados y las infundadas acusaciones
de que peligra con desaparecer la aguja de la cúpula del
Capitolio. Eso nunca, señor periodista, mientras existan
más estatuas a mano que no pongan en peligro la existencia
de los aedos del bronce, los rapsodas del timo y los bates del tumbe
que con tantas seguidillas componen cuartetas de calderos, dìpticos
de candelabros y tercetos de jarros para saciar ausencias y convertir
la realidad en un soneto cuyo final no sea La vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Tenemos la obligación de apartar de la vista del pueblo
todo lo que represente el culto a la personalidad, y en eso sí
somos artistas del trucaje.
No aceptamos que nos califiquen como depredadores del patrimonio
nacional, pues el resultado de nuestra actividad artística,
ya sea con soplete o arrancando cabezas y espejuelos con la mano,
es consustancial al hecho creativo sin necesidad de musas y sí
de muchos que necesiten unas monedas extras para escribir una Oda
a la Alegría, ya sea con pesos blancos, verdes o bronceados
mientras llega la cárcel o la muerte.
Nos ofende que nos digan instruidos pero mal educados, y nos comparen
con quienes garabatean en el espaldar de un asiento de un ómnibus
"Joe el menor y Yurima: el que sufre que sufra".
Nosotros somos alivios contra el sufrimiento, repartidores de una
bondad de bronce condenada a fundirse y servir de razón para
un arroz con pollo en pastillas, una paella ecléctica y plural
en sus ausencias de sabores, o un ajiaco sublime a lo pelao que
mezcla a plenitud la diversidad de frustraciones que nos ofrece
la vida a través de un denominador común convertido
en caldero.
Yo, Don Nefasto Calderón de la Charca Hirviente, exijo en
nombre de mis queridos forajidos, de mis mobles arrancadores de
cabezas, violines y espejuelos, y de mis fieles y sensibles veladores
del ornato público, un mayor respeto.
Porque si para mi ilustre antecesor Don Calderón de la Barca
La vida es un sueño, para nosotros es algo más que
una cuarentona pesadilla.
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