4 de abril de 2005
 

 

Defensa del kilo

Reinaldo Cosano Alén, Lux Info Press

LA HABANA, abril (Reinaldo Cosano Alén, Lux Info Press) - En la actual barahúnda de cambios monetarios en Cuba que involucra al dólar estadounidense, otras divisas y al peso convertible cubano -remedo de divisa interna- y el peso común -o del común- preocupa que nadie se preocupa por el kilo (centavo), la más pequeña, menuda e insignificante de nuestras monedas.

Como tradicionalmente la santería emplea el kilo -si es "prieto" mucho mejor- para "limpiezas" y "despojos" espirituales, al parecer el kilo ha absorbido ciertos maleficios que lleva a cuestas. Sobre todo a partir de 1959, en que ha sido colocado en situación absurda.

Si kilo es prefijo que significa mil partes, resulta una incongruencia llamar a sí a nuestra ínfima moneda, que representa cien y no mil partes del peso. Con toda propiedad debió ser denominada céntimo, ni siquiera centavo, que es adjetivo numeral, no nominal.

Kilo, una palabra tan difundida en Cuba, no aparece en el diccionario como cubanismo. Tampoco está preciso cuándo ni por qué se comenzó a llamarle kilo al que debió ser llamado céntimo. Su génesis estaría enmarcada en la segunda década del pasado siglo, cuando Cuba estableció su propio sistema monetario frente al circulante estadounidense y español.

El kilo es un gran problema: el Estado está en la costosa obligación de acuñarlo y ponerlo en circulación, pero la ciudadanía lo rechaza porque no sabe qué hacer con él. Es un estorbo, menos que moneda falsa, que nadie se queda. Aunque redonda, como todas, no circula. Ha perdido categoría monetaria. Especie de don Nadie.

Se ha vuelto casi insultante pagar con centavos, aunque en honor a la verdad, en los salarios de puestos laborales estatales se abonan los centavos, mientras que en los precios fijados por el Estado a las mercancías jamás aparecen centavos: siempre números redondos con desdén de los centavos.

La realidad es terca: nada se puede comprar con un kilo, ni dos, ni tres, ni cuatro. Sólo reunidos cinco, el pequeño pan normado por la libreta de racionamiento para cada persona, cada día, o una corta comunicación telefónica local. Nada más. Por eso hasta los niños desprecian los centavos. A diferencia de antes de 1959, en que se podían comprar tantas cosas con uno o cinco centavos.

El kilo se ha convertido en la práctica en moneda virtual. Ni siquiera tiene validez -no se recuerda- el anuncio para fomentar el ahorro bancario de la desaparecida animadora Consuelito Vidal: "Kilito a kilito se llega al pesito".

Al contrario. El eslogan popular de estos tiempos es: "El kilo no tiene vuelto", aplicado por la sabiduría popular no exactamente como último escalón monetario, sino para referirse a imposibles de cualquier índole.

Hablando de escalón monetario, es oportuno señalar cómo en cualquier país de economía abierta el centavo es sólo nominalmente el último escalón, porque puesto al revés -como antaño en Cuba- ocupa el primer peldaño, pues la base de toda buena economía está en el ahorro y en el buen empleo de cada centavo. Es penoso saber que se empieza por botar centavos, siguen pesos y tras éstos montones perdidos en divisas, en recursos de la nación. Es obvio que todo país debe cuidar bien su primer escalón monetario.

Sin alcurnia como moneda, su insignificancia es de tal magnitud que pareciera que el kilo se acuña y pone en circulación para un único beneficiario: San Lázaro. Pero no el San Lázaro bíblico que parece preferir dádivas en pesos y dólares según sus devotos católicos, sino el otro Lázaro, Babalú Ayé, orisha de origen africano.

Si San Lázaro pudiera juntar todos los centavos ofrendados históricamente por sus devotos, no creo equivocarme al afirmar que sería millonario. Tanto más que Hill Gates. Centavos muy bien ganados con el sudor de su frente, o dicho en otros términos, haciendo milagros. Aunque nunca acabo de comprender por qué, si es tan milagroso concediendo salud, preservando vidas, librando de grandes peligros y despejando caminos, se le gratifique con la más insignificante de las monedas. ¡Vaya contradicción! Moneda además que sale de circulación, queda estática y, por lo mismo, se vuelve inservible.

En fin, el kilo, ¿es dinero o no es dinero?

Al menos como cuestión sentimental, de orgullo nacional, hagamos la defensa del kilo.