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Defensa del kilo
Reinaldo Cosano Alén, Lux Info Press
LA HABANA, abril (Reinaldo Cosano Alén, Lux Info Press)
- En la actual barahúnda de cambios monetarios en Cuba que
involucra al dólar estadounidense, otras divisas y al peso
convertible cubano -remedo de divisa interna- y el peso común
-o del común- preocupa que nadie se preocupa por el kilo
(centavo), la más pequeña, menuda e insignificante
de nuestras monedas.
Como tradicionalmente la santería emplea el kilo -si es
"prieto" mucho mejor- para "limpiezas" y "despojos"
espirituales, al parecer el kilo ha absorbido ciertos maleficios
que lleva a cuestas. Sobre todo a partir de 1959, en que ha sido
colocado en situación absurda.
Si kilo es prefijo que significa mil partes, resulta una incongruencia
llamar a sí a nuestra ínfima moneda, que representa
cien y no mil partes del peso. Con toda propiedad debió ser
denominada céntimo, ni siquiera centavo, que es adjetivo
numeral, no nominal.
Kilo, una palabra tan difundida en Cuba, no aparece en el diccionario
como cubanismo. Tampoco está preciso cuándo ni por
qué se comenzó a llamarle kilo al que debió
ser llamado céntimo. Su génesis estaría enmarcada
en la segunda década del pasado siglo, cuando Cuba estableció
su propio sistema monetario frente al circulante estadounidense
y español.
El kilo es un gran problema: el Estado está en la costosa
obligación de acuñarlo y ponerlo en circulación,
pero la ciudadanía lo rechaza porque no sabe qué hacer
con él. Es un estorbo, menos que moneda falsa, que nadie
se queda. Aunque redonda, como todas, no circula. Ha perdido categoría
monetaria. Especie de don Nadie.
Se ha vuelto casi insultante pagar con centavos, aunque en honor
a la verdad, en los salarios de puestos laborales estatales se abonan
los centavos, mientras que en los precios fijados por el Estado
a las mercancías jamás aparecen centavos: siempre
números redondos con desdén de los centavos.
La realidad es terca: nada se puede comprar con un kilo, ni dos,
ni tres, ni cuatro. Sólo reunidos cinco, el pequeño
pan normado por la libreta de racionamiento para cada persona, cada
día, o una corta comunicación telefónica local.
Nada más. Por eso hasta los niños desprecian los centavos.
A diferencia de antes de 1959, en que se podían comprar tantas
cosas con uno o cinco centavos.
El kilo se ha convertido en la práctica en moneda virtual.
Ni siquiera tiene validez -no se recuerda- el anuncio para fomentar
el ahorro bancario de la desaparecida animadora Consuelito Vidal:
"Kilito a kilito se llega al pesito".
Al contrario. El eslogan popular de estos tiempos es: "El
kilo no tiene vuelto", aplicado por la sabiduría popular
no exactamente como último escalón monetario, sino
para referirse a imposibles de cualquier índole.
Hablando de escalón monetario, es oportuno señalar
cómo en cualquier país de economía abierta
el centavo es sólo nominalmente el último escalón,
porque puesto al revés -como antaño en Cuba- ocupa
el primer peldaño, pues la base de toda buena economía
está en el ahorro y en el buen empleo de cada centavo. Es
penoso saber que se empieza por botar centavos, siguen pesos y tras
éstos montones perdidos en divisas, en recursos de la nación.
Es obvio que todo país debe cuidar bien su primer escalón
monetario.
Sin alcurnia como moneda, su insignificancia es de tal magnitud
que pareciera que el kilo se acuña y pone en circulación
para un único beneficiario: San Lázaro. Pero no el
San Lázaro bíblico que parece preferir dádivas
en pesos y dólares según sus devotos católicos,
sino el otro Lázaro, Babalú Ayé, orisha de
origen africano.
Si San Lázaro pudiera juntar todos los centavos ofrendados
históricamente por sus devotos, no creo equivocarme al afirmar
que sería millonario. Tanto más que Hill Gates. Centavos
muy bien ganados con el sudor de su frente, o dicho en otros términos,
haciendo milagros. Aunque nunca acabo de comprender por qué,
si es tan milagroso concediendo salud, preservando vidas, librando
de grandes peligros y despejando caminos, se le gratifique con la
más insignificante de las monedas. ¡Vaya contradicción!
Moneda además que sale de circulación, queda estática
y, por lo mismo, se vuelve inservible.
En fin, el kilo, ¿es dinero o no es dinero?
Al menos como cuestión sentimental, de orgullo nacional,
hagamos la defensa del kilo.
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