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Los meantes de a millón
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org)
- Recordar -en Cuba- es volver a sufrir. Pero como ya quedaron superados
aquellos años en que los tenedores y las cucharas de calamina
tenían que ser encadenados a las mesas de los ventorrillos
y los chinchales para evitar el afán de coleccionismo cultural
de los cubanos, se precisa ultimar íntimos detalles.
¿Que ponían la lengua más prieta que el carbón?
Nadie lo niega. ¿Que las tripas ejecutaban la danza del fuego
al caerles a retazos unos espaguetis de coditos con salsa de cundiamor,
pizza de yuca seca y refresco de zanahoria, más el por ciento
de calamina correspondiente a cada cucharada? Imposible negar.
Pero superada esta mágica etapa, resueltas las intoxicaciones
y las bloqueadas hazañas digestivas, el cubano promedio se
mantiene a la espera de nuevas aventuras donde demostrar sus dotes
de sobreviviente con diploma de honor y otros aullidos.
Al parecer, es tanta la imaginación, el poder de creatividad,
el rumbón científico de solar y la manía por
el arte del acaparamiento, que ante el simple rumor de "no
habrá ni donde orinar" -sustituto del utópico,
por revolucionario, "ni donde amarrar la chiva"- se abalanzan
como bibijaguas sobre los urinarios y defecatorios públicos,
y pedazo a pedazo se llevan hasta el nombre del lugar.
Hoy la palanca del tanque; mañana, la tapa; pasado, el meruco;
la semana siguiente, el tanque completo, y por fin, en la próxima
visita, la taza con tornillo y todo, además de algunas baldosas
para crear una atmósfera de exclusividad y confort.
Consumado el acto de canibalismo meatorio, resuelta la zona de
evacuación, los afortunados mortales dejan de regar las flores
de los jardines, las paredes de los museos, los bancos de los parques,
las escalinatas de las iglesias, el parqueo del Poder Popular, las
vallas orientadoras del partido, las bocinas de las Casas de Cultura,
las lápidas de los cementerios, los tambuchos de basura de
un círculo infantil, los ascensores de los hospitales, las
paradas de ómnibus que no paran, y tantos lugares más
de la capital convertidos en sitios emergentes o alternativos para
la micción y otras acciones de primera, segunda y tercera
necesidad.
Es tanta la regadera que a San Cristóbal de La Habana se
le puede llamar con propiedad La llave y el tibor del Golfo.
Convencidos de que las fosas no alcanzan para todos, por culpa
del bloqueo y de las tupiciones, y que sólo con una esposa
deportista en Tegucigalpa, un hermano médico en Haití
o un hijo asesor de cómo combatir los aludes de nieve en
Venezuela se pueden adquirir en una shoping. Las administraciones,
el partido, el sindicato y los trabajadores de cada Piropo, Doña
Yuya o Infotur que honran nuestras calles decidieron tomar serias
medidas contra este tipo de terrorismo miccional y deyectivo, seguros
de que el imperio no podrá impedir que los cubanos evacuen
con privacidad y sosiego, los patriotas de los urinarios y defecatorios
públicos que prestan servicios en la moneda del enemigo diseñaron
un plan infalible contra estos actos de vandalismo, pues pueden
provocar una obstrucción intestinal o un salidero inquieto
en el músculo primo del usuario.
Un significativo ejemplo lo constituye el establecimiento VEA,
ubicado en la céntrica intersección de las calles
Galiano y San Rafael, en Centro Habana.
Allí, aparte de un custodio que vele día y noche
porque no haya exceso de jineteras cultas y confiables, de indigentes
por gozo y vitalidad o de niños jodedores y retozones que
piden una moneda sólo para jugar a ser turistas extranjeros,
se encuentra la cuidadora del baño.
Sentada a un costado de la enrejada puerta, con la llave del candado
en la mano izquierda y el recipiente para propinas en la derecha,
dirige la cola de los meantes con profesionalidad y respeto.
El ceñudo rostro, distendido en una sonrisa pedigüeña,
se contra en un tic cuando el meonario se dirige al cuarto de suplicio.
Ya en el interior, el miccional usuario, escuchado el ¡foo,
qué peste
! ¡Mal rayo los parta! del meante, su
cara se relaja al tener segura la propina y la certeza del deber
cumplido, pues nadie podrá salirse con la suya, es decir,
la taza o cualquiera de sus aditamentos.
Para ello, los merucos pensantes que integran las brigadas de innovadores
y racionalizadotes para el turismo nacional diseñaron la
Taza Eléctrica en Tiempos de Paz.
Este artefacto, aunque similar a las tazas tradicionales, tiene
algunos mecanismos de seguridad para evitar el lleve, tumbe, afane,
de sus partes por coleccionistas escatológicos.
El tanque y la tapa, para impedir la furia de los evacuacionistas,
apenas se ven de tantas láminas de aceroníquel que
las unen y terminan atornillados a la pared.
Por su parte la taza, cruzada y recruzada en todas direcciones
con similar objeto de protección que la sujeta al piso, sólo
deja ver un pequeño orificio ante el cual hay que ser experto
francotirador cujeado en competencias de chorro intermitente a la
orilla de un río.
Eso sí, de caer un rayo mientras se orina, el corrientaza
eléctrico subirá por el chorro hasta las partes pudendas
del individuo o la individua, y de ahí a la estatua de carbón
sólo media otro chuchazo.
¡Pero no se la llevaron!, asegura eufórica la cancerbera
orínica, mientras guía la cola de los meantes de a
millón, llamados así por su apresuramiento, angustia
y necesidad de tener aunque sea un lugar para evacuar, y no las
dudas, pues sería mucho pedir en un sistema que nos impide
hasta mear en paz por ayudarnos.
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