6 de julio de 2005
 

 

Los meantes de a millón

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Recordar -en Cuba- es volver a sufrir. Pero como ya quedaron superados aquellos años en que los tenedores y las cucharas de calamina tenían que ser encadenados a las mesas de los ventorrillos y los chinchales para evitar el afán de coleccionismo cultural de los cubanos, se precisa ultimar íntimos detalles.

¿Que ponían la lengua más prieta que el carbón? Nadie lo niega. ¿Que las tripas ejecutaban la danza del fuego al caerles a retazos unos espaguetis de coditos con salsa de cundiamor, pizza de yuca seca y refresco de zanahoria, más el por ciento de calamina correspondiente a cada cucharada? Imposible negar.

Pero superada esta mágica etapa, resueltas las intoxicaciones y las bloqueadas hazañas digestivas, el cubano promedio se mantiene a la espera de nuevas aventuras donde demostrar sus dotes de sobreviviente con diploma de honor y otros aullidos.

Al parecer, es tanta la imaginación, el poder de creatividad, el rumbón científico de solar y la manía por el arte del acaparamiento, que ante el simple rumor de "no habrá ni donde orinar" -sustituto del utópico, por revolucionario, "ni donde amarrar la chiva"- se abalanzan como bibijaguas sobre los urinarios y defecatorios públicos, y pedazo a pedazo se llevan hasta el nombre del lugar.

Hoy la palanca del tanque; mañana, la tapa; pasado, el meruco; la semana siguiente, el tanque completo, y por fin, en la próxima visita, la taza con tornillo y todo, además de algunas baldosas para crear una atmósfera de exclusividad y confort.

Consumado el acto de canibalismo meatorio, resuelta la zona de evacuación, los afortunados mortales dejan de regar las flores de los jardines, las paredes de los museos, los bancos de los parques, las escalinatas de las iglesias, el parqueo del Poder Popular, las vallas orientadoras del partido, las bocinas de las Casas de Cultura, las lápidas de los cementerios, los tambuchos de basura de un círculo infantil, los ascensores de los hospitales, las paradas de ómnibus que no paran, y tantos lugares más de la capital convertidos en sitios emergentes o alternativos para la micción y otras acciones de primera, segunda y tercera necesidad.

Es tanta la regadera que a San Cristóbal de La Habana se le puede llamar con propiedad La llave y el tibor del Golfo.

Convencidos de que las fosas no alcanzan para todos, por culpa del bloqueo y de las tupiciones, y que sólo con una esposa deportista en Tegucigalpa, un hermano médico en Haití o un hijo asesor de cómo combatir los aludes de nieve en Venezuela se pueden adquirir en una shoping. Las administraciones, el partido, el sindicato y los trabajadores de cada Piropo, Doña Yuya o Infotur que honran nuestras calles decidieron tomar serias medidas contra este tipo de terrorismo miccional y deyectivo, seguros de que el imperio no podrá impedir que los cubanos evacuen con privacidad y sosiego, los patriotas de los urinarios y defecatorios públicos que prestan servicios en la moneda del enemigo diseñaron un plan infalible contra estos actos de vandalismo, pues pueden provocar una obstrucción intestinal o un salidero inquieto en el músculo primo del usuario.

Un significativo ejemplo lo constituye el establecimiento VEA, ubicado en la céntrica intersección de las calles Galiano y San Rafael, en Centro Habana.

Allí, aparte de un custodio que vele día y noche porque no haya exceso de jineteras cultas y confiables, de indigentes por gozo y vitalidad o de niños jodedores y retozones que piden una moneda sólo para jugar a ser turistas extranjeros, se encuentra la cuidadora del baño.

Sentada a un costado de la enrejada puerta, con la llave del candado en la mano izquierda y el recipiente para propinas en la derecha, dirige la cola de los meantes con profesionalidad y respeto.

El ceñudo rostro, distendido en una sonrisa pedigüeña, se contra en un tic cuando el meonario se dirige al cuarto de suplicio. Ya en el interior, el miccional usuario, escuchado el ¡foo, qué peste…! ¡Mal rayo los parta! del meante, su cara se relaja al tener segura la propina y la certeza del deber cumplido, pues nadie podrá salirse con la suya, es decir, la taza o cualquiera de sus aditamentos.

Para ello, los merucos pensantes que integran las brigadas de innovadores y racionalizadotes para el turismo nacional diseñaron la Taza Eléctrica en Tiempos de Paz.

Este artefacto, aunque similar a las tazas tradicionales, tiene algunos mecanismos de seguridad para evitar el lleve, tumbe, afane, de sus partes por coleccionistas escatológicos.

El tanque y la tapa, para impedir la furia de los evacuacionistas, apenas se ven de tantas láminas de aceroníquel que las unen y terminan atornillados a la pared.

Por su parte la taza, cruzada y recruzada en todas direcciones con similar objeto de protección que la sujeta al piso, sólo deja ver un pequeño orificio ante el cual hay que ser experto francotirador cujeado en competencias de chorro intermitente a la orilla de un río.

Eso sí, de caer un rayo mientras se orina, el corrientaza eléctrico subirá por el chorro hasta las partes pudendas del individuo o la individua, y de ahí a la estatua de carbón sólo media otro chuchazo.

¡Pero no se la llevaron!, asegura eufórica la cancerbera orínica, mientras guía la cola de los meantes de a millón, llamados así por su apresuramiento, angustia y necesidad de tener aunque sea un lugar para evacuar, y no las dudas, pues sería mucho pedir en un sistema que nos impide hasta mear en paz por ayudarnos.