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Melancolía por un viejo
anuncio de cine
Reinaldo Cosano Alén, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - En una antigua revista
encontré este anuncio: "Cine-Velada 15 de agosto. "Campoamor":
1.- "Más gaticos" (cartón de Artistas Unidos);
2.- "Noticiero" (Universal); 3-. "Noches de Fuego"
(Internacional Films). 1938.
Su lectura me trajo un inquietante estado de melancolía;
esa tristeza que causa un recuerdo agradable, pero irrecuperable,
que deja honda depresión anímica. Es que el cine fue
para el cubano parte indivisible de su vida. Hoy apenas un instante.
Según dato poco conocido, el francés Gabriel Veyre
estrenó el cine en Cuba el 24 de enero de 1897, ante un público
tan numeroso como estupefacto en el local de la antigua contaduría
del "Teatro Tacón", hoy Teatro Nacional de Cuba;
y el 7 de febrero del mismo año, en la esquina de Prado y
San José, se filmó la primera película en nuestro
país: "Simulacro de incendio", filme que, por suerte,
conserva la Cinemateca de Cuba.
Si bien por razón de edad no pude disfrutar de las funciones
del teatro-cine Campoamor -ni nadie podrá ya disfrutarlas
porque colapsó por el estado ruinoso del inmueble y la mano
criminal de la desidia- hay noticias y testimonios de su antiguo
esplendor, al que el anuncio me hizo trasladar mentalmente.
En los decenios 1950-1950, por ejemplo, el cine Campoamor proyectó
filmes como "Hamlet", entonces summum de la creación
cinematográfica, y "Roma, città aperta",
una de las primeras realizaciones del neorrealismo italiano; así
como un sinnúmero de películas mexicanas en las que
la gente se mata casi por nada, muestra del fuerte aderezo de violencia
que las guerras civiles imprimieron a toda la sociedad azteca. También
pasaron por la pantalla del Campoamor melodramas argentinos y películas
rodadas en Hollywood, incluidos numerosos westerns, que inundaron
el mercado cubano cinematográfico de la época.
El Campoamor, como tantos otros del país, exhibía
en cada función dos largos metrajes, un corto noticioso,
un comic u otro corto. Era costumbre que a la filmografía
del día precediera un show en vivo de mejor o peor calidad,
por lo general piezas livianas picarescas con doble sentido, o con
alusiones socio-políticas. Shows que se mantuvieron por largo
tiempo. Incluso, por demanda del gremio de músicos y artistas
para mantener sus trabajos, el poder público obligaba a los
empresarios de cine de alguna categoría a esas contrataciones.
Si el show no era del gusto del público, éste respondía
con su veredicto implacable: no entraba al cine hasta transcurrida
la presentación de los artistas. De las presentaciones más
elegantes surgieron algunas de las figuras más representativas
de la escena y la radio. Después, de la televisión
y también del teatro vernáculo. Hoy sólo humo
del recuerdo.
No menguó para nada la gran afición del cubano al
cine, a pesar del rápido y extendido crecimiento de la radio
y la televisión en Cuba hasta 1959. Con cinco y medio millones
de habitantes, desde la inauguración de la televisión
en el país, el 24 de octubre de 1950, hasta el año
1958, existía un telerreceptor por cada 18 habitantes. La
compra de un televisor se facilitaba por los bajos precios y las
ventas a plazos.
Temprano se dispuso de la televisión a color, ocupando Cuba
el tercer lugar después de New York y Filadelfia en todo
el continente americano. La planta de TV a color se instaló
en el hotel Hilton, del Vedado, que fue propiedad del sindicato
gastronómico hasta su confiscación.
En cuanto a la radio, había en Cuba 160 estaciones y cadenas
independientes. Existían 646 salas de cine, muchas con aire
acondicionado, cafeterías, shows y orquestas propias.
Era frecuente la presentación de conocidos intérpretes
nacionales y extranjeros. El precio de entrada a estos cines de
mejor confort y elegancia nunca sobrepasó el peso (un dólar).
En los cines de barrio el precio oscilaba entre diez y cuarenta
centavos. En muchos, las mujeres no pagaban uno o dos días
a la semana. El habanero "Rex", ya desaparecido, se especializó
en matinés corridas y cortos. El "Duplex", también
desaparecido, fue el primero que tuvo butacas acolchadas reclinables.
De los 646 cines del país 86 estaban en la capital.
En el teatro Campoamor, el doctor José Antonio Encinas,
afamado maestro y sociólogo, ex rector de la Universidad
de San Marcos, Lima, dictó su conferencia "Formación
de los hábitos y su trascendencia en el desarrollo de la
personalidad", el 31 de agosto de 1938. La presentación
de la conferencia estuvo a cargo de la doctora Dulce María
Escalona, entonces profesora de la Escuela Normal para Maestros
de La Habana.
Un anciano atestigua que en un noticiero cinematográfico
proyectado en el cine-teatro Campoamor vio y oyó al presidente
Roosevelt dirigirse a las naciones civilizadas para que proscribieran
la barbarie armada que se avecinaba. El mismo mensaje fue difundido
por más de trescientas estaciones de radio a un auditorio
de más de cincuenta millones de personas.
En cierta ocasión, el psiquiatra y criminalista argentino
Osvaldo Laudet expresó: "Vivir es una cosa diferente
de existir". Y viene al caso con el teatro Campoamor, cuyas
historias que arropa entre sus piedras y vigas desplomadas, viven
y claman por la reconstrucción del edificio, como parte del
rescate de la Habana Vieja, de cuyo entorno es parte indisoluble.
Antes de que sea demasiado tarde, porque esa tarea no la podrán
realizar las futuras generaciones.
Como afirma el escritor cubano Miguel Sabater, es cierto que los
cubanos han tenido siempre predilección por el séptimo
arte, como lo demuestran las enormes filas de ciudadanos ante la
exhibición de una buena película, de producción
nacional o extranjera. Y las también compactas filas que
desbordan vestíbulos y calles durante los días del
Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, cuyos filmes son exhibidos
en toda la Isla.
El Campoamor, como otros cines en camino de desaparecer, aún
invita, si no a una función, al menos al raro deleite de
tocar amorosamente sus muros externos que encierran tantas historias
secretas, y a escudriñar por las torcidas puertas sus ruinas
interiores.
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