20 de julio de 2005
 

 

Melancolía por un viejo anuncio de cine

Reinaldo Cosano Alén, Lux Info Press

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - En una antigua revista encontré este anuncio: "Cine-Velada 15 de agosto. "Campoamor": 1.- "Más gaticos" (cartón de Artistas Unidos); 2.- "Noticiero" (Universal); 3-. "Noches de Fuego" (Internacional Films). 1938.

Su lectura me trajo un inquietante estado de melancolía; esa tristeza que causa un recuerdo agradable, pero irrecuperable, que deja honda depresión anímica. Es que el cine fue para el cubano parte indivisible de su vida. Hoy apenas un instante.

Según dato poco conocido, el francés Gabriel Veyre estrenó el cine en Cuba el 24 de enero de 1897, ante un público tan numeroso como estupefacto en el local de la antigua contaduría del "Teatro Tacón", hoy Teatro Nacional de Cuba; y el 7 de febrero del mismo año, en la esquina de Prado y San José, se filmó la primera película en nuestro país: "Simulacro de incendio", filme que, por suerte, conserva la Cinemateca de Cuba.

Si bien por razón de edad no pude disfrutar de las funciones del teatro-cine Campoamor -ni nadie podrá ya disfrutarlas porque colapsó por el estado ruinoso del inmueble y la mano criminal de la desidia- hay noticias y testimonios de su antiguo esplendor, al que el anuncio me hizo trasladar mentalmente.

En los decenios 1950-1950, por ejemplo, el cine Campoamor proyectó filmes como "Hamlet", entonces summum de la creación cinematográfica, y "Roma, città aperta", una de las primeras realizaciones del neorrealismo italiano; así como un sinnúmero de películas mexicanas en las que la gente se mata casi por nada, muestra del fuerte aderezo de violencia que las guerras civiles imprimieron a toda la sociedad azteca. También pasaron por la pantalla del Campoamor melodramas argentinos y películas rodadas en Hollywood, incluidos numerosos westerns, que inundaron el mercado cubano cinematográfico de la época.

El Campoamor, como tantos otros del país, exhibía en cada función dos largos metrajes, un corto noticioso, un comic u otro corto. Era costumbre que a la filmografía del día precediera un show en vivo de mejor o peor calidad, por lo general piezas livianas picarescas con doble sentido, o con alusiones socio-políticas. Shows que se mantuvieron por largo tiempo. Incluso, por demanda del gremio de músicos y artistas para mantener sus trabajos, el poder público obligaba a los empresarios de cine de alguna categoría a esas contrataciones.

Si el show no era del gusto del público, éste respondía con su veredicto implacable: no entraba al cine hasta transcurrida la presentación de los artistas. De las presentaciones más elegantes surgieron algunas de las figuras más representativas de la escena y la radio. Después, de la televisión y también del teatro vernáculo. Hoy sólo humo del recuerdo.

No menguó para nada la gran afición del cubano al cine, a pesar del rápido y extendido crecimiento de la radio y la televisión en Cuba hasta 1959. Con cinco y medio millones de habitantes, desde la inauguración de la televisión en el país, el 24 de octubre de 1950, hasta el año 1958, existía un telerreceptor por cada 18 habitantes. La compra de un televisor se facilitaba por los bajos precios y las ventas a plazos.

Temprano se dispuso de la televisión a color, ocupando Cuba el tercer lugar después de New York y Filadelfia en todo el continente americano. La planta de TV a color se instaló en el hotel Hilton, del Vedado, que fue propiedad del sindicato gastronómico hasta su confiscación.

En cuanto a la radio, había en Cuba 160 estaciones y cadenas independientes. Existían 646 salas de cine, muchas con aire acondicionado, cafeterías, shows y orquestas propias.

Era frecuente la presentación de conocidos intérpretes nacionales y extranjeros. El precio de entrada a estos cines de mejor confort y elegancia nunca sobrepasó el peso (un dólar).
En los cines de barrio el precio oscilaba entre diez y cuarenta centavos. En muchos, las mujeres no pagaban uno o dos días a la semana. El habanero "Rex", ya desaparecido, se especializó en matinés corridas y cortos. El "Duplex", también desaparecido, fue el primero que tuvo butacas acolchadas reclinables. De los 646 cines del país 86 estaban en la capital.

En el teatro Campoamor, el doctor José Antonio Encinas, afamado maestro y sociólogo, ex rector de la Universidad de San Marcos, Lima, dictó su conferencia "Formación de los hábitos y su trascendencia en el desarrollo de la personalidad", el 31 de agosto de 1938. La presentación de la conferencia estuvo a cargo de la doctora Dulce María Escalona, entonces profesora de la Escuela Normal para Maestros de La Habana.

Un anciano atestigua que en un noticiero cinematográfico proyectado en el cine-teatro Campoamor vio y oyó al presidente Roosevelt dirigirse a las naciones civilizadas para que proscribieran la barbarie armada que se avecinaba. El mismo mensaje fue difundido por más de trescientas estaciones de radio a un auditorio de más de cincuenta millones de personas.

En cierta ocasión, el psiquiatra y criminalista argentino Osvaldo Laudet expresó: "Vivir es una cosa diferente de existir". Y viene al caso con el teatro Campoamor, cuyas historias que arropa entre sus piedras y vigas desplomadas, viven y claman por la reconstrucción del edificio, como parte del rescate de la Habana Vieja, de cuyo entorno es parte indisoluble. Antes de que sea demasiado tarde, porque esa tarea no la podrán realizar las futuras generaciones.

Como afirma el escritor cubano Miguel Sabater, es cierto que los cubanos han tenido siempre predilección por el séptimo arte, como lo demuestran las enormes filas de ciudadanos ante la exhibición de una buena película, de producción nacional o extranjera. Y las también compactas filas que desbordan vestíbulos y calles durante los días del Festival del Nuevo Cine Latinoamericano, cuyos filmes son exhibidos en toda la Isla.

El Campoamor, como otros cines en camino de desaparecer, aún invita, si no a una función, al menos al raro deleite de tocar amorosamente sus muros externos que encierran tantas historias secretas, y a escudriñar por las torcidas puertas sus ruinas interiores.