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Dolor en Londres y aflicciones
en La Habana
Por Jorge Olivera Castillo.
Imagino los miles de rostros, aún humedecidos
por las lágrimas. La resignación ocupando el espacio
vacío de la muerte. Al niño que extraña la
ausencia de su padre convertido en chatarra por la dinamita. También
pienso en la abuela desecha en pedazos y en el esposo que ya no
podrá obsequiar una flor. Es el drama viviente tras la cortina
del terror. Una suma de tragedias que estremece los cimientos de
la inocencia.
Londres está de luto. Las bombas sembradas por los fundamentalistas
se llevaron más de 50 personas en un rapto de maldad y locura.
Persiste el pavor por el intento de los genocidas a continuar con
sus prácticas. Al parecer les sobra la pólvora para
borrar el sosiego que inspiran las aguas límpidas del Thamesis
y boicotear la precisión del Big Ben.
Se percibe el dolor, pero no la derrota. Anthony Blair comprende
que los terroristas deben ser combatidos con firmeza. Definitivamente
la filosofía de este ejército de canallas va más
allá del clásico y atrayente perfil antinorteamericano.
Las directrices de esta corriente nacida en las áridas zonas
del Medio Oriente conducen a la destrucción de la institucionalidad
democrática occidental basada en el estado de derecho . Promover
el caos por medio del ajusticiamiento de civiles y aprovechar la
cobertura que brindan las sociedades libres- con sus normas de respeto
a las libertades fundamentales y a la dignidad humana- para darle
protagonismo a su ideología criminal, es una situación
que no puede perderse de vista.
Es cierto que una buena parte de los asesinos sin rostro encuentra
en el Corán el asidero para su teoría de exterminio
y que Siria, Arabia Saudita, Egipto, Pakistán, Afganistán,
Irán, Palestina, Libia o Sudán identifica su nacionalidad,
pero a menudo se soslaya que el terrorismo alcanza en la actualidad
dimensiones epidémicas. El odio a la democracia constitucional
se ha globalizado. Ningún continente escapa a la influencia
del discurso tercermundista que parcializa de una manera brutal
el análisis de la pobreza e ilustra el mapa de la anarquía.
Se eluden los fallos propios multiplicados en el tiempo, el fantasma
de la corrupción ,el populismo con sus etiquetas abonando
el terreno para el desastre.
Los fundamentos para legitimar tanto el mensaje apocalíptico
contra la civilización occidental como la colocación
de explosivos en lugares públicos no solo se asientan en
el libro sagrado de los musulmanes. En el marxismo aparece la lucha
de clases y la crítica minuciosa a las columnas que sostienen
al capitalismo, elementos enriquecidos con interpretaciones licenciosas
que justifican todo tipo de excesos y emiten una señal de
autenticidad.
En Cuba se magnifican prédicas que huelen a pólvora
fresca. Los enemigos son los parlamentos donde la representatividad
sin exclusiones permite una verdadera fiesta del debate, los gobiernos
elegidos en las urnas por el voto de la mayoría, y el cúmulo
de prerrogativas ciudadanas entre ellas el derecho civil ,político
y económico al amparo de una efectiva protección institucional.
Esta constante alusión en tribunas, eventos y coloquios
enaltece la mentalidad de quienes en el mundo desean ver en ruinas
las sociedades que optaron por continuar el legado de la Revolución
Francesa, que después de derrocar a Luis XVI enarboló
la axiomática frase de libertad, igualdad y fraternidad que
puso fin al despotismo feudal para con posterioridad aprobar la
trascendente Declaración de los Derechos del Hombre y el
Ciudadano en 1789.
El gobierno cubano lidera a nivel internacional con cierto éxito
el socavamiento del modelo que Carlos Marx, Federico Engels y más
tarde Vladimir Ilich Lenin pretendieron lanzar al basurero de la
historia.
Los nostálgicos del período soviético y por
añadidura todo aquel que percibe en el orden geopolítico
vigente una amenaza a sus intereses ya sean políticos, culturales
o filosóficos encuentran en La Habana un lugar donde disipar
sus frustraciones con pronunciamientos incendiarios y llamados a
una lucha muchas veces revestida de principios sublimes y coartadas
que tienden a nublar la razón por su estridencia.
No es extraña la similitud del totalitarismo que asfixia,
con el terrorismo y su cultura kamikaze. Son dos caminos que conducen
al universo de lo salvaje.
Ambos rechazan la heterogeneidad en el campo de las ideas, la
verdadera soberanía popular y el ejercicio de la voluntad
sin las sombras de un condicionamiento que puede tornarse mortal.
Sin la espectacularidad que producen los cadáveres destrozados
por el plomo de las bombas como ha ocurrido en la capital del Reino
Unido, aquí también se siente la cercanía del
dolor y el efecto de morir a cada instante. Ser linchado por las
paramilitares Brigadas de Respuesta Rápida- instruidas por
el régimen de partido único para combatir las posiciones
contestatarias- es una probabilidad inquietante. Por otro lado la
cárcel, es como la filosa arma de un verdugo dispuesta a
cercenar puntualmente las perspectivas de pluralidad y tolerancia.
Los terroristas continuarán en sus afanes desestabilizadores,
blandiendo el pánico como el garrote del hombre prehistórico.
Serán necesarios constancia y determinación para obligarlos
a comportarse como seres racionales. No se puede dejar el planeta
a merced de las bestias.
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