14 de agosto de 2005
 

 

Dolor en Londres y aflicciones en La Habana

Por Jorge Olivera Castillo.

Imagino los miles de rostros, aún humedecidos por las lágrimas. La resignación ocupando el espacio vacío de la muerte. Al niño que extraña la ausencia de su padre convertido en chatarra por la dinamita. También pienso en la abuela desecha en pedazos y en el esposo que ya no podrá obsequiar una flor. Es el drama viviente tras la cortina del terror. Una suma de tragedias que estremece los cimientos de la inocencia.

Londres está de luto. Las bombas sembradas por los fundamentalistas se llevaron más de 50 personas en un rapto de maldad y locura. Persiste el pavor por el intento de los genocidas a continuar con sus prácticas. Al parecer les sobra la pólvora para borrar el sosiego que inspiran las aguas límpidas del Thamesis y boicotear la precisión del Big Ben.

Se percibe el dolor, pero no la derrota. Anthony Blair comprende que los terroristas deben ser combatidos con firmeza. Definitivamente la filosofía de este ejército de canallas va más allá del clásico y atrayente perfil antinorteamericano. Las directrices de esta corriente nacida en las áridas zonas del Medio Oriente conducen a la destrucción de la institucionalidad democrática occidental basada en el estado de derecho . Promover el caos por medio del ajusticiamiento de civiles y aprovechar la cobertura que brindan las sociedades libres- con sus normas de respeto a las libertades fundamentales y a la dignidad humana- para darle protagonismo a su ideología criminal, es una situación que no puede perderse de vista.

Es cierto que una buena parte de los asesinos sin rostro encuentra en el Corán el asidero para su teoría de exterminio y que Siria, Arabia Saudita, Egipto, Pakistán, Afganistán, Irán, Palestina, Libia o Sudán identifica su nacionalidad, pero a menudo se soslaya que el terrorismo alcanza en la actualidad dimensiones epidémicas. El odio a la democracia constitucional se ha globalizado. Ningún continente escapa a la influencia del discurso tercermundista que parcializa de una manera brutal el análisis de la pobreza e ilustra el mapa de la anarquía. Se eluden los fallos propios multiplicados en el tiempo, el fantasma de la corrupción ,el populismo con sus etiquetas abonando el terreno para el desastre.

Los fundamentos para legitimar tanto el mensaje apocalíptico contra la civilización occidental como la colocación de explosivos en lugares públicos no solo se asientan en el libro sagrado de los musulmanes. En el marxismo aparece la lucha de clases y la crítica minuciosa a las columnas que sostienen al capitalismo, elementos enriquecidos con interpretaciones licenciosas que justifican todo tipo de excesos y emiten una señal de autenticidad.

En Cuba se magnifican prédicas que huelen a pólvora fresca. Los enemigos son los parlamentos donde la representatividad sin exclusiones permite una verdadera fiesta del debate, los gobiernos elegidos en las urnas por el voto de la mayoría, y el cúmulo de prerrogativas ciudadanas entre ellas el derecho civil ,político y económico al amparo de una efectiva protección institucional.

Esta constante alusión en tribunas, eventos y coloquios enaltece la mentalidad de quienes en el mundo desean ver en ruinas las sociedades que optaron por continuar el legado de la Revolución Francesa, que después de derrocar a Luis XVI enarboló la axiomática frase de libertad, igualdad y fraternidad que puso fin al despotismo feudal para con posterioridad aprobar la trascendente Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano en 1789.

El gobierno cubano lidera a nivel internacional con cierto éxito el socavamiento del modelo que Carlos Marx, Federico Engels y más tarde Vladimir Ilich Lenin pretendieron lanzar al basurero de la historia.

Los nostálgicos del período soviético y por añadidura todo aquel que percibe en el orden geopolítico vigente una amenaza a sus intereses ya sean políticos, culturales o filosóficos encuentran en La Habana un lugar donde disipar sus frustraciones con pronunciamientos incendiarios y llamados a una lucha muchas veces revestida de principios sublimes y coartadas que tienden a nublar la razón por su estridencia.

No es extraña la similitud del totalitarismo que asfixia, con el terrorismo y su cultura kamikaze. Son dos caminos que conducen al universo de lo salvaje.

Ambos rechazan la heterogeneidad en el campo de las ideas, la verdadera soberanía popular y el ejercicio de la voluntad sin las sombras de un condicionamiento que puede tornarse mortal.

Sin la espectacularidad que producen los cadáveres destrozados por el plomo de las bombas como ha ocurrido en la capital del Reino Unido, aquí también se siente la cercanía del dolor y el efecto de morir a cada instante. Ser linchado por las paramilitares Brigadas de Respuesta Rápida- instruidas por el régimen de partido único para combatir las posiciones contestatarias- es una probabilidad inquietante. Por otro lado la cárcel, es como la filosa arma de un verdugo dispuesta a cercenar puntualmente las perspectivas de pluralidad y tolerancia.

Los terroristas continuarán en sus afanes desestabilizadores, blandiendo el pánico como el garrote del hombre prehistórico. Serán necesarios constancia y determinación para obligarlos a comportarse como seres racionales. No se puede dejar el planeta a merced de las bestias.