14 de agosto de 2005
 

 

Transición: ¿Pacífica o violenta?

Por Jorge Olivera Castillo.

No es descartable un escenario que contemple la guerra civil en Cuba. Casi 47 años de dictadura han logrado galvanizar un marea de resentimientos que por su nivel se convierten en un peligro potencial.

El creciente descontento intensificado por las privaciones dejadas por el huracán Dennis se ha traducido en protestas que exceden la norma, circunscripta a la colocación de carteles antigubernamentales en la vía pública, el robo en las propiedades del estado y las esporádicas manifestaciones críticas de carácter individual.

Desesperadas, cientos de personas elevan sus exigencias al poder en las calles. No tienen agendas políticas definidas, solo piden atención a sus más perentorias carencias, buscan respuestas sobre el futuro sepultado bajo el sedimento de la demagogia. Paralelamente a la subasta de promesas que provienen de la tribuna gubernamental se estructura un inconexo e inédito capítulo de resistencia que dicta el concurso de una etapa donde el miedo inducido por las fuerzas represivas cede al calor del desaliento y la marginación.

El aumento de la beligerancia de las agrupaciones opositoras duramente reprimidas por agentes y turbas de fanáticos eleva los índices del deterioro social, además de evidenciar que el camino del diálogo u otras formas-no violentas-para enfrentar situaciones límites, permanece clausurado. Es lamentable que las posturas ortodoxas del régimen adquieran tal preponderancia en un momento que demanda mesura y sobre todo la urgente implementación de medios políticos que propicien una atmósfera, si no de entendimiento, al menos de responsabilidad y sensatez.

Con arrestos masivos, cárcel y actos de repudio se intenta recomponer el terror, pero es pertinente observar el reverso de estos disuasivos que traen a la memoria un gran fuego dentro de un depósito de municiones.

El rencor está indisolublemente conectado al tejido cerebral de muchos cubanos. La adopción de actitudes condicionadas por el temor y divorciadas no solo de una elección regida por la voluntad y la soberanía de los sentimientos sino de imprescindibles parámetros éticos y morales, explica en parte el espíritu de venganza que impera a escala nacional, que dado el momento podría sumir al país en un hervidero de violencia.

Insatisfacciones materiales crónicas, erosión de la identidad nacional a partir de políticas discriminatorias impulsadas por la magnificación del extranjero, unido al pésimo estado de los servicios básicos, son otras realidades que responden de alguna manera a las interrogantes sobre la crisis.

Esas conductas que superan la frontera de las expresiones verbales para adentrarse en las coordenadas de la barbarie, reafirman la disponibilidad de las autoridades en hacer uso de la fuerza en todas sus variantes con el fin de recuperar el terreno perdido.

Estructurar en la relación de pronósticos una Revolución de Terciopelo-término con que se bautizó el tránsito a la democracia en Checoeslovaquia-exige un esfuerzo de titanes. Aparte del factor idiosincrásico, se impone un cóctel de especificidades incluido el contexto geopolítico y cultural que sin lugar a dudas marca la distancia entre la concertación entre los agentes del cambio y el gobierno ocurrida en Praga y la nula disponibilidad-del casi feudal régimen de La Habana-a iniciar un proceso de reformas que permitan el desmontaje del totalitarismo.

Insistir en un diálogo con las autoridades del partido comunista es una tarea inútil. Al margen de las solicitudes, ya sean expresadas en el sobrio lenguaje diplomático o sujetas a las más estrictas normas de la decencia, se obtiene en el mejor de los casos un desplante que recuerda la irracionalidad del Cromagnon. No por cuantitativas han resultado eficaces las propuestas que podrían interpretarse como signos de debilidad por los fundamentalistas que usurpan el poder real.

Prefiero continuar en los caminos del optimismo, sin llegar a ser un romántico seducido por los reflejos de las ilusiones.

He encontrado un sitio desde donde puedo divisar las convulsiones de una nación que quiere dar a luz una democracia. Quieren matar la criatura con decretos y bastonazos, con alegatos perversos y un portazo a la razón.

Pese a los retrasos el parto es irrevocable como las leyes del universo. Lo confirmo al patentizar que el miedo pierde su preeminencia y la dictadura su credibilidad.

La transición no es un capricho como lo es el afán de dirigir un país con concepciones extraídas del ambiente carcelario.Es simplemente un producto de la dialéctica. ¿Será pacífica o violenta?