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Transición: ¿Pacífica o violenta?
Por Jorge Olivera Castillo.
No es descartable un escenario que contemple la guerra
civil en Cuba. Casi 47 años de dictadura han logrado galvanizar
un marea de resentimientos que por su nivel se convierten en un
peligro potencial.
El creciente descontento intensificado por las privaciones dejadas
por el huracán Dennis se ha traducido en protestas que exceden
la norma, circunscripta a la colocación de carteles antigubernamentales
en la vía pública, el robo en las propiedades del
estado y las esporádicas manifestaciones críticas
de carácter individual.
Desesperadas, cientos de personas elevan sus exigencias al poder
en las calles. No tienen agendas políticas definidas, solo
piden atención a sus más perentorias carencias, buscan
respuestas sobre el futuro sepultado bajo el sedimento de la demagogia.
Paralelamente a la subasta de promesas que provienen de la tribuna
gubernamental se estructura un inconexo e inédito capítulo
de resistencia que dicta el concurso de una etapa donde el miedo
inducido por las fuerzas represivas cede al calor del desaliento
y la marginación.
El aumento de la beligerancia de las agrupaciones opositoras duramente
reprimidas por agentes y turbas de fanáticos eleva los índices
del deterioro social, además de evidenciar que el camino
del diálogo u otras formas-no violentas-para enfrentar situaciones
límites, permanece clausurado. Es lamentable que las posturas
ortodoxas del régimen adquieran tal preponderancia en un
momento que demanda mesura y sobre todo la urgente implementación
de medios políticos que propicien una atmósfera, si
no de entendimiento, al menos de responsabilidad y sensatez.
Con arrestos masivos, cárcel y actos de repudio se intenta
recomponer el terror, pero es pertinente observar el reverso de
estos disuasivos que traen a la memoria un gran fuego dentro de
un depósito de municiones.
El rencor está indisolublemente conectado al tejido cerebral
de muchos cubanos. La adopción de actitudes condicionadas
por el temor y divorciadas no solo de una elección regida
por la voluntad y la soberanía de los sentimientos sino de
imprescindibles parámetros éticos y morales, explica
en parte el espíritu de venganza que impera a escala nacional,
que dado el momento podría sumir al país en un hervidero
de violencia.
Insatisfacciones materiales crónicas, erosión de
la identidad nacional a partir de políticas discriminatorias
impulsadas por la magnificación del extranjero, unido al
pésimo estado de los servicios básicos, son otras
realidades que responden de alguna manera a las interrogantes sobre
la crisis.
Esas conductas que superan la frontera de las expresiones verbales
para adentrarse en las coordenadas de la barbarie, reafirman la
disponibilidad de las autoridades en hacer uso de la fuerza en todas
sus variantes con el fin de recuperar el terreno perdido.
Estructurar en la relación de pronósticos una Revolución
de Terciopelo-término con que se bautizó el tránsito
a la democracia en Checoeslovaquia-exige un esfuerzo de titanes.
Aparte del factor idiosincrásico, se impone un cóctel
de especificidades incluido el contexto geopolítico y cultural
que sin lugar a dudas marca la distancia entre la concertación
entre los agentes del cambio y el gobierno ocurrida en Praga y la
nula disponibilidad-del casi feudal régimen de La Habana-a
iniciar un proceso de reformas que permitan el desmontaje del totalitarismo.
Insistir en un diálogo con las autoridades del partido
comunista es una tarea inútil. Al margen de las solicitudes,
ya sean expresadas en el sobrio lenguaje diplomático o sujetas
a las más estrictas normas de la decencia, se obtiene en
el mejor de los casos un desplante que recuerda la irracionalidad
del Cromagnon. No por cuantitativas han resultado eficaces las propuestas
que podrían interpretarse como signos de debilidad por los
fundamentalistas que usurpan el poder real.
Prefiero continuar en los caminos del optimismo, sin llegar a
ser un romántico seducido por los reflejos de las ilusiones.
He encontrado un sitio desde donde puedo divisar las convulsiones
de una nación que quiere dar a luz una democracia. Quieren
matar la criatura con decretos y bastonazos, con alegatos perversos
y un portazo a la razón.
Pese a los retrasos el parto es irrevocable como las leyes del
universo. Lo confirmo al patentizar que el miedo pierde su preeminencia
y la dictadura su credibilidad.
La transición no es un capricho como lo es el afán
de dirigir un país con concepciones extraídas del
ambiente carcelario.Es simplemente un producto de la dialéctica.
¿Será pacífica o violenta?
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