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En tres y dos
Por Raúl Rivero, Madrid. Encuentro en La Red, 28 de
septiembre de 2005.
Lo decía Fermín Guerra, el legendario pelotero que
terminó de manager del club Habana en la Liga de Invierno
en Cuba. Lo decía, en los años setenta, mientras enseñaba
y entrenaba a otros jóvenes atletas capitalinos: "El
mejor de todos es el derecho ese. Tira duro, combina bien y no tiene
miedo".
El derecho se llamaba Pedro Pablo Álvarez. No había
cumplido los veinte, vivía con su abuelo en un reparto, pero
su casa familiar -su madre y sus hermanas- estaba, está,
en el malecón, frente al mar. A ese balcón, de noche,
llega la brisa húmeda y, con su tic nervioso, la farola de
El Morro.
Era una promesa. Alta velocidad, control sobre los lanzamientos,
coraje en situaciones difíciles, buen físico, fortaleza
y voluntad. Pero, no estaba integrado a los organismos revolucionarios.
No es que fuera un indiferente, no. Estaba en contra. Creía
que todo lo que estaba pasando disminuía o anulaba la libertad
individual y que la entrega a la órbita soviética
arruinaba y denigraba al país.
Por eso, cuando le propusieron que se integrara al equipo de béisbol
del Ministerio del Interior para después subir al campeonato
nacional, dijo un no definitivo, sin apelaciones, para el que no
tuvieron peso los argumentos de amigos y entrenadores y compinches
del barrio que aspiraban a verlo en la televisión.
Primero muerto que en el Ministerio del Interior, dijo y recogió
su guante que le entraba en la mano con docilidad de gacela, según
dijo Pepe Lezama de unos zapatos que su hermana Eloísa le
mandó de Miami.
Esa escena se reflejó definitivamente en su expediente.
De modo, que años después, cuando estaba terminando
la carrera de Ingeniería y sólo iba al estadio como
un espectador, lo llamaron los profesores y los dirigentes juveniles
de su curso para informarle que él, Pedro Pablo Álvarez,
un desafecto, no podría tener, bajo la dictadura del proletariado,
ningún título universitario.
Sin ceder un milímetro
Pedro Pablo se hizo entonces tornero, buen tornero. Siguió
lejos de todo el carnaval político de su país, dedicado
a su trabajo y a su familia y, desde luego, a pensar en cómo
se podría ganar espacios en el sindicalismo, tomado de arriba
a abajo, por los sirvientes del gobierno.
Hacia finales de los ochenta y en los noventa, Álvarez dirigía
un grupo de activistas sindicales con visibilidad en todo el país.
Fundó una pequeña agencia de prensa alternativa para
dar a conocer ese trabajo y se vinculó a organizaciones internacionales
de obreros que, de inmediato, reconocieron la legitimidad de las
propuestas de los representantes de los trabajadores que se quieren
liberar dentro de Cuba.
En la primavera de 2003, Álvarez fue uno de los 75 opositores
y periodistas que fue a parar a la cárcel. Allá está,
condenado a 25 años. En el Combinado del Este de La Habana.
Íntegro, sin estridencias, negado a las comparsas y a las
habladurías. Sin ceder un milímetro. Un caso especial,
un líder natural de los obreros, preso por defender a los
obreros, en un país en el que se supone que gobiernan los
obreros.
Pedro Pablo Álvarez sigue, casi llegando a los sesenta,
con mucha fuerza, mucho control y sin miedo, como lo describió
Fermín Guerra, aquel campeón.
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