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Tanguedia y conguicidio de
los jubilados
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - Las diferencias
entre un jubilado argentino y un cubano son muy profundas, aunque
unidas por notas casi necrológicas.
Mientras que al gaucho lo malvinizó en su tanguedia la postura
de un funcionario del Instituto de Prevención Social en La
Plata, Argentina, al decretar su deceso físico, al criollo
lo sacó de ritmo por muerte laboral el conguicidio perpetrado
por un administrativo de FarmaCuba, en Guantánamo, quien
lo dejó sin timbales para seguir arrollando, cencerros para
pedir auxilio, ni estribillos para repetir en la contagiosa conga
que inició hace 51 años de trabajo ininterrumpido.
Las notas casi necrológicas aparecidas en la prensa cubana,
revelan que tanto el discípulo de Carlos Gardel como el del
Benny Moré sufrieron muertes súbitas decretadas por
la incapacidad de un funcionario adicto al tango, y por el amor
al ritmo del timbal de un cuadro-conguero empecinado en "desviejizar"
la empleomanía cubana, respectivamente, según la fuente
de la fuente de la fuente. ¡Qué nivel informativo!
El jubilado argentino Armando Lorenzo Mogante estuvo a punto de
sufrir un síncope cuando al ir a cobrar su pensión
le comunicaron que sería imposible, pues él ya estaba
muerto.
Luego de recalcar que él era él y no el fantasma
de un ñampio, quitarse el sombrero, estornudar, hacer muecas,
ofrecer su ADN, abrirse la pompera y enseñar las costillas,
dar un pellizco en la nalga izquierda de una secretaria, en fin,
demostrar con actos su conformación vital, su estoy vivo
¡boludos!, le explicaron que ese margen de error -esa tanguedia-
era normal, y que podía reclamar una indemnización
por daños.
Temeroso de que en el próximo margen de error quedara quieto
para siempre por la normalidad del cataplún final que conduce
al cementerio, el malvinizado Armando decidió continuar con
su tanguedia al hombro, pero vivo, antes que reclamar su dinero
que le sabía a muerto.
Y ahí, en la desatención, en el nos da lo mismo su
desgracia, está la mayor diferencia entre un jubilado argentino
y uno cubano, ya que al conguero criollo, revivo aún con
muerte laboral, se le sigue una autopsia social con todas las de
la ley.
De acuerdo con el resumen postmortem realizado en el Instituto
de Patología "Se fue para no volver", al señor
Eugenio Montoya Velásquez, vecino de 2 Oeste No. 812, entre
Prado y Aguilera, en Guantánamo, Cuba, luego de medio siglo
y una raya de trabajo ininterrumpido en la rama de farmacia, y encontrándose
laborando como dependiente manipulador en la Empresa FarmaCuba,
se le notificó de forma cruel que ya era hora de guardar
el carro; es decir, de jubilarse.
Atónito ante tan fúnebre proposición, el muerto-vivo
Eugenio rebatió la sentencia, pues aún con 62 años
de edad y la pila que lleva en el trabajo, está bien de salud,
goza de plenas facultades físicas y mentales, y lo ampara
la ley en su afán de seguir tirando cartuchos hasta el último
humito de su cachimba cardiaca.
Pero el cuadro-conguero, empeñado en cambiar el look de
las farmacias guantanameras, de rejuvenecer el equipo de descendientes
manipulares, o sea, desviejizar las posibilidades del tumbe y desvío
de PPG, salbutamol, aspirinas y otros medicamentos contra caídas
vertiginosas, excesos de aires aciclonados y dolores de cabeza para
volverse locos, no entendió razones y le dijo ceremoniosamente:
"Su actitud me obliga a declararlo no idóneo para el
desempeño de sus funciones, y no puedo mandarlo a pasar curso
de rectificación".
Y eso que el Comité de Expertos de la Empresa creado para
valorar otros aspectos de la idoneidad del trabajador -si fuma,
habla esperanto, se ríe de Carlos Marx, conoció a
Mambrú, es apático o se opone a la revolución,
leyó a Kundera, sabe y no dice cuántos piojos caben
en la peluca de un Lord inglés, tiene parientes en Miami,
juega bolita, y oculta si vio una vaca viva comiendo hierba en un
potrero de la Isla-, no señaló ningún fallo
en el desempeño de las funciones asignadas en vida al difunto
farmacéutico.
Además, pensaría el administrativo y tamborero mayor
de la comparsa Los Enemas Rojos, si en su farmacopea ya no existe
lugar para los vejestorios, Eugenio bien que puede alistarse en
el grupo Los Ocambos del Changüí, Los Carcamales del
Pregón, o en Los Seniles del Periodiqueo, encargados de comerciar
vasos y pomos plásticos en las esquinas de la ciudad donde
se levantan los altares al ron casero pinguito; de contrabandear
en bolsas negras todo lo que entre por la boca o se use sobre el
cuerpo en el aterrillado por el sol y las carencias en el territorio
del Guaso, y de revender los sabatinos periódicos Venceremos,
de alta demanda entre contingencias diarreicas, asistencia ordinaria
al excusado, y en el camuflaje y envoltura del resto de los desperdicios
humanos y divinos, de forma respectiva, en ese arcaico carnaval
de añosos.
Como podrán apreciar, gracias a las profundas diferencias
entre la justicia que se aplica a un jubilado argentino y a uno
cubano, mientras el gaucho fue condenado a seguir viviendo su deceso
físico bajo la sombra de Don Segundo en la pampa, el conguero
criollo seguirá rumbeando en la capilla ardiente que es su
Isla, hasta que sean detectadas las causas de su muerte laboral.
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