29 de sept. de 2005
 

 

Tanguedia y conguicidio de los jubilados

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, Cuba - Septiembre (www.cubanet.org) - Las diferencias entre un jubilado argentino y un cubano son muy profundas, aunque unidas por notas casi necrológicas.

Mientras que al gaucho lo malvinizó en su tanguedia la postura de un funcionario del Instituto de Prevención Social en La Plata, Argentina, al decretar su deceso físico, al criollo lo sacó de ritmo por muerte laboral el conguicidio perpetrado por un administrativo de FarmaCuba, en Guantánamo, quien lo dejó sin timbales para seguir arrollando, cencerros para pedir auxilio, ni estribillos para repetir en la contagiosa conga que inició hace 51 años de trabajo ininterrumpido.

Las notas casi necrológicas aparecidas en la prensa cubana, revelan que tanto el discípulo de Carlos Gardel como el del Benny Moré sufrieron muertes súbitas decretadas por la incapacidad de un funcionario adicto al tango, y por el amor al ritmo del timbal de un cuadro-conguero empecinado en "desviejizar" la empleomanía cubana, respectivamente, según la fuente de la fuente de la fuente. ¡Qué nivel informativo! El jubilado argentino Armando Lorenzo Mogante estuvo a punto de sufrir un síncope cuando al ir a cobrar su pensión le comunicaron que sería imposible, pues él ya estaba muerto.

Luego de recalcar que él era él y no el fantasma de un ñampio, quitarse el sombrero, estornudar, hacer muecas, ofrecer su ADN, abrirse la pompera y enseñar las costillas, dar un pellizco en la nalga izquierda de una secretaria, en fin, demostrar con actos su conformación vital, su estoy vivo ¡boludos!, le explicaron que ese margen de error -esa tanguedia- era normal, y que podía reclamar una indemnización por daños.

Temeroso de que en el próximo margen de error quedara quieto para siempre por la normalidad del cataplún final que conduce al cementerio, el malvinizado Armando decidió continuar con su tanguedia al hombro, pero vivo, antes que reclamar su dinero que le sabía a muerto.

Y ahí, en la desatención, en el nos da lo mismo su desgracia, está la mayor diferencia entre un jubilado argentino y uno cubano, ya que al conguero criollo, revivo aún con muerte laboral, se le sigue una autopsia social con todas las de la ley.

De acuerdo con el resumen postmortem realizado en el Instituto de Patología "Se fue para no volver", al señor Eugenio Montoya Velásquez, vecino de 2 Oeste No. 812, entre Prado y Aguilera, en Guantánamo, Cuba, luego de medio siglo y una raya de trabajo ininterrumpido en la rama de farmacia, y encontrándose laborando como dependiente manipulador en la Empresa FarmaCuba, se le notificó de forma cruel que ya era hora de guardar el carro; es decir, de jubilarse.

Atónito ante tan fúnebre proposición, el muerto-vivo Eugenio rebatió la sentencia, pues aún con 62 años de edad y la pila que lleva en el trabajo, está bien de salud, goza de plenas facultades físicas y mentales, y lo ampara la ley en su afán de seguir tirando cartuchos hasta el último humito de su cachimba cardiaca.

Pero el cuadro-conguero, empeñado en cambiar el look de las farmacias guantanameras, de rejuvenecer el equipo de descendientes manipulares, o sea, desviejizar las posibilidades del tumbe y desvío de PPG, salbutamol, aspirinas y otros medicamentos contra caídas vertiginosas, excesos de aires aciclonados y dolores de cabeza para volverse locos, no entendió razones y le dijo ceremoniosamente: "Su actitud me obliga a declararlo no idóneo para el desempeño de sus funciones, y no puedo mandarlo a pasar curso de rectificación".

Y eso que el Comité de Expertos de la Empresa creado para valorar otros aspectos de la idoneidad del trabajador -si fuma, habla esperanto, se ríe de Carlos Marx, conoció a Mambrú, es apático o se opone a la revolución, leyó a Kundera, sabe y no dice cuántos piojos caben en la peluca de un Lord inglés, tiene parientes en Miami, juega bolita, y oculta si vio una vaca viva comiendo hierba en un potrero de la Isla-, no señaló ningún fallo en el desempeño de las funciones asignadas en vida al difunto farmacéutico.

Además, pensaría el administrativo y tamborero mayor de la comparsa Los Enemas Rojos, si en su farmacopea ya no existe lugar para los vejestorios, Eugenio bien que puede alistarse en el grupo Los Ocambos del Changüí, Los Carcamales del Pregón, o en Los Seniles del Periodiqueo, encargados de comerciar vasos y pomos plásticos en las esquinas de la ciudad donde se levantan los altares al ron casero pinguito; de contrabandear en bolsas negras todo lo que entre por la boca o se use sobre el cuerpo en el aterrillado por el sol y las carencias en el territorio del Guaso, y de revender los sabatinos periódicos Venceremos, de alta demanda entre contingencias diarreicas, asistencia ordinaria al excusado, y en el camuflaje y envoltura del resto de los desperdicios humanos y divinos, de forma respectiva, en ese arcaico carnaval de añosos.

Como podrán apreciar, gracias a las profundas diferencias entre la justicia que se aplica a un jubilado argentino y a uno cubano, mientras el gaucho fue condenado a seguir viviendo su deceso físico bajo la sombra de Don Segundo en la pampa, el conguero criollo seguirá rumbeando en la capilla ardiente que es su Isla, hasta que sean detectadas las causas de su muerte laboral.