18 de octubre de 2005
 

 

Los salvavidas llegan y se van

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - Las críticas publicadas en los medios de prensa cubanos sobre las negligencias, los abusos y el olvido que abundan en muchos sectores de la esfera sociolaboral del país, surten un efecto demoledor, allanan los caminos hacia las soluciones y hacen mermar la cantidad de violadores de la justicia obrera.

Entre los señalamientos con mayor presteza y eficacia superados luego de una certera crítica periodística, se encuentran los recogidos en el reportaje del semanario Trabajadores "S.O.S. Salvavidas", del 18 de agosto de 2003, donde se pusieron en solfa las infrahumanas condiciones de vida del cuerpo de protección acuática de las playas del este de la Habana.

Allí, con incisivo estilo y descuartizador y exigente reclamo, se aborda desde el deterioro de las oficinas hasta las siete casetas ubicadas en las cercanías de la costa, cuya falta de agua y deplorable estado higiénico sanitario era similar al de la cocina-comedor, en la que se observaban escasas e inestables ofertas alimentarias, poco cuidado en la elaboración y lejana ubicación para la mayoría de los salvavidas que laboran en esa empresa turística.

Apenas transcurridos dos años y dos meses del histórico ultimátum, con la eficiencia que genera en Cuba una crítica oficial, y para tranquilidad y satisfacción de los dirigentes sindicales, militantes comunistas, personal administrativo, obreros y población en general preocupada por su protección, las siete casetas fueron demolidas, la cocina-comedor pasó a ser un eufemismo del pasado, y se suspendió el transporte para los que viven lejos, porque la empresa que les facilitaba el servicio no puede operar en moneda nacional, medida de saneamiento que redujo la cantidad de salvavidas de 172 a menos de 100.

¡Eso sí es firmeza y compromiso con el cuidado de la vida y la salud de los trabajadores!

Ahora, gracias a la rápida acción de todos los "factores" implicados en el asunto, no peligran las vidas de los salva idem por la posible indigestión que provocan los salcochos enardecidos y antipatrióticos, y deben andar a pie más kilómetros que el andarín Carvajal, con el consuelo de no poder encontrar ni una guayaba verde en el camino que les impida llegar puntuales al trabajo.

No hay como una crítica justa para resolver los problemas. En esta premura de solucionar los reclamos del proletariado, en el esmero por dar una adecuada atención al hombre, se encuentra la seguridad de los que amamos las salobres aguas y las reducidas tangas de las ninfas, pues ante cualquier señal de ahogo, pataleta, nado hacia el más allá del horizonte por culpa de las corrientes traicioneras, los nublados ojos y las temblorosas manos y las desfallecidas piernas de los salvavidas estarán prestas a rescatarnos.

¡Y nada de patas de rana, caretas, snorkel, trajes isotérmicos, monos deportivos y enguatadas para el invierno utilizados por salvavidas burgueses en la Riviera Francesa, Ibiza, Cancún, Cayo Coco y Varadero, acostumbrados a sacar del agua fortunas en pellejos estirados, barrigas prominentes y glúteos endurecidos por la silicona!

¡A pito limpio se enfrentan a las aguas y sus traiciones los salvavidas de las playas del Este, con un short remendado, una gorra raída y un pulóver que cuelga como el batilongo de un huérfano beneficiado por las almas putativas que abundan en el universo, pero parte importante del digno módulo de vestuario que se les entrega para realizar con éxito su obra salvadora.

Eso de que nadie quiere laborar como salvavidas en Bacuranao, Mégano, Santa María, Boca Ciega o Guanabo porque no es fácil permanecer durante horas bajo el sol de la playa, sin merienda ni agua, y cuando llegas al comedor te encuentras que, por diferentes causas, no hay almuerzo, no es real y mucho menos se corresponde con la disponibilidad al sacrificio de los cubanos.

Fíjense si es así, si el afán de trabajo es innegable, que de 84 puntos de observación sólo quedan 40, atendido cada uno por un salvavidas que en vez de vigilar 75 metros hacia el mar, y hacia la izquierda, y la derecha, como establecen las normas, abarcan con su supermánica y elíptica proeza tres o cuatro kilómetros a la redonda.

Pero es tanta la preocupación por estos halcones acuáticos, veladores de la seguridad de la población, que sólo debe atender cada uno a más de quince mil bañistas que se concentran en un kilómetro de largo en las horas pico.

¡Cuánta entrega! ¡Qué amor al trabajo! Cómo se sufre, pero se goza en ese vertedero moral de la injusticia resuelta a tiempo, corregida en su esencia teórica y multiplicada en su práctico decursar.

Por eso nos duele tanto que transcurridos dos años de vitales transformaciones, en el nuevo reportaje del semanario Trabajadores "Llover sobre lo mojado", que aborda el mismo tema, alguien dijera que "los salvavidas llegan y se van".

Y más aún, que con similar título que parodia los versos del poema Farewell, de Pablo Neruda, circula por las playas del este de La Habana un texto que nos llena de amargura a los seguidores del bardo de la chilena Isla Negra:

Amo el amor de los salvavidas
Que firman y se van.
En cada punto la muerte los espera;
Los salvavidas firman y se van.
Una noche se acuestan con la muerte
En el lecho del mar.

¡Solavaya! Por si acaso.

Estos versos de mal agüero, con el aura poética de una muerte húmeda y profunda, nunca podrán hacerse realidad mientras la crítica redentora de los medios oficiales del país escriba con tinta simpática su mensaje sobre los males de nuestra sociedad.

¡San Alejo los aleje!