28 de octubre de 2005
 

 

La cuna de la nacionalidad cubana

Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press

LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - "Tengo de Bayamo el alma intrépida y natural" no fue una expresión gratuita sobre esa ciudad de quien, con el devenir del tiempo, se convertiría en el Apóstol de todos los cubanos, José Martí.

Convertida en madre nutricia de los albores de la nacionalidad que se fue abonando con la sangre y el talento de sus hijos, la Villa de San Salvador de Bayamo, fundada por el adelantado Diego Velázquez en el año 1513, dio a Cuba, en significativos episodios, el nacimiento del término criollo, la primera canción trovadoresca, el Himno Nacional, y sobre todo, el primer territorio libre del control español de Cuba.

Con hijos tan ilustres como el abogado Carlos Manuel de Céspedes, que iniciara la gesta emancipadora al alzarse en armas y dar la libertad a sus esclavos el 10 de octubre de 1868; Pedro (Perucho) Figueredo, autor del Himno de Bayamo; José Fornaris, creador del mMovimiento siboneyista que pretendía reivindicar a los nativos pobladores de la Isla diezmada por los colonizadores españoles, así como José Antonio Saco, el más notable publicista de la época, junto a los poetas Juan Clemente Zenea, José Joaquín Palma, Francisco Vicente Aguilera y Manuel del Socorro Rodríguez, entre otros precursores de la nación en el campo cultural y de batalla, Bayamo fue el núcleo gestor de actos que fueron delineando la nacionalidad cubana.

Pero, al parecer, el incendio total de la ciudad antes de que cayera de nuevo en manos de los españoles, el 12 de enero de 1869, quemó la sensibilidad, la intrepidez y la naturaleza de sus hijos, o por lo menos, los opacó bastante, pues si bien los atributos morales de sus pobladores hasta el siglo XIX le ganaron para la posteridad el título de Cuna de la Nacionalidad Cubana, en la época actual se debate entre los redobles oficiales y la inopia cultural.

Una ciudad donde en cada una de las calles y los rincones del casco histórico se encuentra una tarja que señala el natalicio de un ilustre ciudadano de la patria, el sitio donde ocurrieron hechos imborrables de la gesta libertaria contra el yugo español, carece de la significación cultural de que hace gala ante la mirada inquieta y desilusionada de sus pobladores.

¿Cómo es posible que Bayamo, salvo el honroso pero anual Día de la Cultura Cubana, instituido a nivel nacional por aquel 20 de octubre de 1868 cuando las tropas mambisas entonaron junto al pueblo La Bayamesa, a la postre Himno Nacional de los cubanos, no cuenta con eventos culturales sistemáticos que revelen las tradiciones de la ciudad?

¿Por qué no se realizan concursos nacionales de poesía Juan Clemente Zenea; de ensayo José Antonio Saco; de historia Francisco Vicente Aguilera, entre otros géneros practicados por quienes aportaron a la patria los primeros gérmenes de la nacionalidad?

Si la ciudad de Holguín celebra con tanto éxito las Romerías de Mayo, la Fiesta Iberoamericana de la Cultura; la ciudad de Santiago de Cuba su ya tradicional Fiesta del Fuego, el encuentro de pintura mural Internos; Las Tunas el concurso de décimas Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, "El Cucalambé", y la Bienal Iberoamericana de la décima escrita, todos con carácter internacional, Bayamo sólo convoca a un encuentro internacional de mariachis.

¿Será posible que con tanta historia que subyace en la Cuna de la Nacionalidad Cubana haya que acudir al folclor mexicano para instruir y espiritualizar al pueblo?

Sin chovinismo alguno, Bayamo merece mayor atención en el ámbito de la cultura. De mecanismos estructurales que permitan desarrollar lo que se lleva en las venas, y que ya en la década de los ochenta del siglo XX se puso de manifiesto en un movimiento cultural autóctono que prestigió a la ciudad en el ámbito cultural a nivel nacional.

El estancamiento, la abulia, el desconocimiento de los bayameses de su cultura, no están dados por la falta de talento de sus artistas y creadores, sino por la ineficiencia de una estructura gubernamental que ahogó en la burocracia, el conservadurismo y la intolerancia, una esfera llamada a elevar el nivel en la calidad de vida de los habitantes de la ciudad, pero que por desgracia hoy se hunde en el patrioterismo de trinchera artística a que son convocados sus más talentosos hijos.

Un pueblo que ante el anuncio de un recital de poesía abarrotaba salas y convertía el hecho en un acontecimiento de sumo interés para toda la comunidad, ¿cómo es posible que hoy sólo tenga como opción tradicional un festival de rancheras cantadas por mariachis que no saben si Jalisco o Cancún están en el sur de África o pertenecen a una etnia de la península nórdica?

Hay que incentivar a ese pueblo, sacarlo del estancamiento cultural en que se halla sumido, rescatar desde lo más hondo del sentimiento sus tradiciones, que a la vez de aliviar otras penurias, les sirva de gratificación a un alma despojada de la intrepidez y la naturalidad de las que se sintiese orgulloso José Martí.

Por eso, ante la perniciosa apatía del incentivo cultural, sólo resta convocarlos a una batalla donde la literatura y el arte sean los únicos contendientes que derramen su acervo en medio de una entusiasta, aunque olvidada población: "Al combate, corred, bayameses".