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La cuna de la nacionalidad
cubana
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Octubre (www.cubanet.org) - "Tengo de Bayamo
el alma intrépida y natural" no fue una expresión
gratuita sobre esa ciudad de quien, con el devenir del tiempo, se
convertiría en el Apóstol de todos los cubanos, José
Martí.
Convertida en madre nutricia de los albores de la nacionalidad
que se fue abonando con la sangre y el talento de sus hijos, la
Villa de San Salvador de Bayamo, fundada por el adelantado Diego
Velázquez en el año 1513, dio a Cuba, en significativos
episodios, el nacimiento del término criollo, la primera
canción trovadoresca, el Himno Nacional, y sobre todo, el
primer territorio libre del control español de Cuba.
Con hijos tan ilustres como el abogado Carlos Manuel de Céspedes,
que iniciara la gesta emancipadora al alzarse en armas y dar la
libertad a sus esclavos el 10 de octubre de 1868; Pedro (Perucho)
Figueredo, autor del Himno de Bayamo; José Fornaris, creador
del mMovimiento siboneyista que pretendía reivindicar a los
nativos pobladores de la Isla diezmada por los colonizadores españoles,
así como José Antonio Saco, el más notable
publicista de la época, junto a los poetas Juan Clemente
Zenea, José Joaquín Palma, Francisco Vicente Aguilera
y Manuel del Socorro Rodríguez, entre otros precursores de
la nación en el campo cultural y de batalla, Bayamo fue el
núcleo gestor de actos que fueron delineando la nacionalidad
cubana.
Pero, al parecer, el incendio total de la ciudad antes de que cayera
de nuevo en manos de los españoles, el 12 de enero de 1869,
quemó la sensibilidad, la intrepidez y la naturaleza de sus
hijos, o por lo menos, los opacó bastante, pues si bien los
atributos morales de sus pobladores hasta el siglo XIX le ganaron
para la posteridad el título de Cuna de la Nacionalidad Cubana,
en la época actual se debate entre los redobles oficiales
y la inopia cultural.
Una ciudad donde en cada una de las calles y los rincones del casco
histórico se encuentra una tarja que señala el natalicio
de un ilustre ciudadano de la patria, el sitio donde ocurrieron
hechos imborrables de la gesta libertaria contra el yugo español,
carece de la significación cultural de que hace gala ante
la mirada inquieta y desilusionada de sus pobladores.
¿Cómo es posible que Bayamo, salvo el honroso pero
anual Día de la Cultura Cubana, instituido a nivel nacional
por aquel 20 de octubre de 1868 cuando las tropas mambisas entonaron
junto al pueblo La Bayamesa, a la postre Himno Nacional de los cubanos,
no cuenta con eventos culturales sistemáticos que revelen
las tradiciones de la ciudad?
¿Por qué no se realizan concursos nacionales de poesía
Juan Clemente Zenea; de ensayo José Antonio Saco; de historia
Francisco Vicente Aguilera, entre otros géneros practicados
por quienes aportaron a la patria los primeros gérmenes de
la nacionalidad?
Si la ciudad de Holguín celebra con tanto éxito las
Romerías de Mayo, la Fiesta Iberoamericana de la Cultura;
la ciudad de Santiago de Cuba su ya tradicional Fiesta del Fuego,
el encuentro de pintura mural Internos; Las Tunas el concurso de
décimas Juan Cristóbal Nápoles Fajardo, "El
Cucalambé", y la Bienal Iberoamericana de la décima
escrita, todos con carácter internacional, Bayamo sólo
convoca a un encuentro internacional de mariachis.
¿Será posible que con tanta historia que subyace
en la Cuna de la Nacionalidad Cubana haya que acudir al folclor
mexicano para instruir y espiritualizar al pueblo?
Sin chovinismo alguno, Bayamo merece mayor atención en el
ámbito de la cultura. De mecanismos estructurales que permitan
desarrollar lo que se lleva en las venas, y que ya en la década
de los ochenta del siglo XX se puso de manifiesto en un movimiento
cultural autóctono que prestigió a la ciudad en el
ámbito cultural a nivel nacional.
El estancamiento, la abulia, el desconocimiento de los bayameses
de su cultura, no están dados por la falta de talento de
sus artistas y creadores, sino por la ineficiencia de una estructura
gubernamental que ahogó en la burocracia, el conservadurismo
y la intolerancia, una esfera llamada a elevar el nivel en la calidad
de vida de los habitantes de la ciudad, pero que por desgracia hoy
se hunde en el patrioterismo de trinchera artística a que
son convocados sus más talentosos hijos.
Un pueblo que ante el anuncio de un recital de poesía abarrotaba
salas y convertía el hecho en un acontecimiento de sumo interés
para toda la comunidad, ¿cómo es posible que hoy sólo
tenga como opción tradicional un festival de rancheras cantadas
por mariachis que no saben si Jalisco o Cancún están
en el sur de África o pertenecen a una etnia de la península
nórdica?
Hay que incentivar a ese pueblo, sacarlo del estancamiento cultural
en que se halla sumido, rescatar desde lo más hondo del sentimiento
sus tradiciones, que a la vez de aliviar otras penurias, les sirva
de gratificación a un alma despojada de la intrepidez y la
naturalidad de las que se sintiese orgulloso José Martí.
Por eso, ante la perniciosa apatía del incentivo cultural,
sólo resta convocarlos a una batalla donde la literatura
y el arte sean los únicos contendientes que derramen su acervo
en medio de una entusiasta, aunque olvidada población: "Al
combate, corred, bayameses".
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