|
Si ayer maravilla fue...
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - Cuantiosas riquezas
de la nación cubana están diseminadas bajo excremento
de ratas, dispersas por cientos de cuevas que semejan almacenes
y aseguradas por la protección de funcionarios émulos
de los perezosos y las caguamas.
"Véndeme despacio que tengo prisa" es el lema
fecundo de tan eficientes comerciantes, dotados de la sapiencia
y el fervor de los buenos revolucionarios cuando llevan poco tiempo
en el poder.
Y aunque muchos se niegan a reconocer que la comercialización
de recursos viejos, hechos talco y desfasados es un arte difícil
cuya práctica no sólo requiere de una imaginación
a prueba de magia, sino también un comprador con las neuronas
y la corteza cerebral más ágiles y resistentes que
una bota rusa, los custodios de los tesoros de la nación
se mantienen en sus trece -siglos-, para dar salida a un tornillo,
el fondo de una palangana y el claxon de un carro de bomberos activo
hasta 1810.
Que millones de pesos invertidos por la revolución se oxiden,
desgasten, pudran en miles de tarecos amontonados en sótanos,
almacenes, azoteas, cajones, patios, callejuelas y solares yermos,
entre otros sitios aptos y seguros, si bien constituye una clara
señal de que contamos con excedentes para enfrentar cualquier
contingencia financiera, también nos puede envolver en una
falsa imagen de incapaces o despreocupados.
A pesar de lo paradójico de la situación, resulta
significativo que desde la creación de la Empresa Comercializadora
de Recursos Ociosos y de Lento Movimiento (COPLER), encargada de
la comercialización mayorista y minorista -en moneda nacional-
de los productos vagos y quelónicos, tanto de los que se
encuentran almacenados en las entidades del país, como los
enseres y materiales dados de baja, decomisados o abandonados en
puertos y aeropuertos, según definición del Ministerio
de Economía y Planificación en su resolución
622 del 15 de enero de 2005, muchas naciones se interesan por nuestra
asesoría en la destreza para acumular cacharros inservibles
y tarecos no reciclables.
Pero si tomamos en cuenta que nos enaltece la solicitud de una
rueda de tren formulada por un club de indígenas guaraníes
para colgarla de un árbol y usarla como campana que llame
al desayuno de los integrantes de la tribu, así como la colección
de sombreros de yarey encargada por nómadas sarahuies que
venden agua con sal en diversos oasis del desierto, no debemos pasar
por alto la testarudez en negarse a comerciar éstos y demás
artículos de primera necesidad entre las empresas cubanas
y hasta con muchas del primer mundo.
Y más cuando la competencia arrecia y productos tan importantes
como suelas de tenis desgastadas, varillas de pararrayos herrumbrosos,
camisas Yumurí sin botones y juntas de refrigeradores fraccionadas,
son requeridas respectivamente por patagones, mabuleyengues, beduinos
y esquimales.
Es necesario priorizar a las empresas que ya tienen el timón
del ómnibus asignado y sólo necesitan del chasis,
la carrocería, las gomas, el motor y los restantes componentes
para transportar a los obreros del centro, siempre y cuando aparezca
después la gasolina.
Se hace impostergable que las diversas entidades concilien entre
sí y entreguen al colectivo, una, la base de un contenedor;
otra, las puertas; aquélla, el candado; ésta, las
paredes; la de acá, el techo, y la que pueda una compañía
de custodios que proteja al tractor que arrastre el móvil
-almacén lleno de mercancías ociosas y de lento movimiento-
hasta el destino final quién sabe dónde.
Debemos tener en cuenta como un hecho admirable que pese a la obligatoriedad
de declarar estos productos y firmar un contrato con COPLER para
que los coloque a la venta con la etiqueta de desperdicios dado
su vínculo con la liquidez de la población y el saneamiento
financiero, la realización de estudios de mercado, la vigilancia
y el consumo del inventario, además de la realización
de las transacciones hasta el consumidor final, los funcionarios
se nieguen a cumplirla.
Sólo el amor a los cacharros, a lo que ayer fue y hoy no
será, a tanta catibía comida en asambleas de producción
y servicios y el respeto a los plenos del partido, las ofensivas
revolucionarias, la rectificación de errores, los llamamientos
a la conciencia proletaria y otros malabáricos tentenpié
ideológicos, hacen posible que de un total de 371 entidades
en Santiago de Cuba, nada más 121 hayan cumplido con esta
injusta obligación. O lo que es lo mismo, 251 no lo han hecho.
Fíjense si estos funcionarios se identifican con los despojos
patrimoniales de una turbina, con las asas éticas de un tibor
esmaltado y con las campanillas militantes de un carrito de helados
convertido en tostadora de maní, que sólo entre las
empresas declarantes poseen en almacenes 16 millones de pesos en
productos ociosos y de lento movimiento.
Imagínense las que no han declarado por su excelso patriotismo,
entre las que sobresalen 30 empresas del Ministerio de Agricultura,
22 del azúcar, 24 de la construcción y 142 entidades
del Poder Popular.
Por eso son injustas las aseveraciones de que lo ocioso y de lento
movimiento daña a las propias empresas, porque incrementan
sus costos, ocupan espacios en almacenes, y en no pocos casos haya
quienes gasten divisas en adquirir piezas arrinconadas por otros.
Aunque lo que más hiere la conciencia es que digan que resulta
peligroso tener guardados recursos que aparentemente no sirven,
pero incitan al uso indebido, al desvío y al delito.
¡Estas acusaciones son insólitas! Porque ¿a
quién se le ocurre vender peines sin dientes para calvos?
¿Tornillos sin tuercas o televisores sin tubos de pantalla?
Y esto, sin desdeñar los incentivos de un revolucionario
eficiente y ahorrador.
Tal vez aún sean salvables una que otras piezas automotrices,
ferretería galvanizada, motores y accesorios eléctricos
y piezas de rodamiento para construir riquimbiles, techos bajo los
cuales se vendan granizados, lavadoras y ventiladores Frankenstein,
bridas para caballos y patines para salir del mal paso.
Por eso, y sin dejar de tomar en cuenta las múltiples utilidades
que tienen para un cubano de a pie estos tarecos, los encargados
de comercializar estos productos huérfanos por ser dados
de baja, decomisados o abandonados en puertos, aeropuertos y otros
lugares de mayor privacidad, se niegan a despegarse de sus amores-hierros-cachivaches,
como quedó demostrado en la última feria, donde de
70 entidades convocadas sólo asistieron siete.
Nada de nada, responden los oficiantes funcionarios con su actitud.
Si lo que ayer maravilla fue, hoy es un tareco ocioso y de lento
movimiento, que lo venda quien lo compró, porque para ellos,
cada cual a su aire.
|