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Las razones de Nefasto
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Nunca un refrán
cobra mayor vigencia que cuando se dice que los cubanos se le escaparon
al diablo.
Hay que ver con cuánta intrepidez se adaptan al azufre,
los tarros, los tridentes y las colas que han debido enfrentar casi
cincuenta años sin renunciar al paraíso prometido,
aún medio de las llamas, los humos y las señales del
más acá y el más allá que los circunda
y separa por la bendita maldad y circunstancia del agua por todas
partes.
Sólo hay que desandar las calles, leer o escuchar las noticias
que nos llegan de todas partes, ya sea a través del murmullo
traicionero, amistoso, acobardado, de boca a oído, de oído
a boca y así hasta el infinito de la Isla. O luego de un
estentóreo grito que nos cura en salud al alma apocalíptica
de los predestinados a brillar aunque sea en las orillas del Egeo,
las nieves del Kilimanjaro, las cataratas del Niágara o el
cráter del Popocatepel.
¡Qué vergüenza saber que aquel supuesto genovés,
Cristóbal Colón, andaba en alpargatas de corte en
corte -por supuesto, no de cañas- de la seca a la meca y
del yin al yan, rogando unos dineros para hacerse a la mar en unas
carabelas que hoy, 500 años después, causan risa al
cubano de tan enmaderadas, tan hechas al ajetreo marino, y protegidas
de los rayos del sol y de la bulimia de los tiburones.
Lo que llevaban de comer y de beber en sus abultados vientres de
madera es Niña Curiosa, La Pinta entrometida, y La Santa
María en su búsqueda de los caminos del oro y los
enrevesados trillos de la fe, no lo ha visto una familia cubana
ni aunque su residencia en la tierra más bella que ojos humanos
vieran haya durado medio siglo. Y mucho menos las balsas marineras
Tres Palos al Garete y La Estampida, o el catamarán El Exodo
Infinito en su fallido viaje por encontrar raíces en los
pantanos de los Everglades.
¡Ni Jasón y los argonautas que buscaban el Vellocino
de Oro de un carnero con igual insistencia que un cubano la carne
de res en la capital; ni Juan Ponce de León tras la Fuente
de la Juventud a falta de Viagra, o Alejandro de Humboldt ante otra
cosa que hacer cazando maripositas y lagartijas por las enmarañadas
selvas amazónicas y las fiebre-amaríllicas costas
del Caribe, han puesto tanto tesón en conquistar el mundo
con su presencia, ya sea limpiándolo con sus habilidades
o sanándole con una dosis de realismo mágico cuyo
poder sólo surte efecto en el extranjero!
Los cubanos llegan -al mundo- y se van, como diría el poeta.
Por eso es tan dolorosa la simpleza de culpar a una Ley, por mucho
ajuste que tenga, del afán de conquista de los cubanos, de
calificar como récord en la última década que
más de 2,600 marineros en tierra de la isla intentaran llegar
a Estados Unidos en 2005, a pesar de las 26 tormentas y catorce
huracanes que azotaron durante meses el Atlántico, el Caribe
y el Golfo de México.
Lo mismo que a los españoles se les sube la bilirrubina
con las corridas de toro, a los mexicanos con la lidia de gallos,
a los pandilleros del Bronx con la práctica de tiro en medio
de los parques y las escuelas, a las guerrillas colombianas y a
los paramilitares con el secuestro y degollina de cualquier inocente,
a los cubanos se les desborda cazando huracanes.
Es hora de poner fin a esas teorías y a otras no menos endebles,
como la que dice que abandonan el país por falta de recursos
para vivir, sueños que soñar y entuertos que deshacer.
En Cuba hay de todo. ¿Cómo es posible entonces, en
qué cabeza cabe, en cuál esquina del corazón
puede tiritar el deseo de abandonar un país con educación
gratuita para todos hasta el nivel universitario? ¿Quién
se aleja sin mirar atrás del único lugar del mundo
donde el aumento del salario y de las pensiones por la Seguridad
Social no lo brinca un chivo por lo elevado, y mucho menos se las
come porque no les alcanza ni para empezar? ¿Dónde
se ha visto decir adiós a un gobierno que garantiza la salud
gratuita, la suficiencia alimentaria, que mantiene subsidiados los
alquileres del agua que no fluye y la luz que apenas ilumina, pero
existen, y las propiedades de millones de viviendas a punto de derrumbarse,
aunque en pie como las malas ideas de nuestros detractores?
Si estos no son recursos suficientes para vivir, un medidor del
nivel de vida ejemplar, que venga un haitiano y los compare.
En cuanto a la cantidad de sueños que soñar, ni el
número de estrellas se les acercaría, pues son tantos
y posibles que bien vale la pena seguir pensando en la luna de Valencia
hasta que se hagan realidad.
¿Cómo no tener fe y posibilidad real de que un día
cualquiera usted despierte y le den los buenos días, tenga
leche para el desayuno, no tenga que inventar el almuerzo y la comida,
haya agua en la pila de la ducha -y ducha-, pueda salir a pasear
sin que le pidan el carné, no tener que sortear a los jugadores
de dominó en medio de la acera, vadear un tambucho de basura
desbordado, pensar en la caída de un balcón que aplaste
su esqueleto, no aguarde un apagón, pueda planear un viaje
a donde le dé la gana y sin permiso de salida o entrada,
exprese lo que realmente siente sin miedo a ser reprimido, pueda
escoger para su hijo la educación que quiera, no ser candidato
a la peligrosidad social por sus ideas, en fin, civilizarse y decidir
los rumbos de su vida?
Aunque una sociedad con todas estas cosas resueltas sólo
es posible en los libros de cuentos infantiles y en la propaganda
subversiva y los cantos de sirena del capitalismo, según
nos enseñaron, no podemos cejar en el propósito de
lograrla.
Eso sí, no podemos negar que aún subsisten alrededor
de dos millones de trabajadores y miles de dirigentes corruptos,
fundamentalmente por culpa de los agujeros negros en la capa de
ozono, el deshielo de los glaciares y la Teoría de la Relatividad
de Einstein, que sumados al deseo o la necesidad de sobrevivir bajo
una economía desbordada de buenas intenciones en contraposición
a la del capitalismo salvaje, incitan a robarse, desviar, sustraer,
malversar hasta las huellas de cualquier producto comible o tomable
como terapia contra la ansiedad.
Por eso es que aseguramos que hay que ser masoquista de campeonato
para abandonar la tranquilidad ciudadana que reina en el país,
el sosiego de unas tardes bucólicas o llenas de humo y ruido
a la orilla del mar, al centro de la Isla, mientras pasan los años.
Es difícil creer que alguien abandone su terruño
en medio de victorias y de logros jamás vistos en el universo.
Si los cubanos se van, es por sembrar su alegría de vivir
entre los metalizados norteamericanos, los xenófobos europeos,
los ladinos asiáticos y los preteridos africanos.
Si deciden lanzarse a la mar aunque sólo lo hayan visto
en fotos, es por el hábito de aprendizaje, el espíritu
de combate, su afán de lucha y su entrega desinteresada e
internacionalista a los avatares de otros pueblos con disímiles
tradiciones y costumbres.
Y fíjense si es por humildad, que lo mismo se encuentra
a un cirujano manejando una aspiradora en una clínica privada
de Tegucigalpa que a un ex volibolista del equipo nacional de Cuba
de profesor de baile en un dancing light de Roma, a una licenciada
en lengua inglesa de mesera multioficio en un puticlub de Madrid
o a una profesora de canto como doméstica en la casa de un
turco con sordera en Izmir.
Si llevan algo en su alma es la melodía de la Bayamesa,
pues jamás muestran afán de consumo, nivel de especulación
ni otras deformaciones desaparecidas de Cuba cuando inventamos el
hombre nuevo.
Esas son algunas de las razones por las cuales, con ciclón
o sin ciclón, los cubanos se van. En medio de una balacera,
los cubanos se van. Dejando atrás tradiciones, familiares
y amigos, los cubanos se van.
Así que no me vengan con cifras de escapados, aspirantes
al sorteo, listas de quedaditos ni otras fórmulas de disfrutar
la Isla desde un ángulo exterior, pues como dice la parodia
que hice sobre una canción de moda, "hay razones que
hiede, razones que huelen, razones que salvan y razones que matan".
Y en eso, al cubano también le sobra la razón.
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