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Sueños y pesadillas de un
caballero en La Habana
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Y bajando a toda velocidad
por la Loma de Chaple en su bicicleta china Rocinante Forever, arremetió
Don Quijote contra el parabrisas del camello M-2, que saltó
en mil pedazos y cayó cual lluvia de granizos sobre el maltrecho
cuerpo del caballero, quien además sintió sobre sí,
desde el asfalto caliente, la incontenible avalancha de zapatillas
Nike, chancletas chupameao, botas rusas y zapatos rompe líneas
de cientos de viajantes que huían despavoridos del lugar
de los hechos.
Sancho Panza, que miraba aterrado cómo pasaban por encima
de Don Quijote los espantados camelleantes, corrió con los
brazos en alto hacia el sitio donde yacía su amo, apolismado
por la indetenible multitud, apartó al chofer, que le gritaba
loco y subversivo a la Triste Figura, se arrodilló a su lado,
y comenzó a decirle:
- ¡Se lo advertí, mi señor! ¿No le dije
que aunque pareciera un dragón por arrojar humo y candela
por el tubo de escape, tener dos faroles enormes que parecían
ojos y viajar atestado de personas que clamaban auxilio, gritaban
maldiciones, se enfrascaban en riñas tumultuarias y pedían
libertad a gritos, era un camello M-2? ¿Y que en lugar de
cautivos transportaba en su vientre a cientos de viajeros sin otra
alternativa para ir a la escuela, al trabajo o al bisne que trepar
ese engendro de transporte conocido en Cuba como camello debido
a una joroba como la del rumiante?
- Basta ya de verborrea, querido Sancho. No me vengas ahora con
esos sermones postmodernos, que por mucho que cualquier gobernante
trate de ocultar la situación verdadera de la ínsula
en que manda, la disfrace de boba, siempre sale a la superficie
lo real, y sea camello o dragón, ese gigante que enfrenté
es un entuerto más que hay que deshacer -respondió
Don Quijote. Y agregó:
- Así que déjate de tanta majadería, y ayúdame
a ponerme de pie, que los aventureros y los hombres de ley no se
juzgan por las veces que se caen, sino por las que se levantan.
Y recuerda esto: "Primero saltará un pueblo por la ventanilla
de un camello antes que dejarse arrebatar la esperanza de llegar
a la otra parada".
El leal escudero, afligido por el responso que le endilgó
el caballero aún desde el asfalto, comenzó a levantarlo
mientras le decía:
- Pero mire, mi amo. Mire cómo le han dejado el jean, la
camiseta y la gorra y las zapatillas. Además, observe cómo
quedó su bicicleta china Rocinante Forever, sin siquiera
un rayo salvador, con el timón de rumbo desviado y las gomas
desgastadas de tanto rodar inútilmente.
- ¡Calla de una vez, latoso Sancho! Que siempre que se ruede
hacia delante, una vida mejor nos espera. Y es bueno que comprendas
que el rayo salvador nunca cesa, el rumbo se corrige y las gomas
desgastadas se cambian sin detener la marcha. Mejor preocúpate
por saber si no he perdido la tarjeta telefónica que compraste
en divisas para las llamadas de larga distancia. Quiero que os comuniquéis
con la impar Dulcinea del Toboso y le contéis sobre mi última
aventura. Y vamos, que andando se quita el frío, o mejor
dicho, el calor que me han dejado en el pellejo tantos pisotones.
Llévame al policlínico, noble y fiel escudero.
Y apoyándose en Sancho Panza, tomada la bicicleta china
Rocinante Forever de la mano, el caballero andante encaminó
sus inseguros pasos hacia el cuerpo de guardia del centro asistencial
gratuito.
- ¿Quién es el último? -preguntó el
escudero al llegar al salón de espera del cuerpo de guardia
del hospital.
- ¿¡Uuuuuuuultimo
!? ¡Ja, ja, ja, ja
!
-respondió y soltó la carcajada un corpulento vejestón
que atacaba goloso una pizza de cebolla bañada en la chorreante
y casi roja y de tomate Salsa Habanera.
- Sancho -se dirigió Don Quijote a su escudero mientras
recostaba su molida espalda a la pared por falta de espaldar en
la silla de plástico donde apoyaba sus maltrechas posaderas-
¿qué causa tanta hilaridad a este vejestorio endomingado
que al parecer se encuentra enfermo de una insana alegría
cuando viene a curarse en salud a este hospital? Y lanzando un lastimoso
gemido prosiguió:
- ¿Acaso nuestro atuendo de insignes aventureros¿
¿O tal vez las honrosas heridas que adquirí en uno
de mis combates contra "el mal" camuflado en las buenas
intenciones?
- Discúlpeme, caballero -lo interrumpió el vejestorio.
El problema es que ustedes, o vienen de otra galaxia o son extranjeros.
Porque pedir el último en una cola en Cuba es el más
grande desatino de un pensante.
- ¿Y por qué, si se puede saber? -preguntó
Sancho Panza.
- Pues muy sencillo, excedido gordito -contestó el aludido
carcamal. Si usted no conoce a la recepcionista ni a su tía
o no le sacó el perro a mear en alguna ocasión, nunca
le trajo mangos, un perfume, no tiene familiares o amistades que
trabajen en inmigración o no tiene influencias ni parentesco
con el director o con el médico que se encuentre de guardia
ese día, los últimos serán los primeros. Nunca
olvide que si Tin tiene, Tin va; pero si Tin no tiene, ni Tin vale.
¿Entendió?
El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, algo perplejo ante
la explicación del comedor de pizza de cebolla bañada
en el chorreante y casi roja y de tomate Salsa Habanera, inquirió
preocupado:
- ¿Y no dicen que en los Libros de Caballería de
esta fermosa ínsula aparecen recogidos todos los derechos
del ciudadano, incluso el de ser tratados como iguales en cada lugar
y circunstancia?
- Ya lo dijo usted, noble caballero -respondió el comedor
de pizza. ¡En los Libros de Caballería! Pero en la
práctica es otra cosa.
- Entonces, ¿el que escribió sobre la igualdad del
hombre y la mujer, las razas y las ideologías en el socialismo,
el egregio Don Crispín de la Lengua Tiesa en su Libro de
Caballería El Capital del Aventurero Rojo era incierto? ¿Acaso
su seguidor, el perínclito tragaldabas Don Alambrón
del Ñame Prieto sembró en Europa una falsa semilla
que vino a germinar envenenada en esta tierra de tanta calidez humana
y climatológica? ¡Imposible! -exclamó el caballero,
y se tiró del chivo tan fuerte que se le saltó una
lágrima. Y luego agregó:
- No lo puedo creer, señor diversionista. Y usted perdone,
pero vista hace fe. Así que aguardaremos.
Transcurridas seis horas, y cuando ya Don Quijote arremetía
en sueños contra los cristales de una Shopping, un puntapié
propinado por Sancho en la pantorrilla izquierda de su amo lo salvó
del horrible sobresalto de enfrentar a veinte o treinta sorprendidos
pisoteantes que escaparían de la tienda recaudadora de divisas
como los que lo hicieron de la batalla contra el falso dragón.
- ¿Qué nueva aventura emprenderemos ahora, querido
Sancho, si aún no han sanado mis heridas de los anteriores
palos? -preguntó Don Quijote entre bostezos.
- Ninguna, mi amo -respondió el escudero. El problema es
que se fue el agua y llegó el apagón.
- ¿Y cómo podemos resolver este entuerto, mi siempre
fiel Sancho?
- Marchándonos, mi amo, pues para resolver lo del agua haría
falta un diluvio al menos como el de Isabel viendo llover sobre
Macondo, y para lo del apagón, kerosén. Ambas cosas
muy difíciles de lograr en estas bloqueadas serranías
de ruinosas edificaciones.
- Y entonces, ¿qué hacemos, Sancho? Mira que hay
heridas que cierran en falso, como dice el bolero y expresara a
los combatientes el cirujano zurdo Don Bandolerín de la Costilla
Izquierda Requemada -expresó el de la Triste Figura.
- Marcharnos, amo, como antes le dije. Nos curamos en fe y en nuevas
aventuras.
Don Quijote, mirando sorprendido a su escudero, le dijo con ternura:
- Me parece, Sancho mío, que le has tomado el gusto a la
vida de escudero de un caballero andante, pues nunca un soñador
de tu inculta condición (pese a tu presencia frente al televisor
a la hora de Universidad para Todos) se mostró tan ansioso
de aventuras.
- No es gustito, señor -le contestó Sancho. El problema
está en que si recibo palos sin aventurarme a cambiar las
cosas, es mejor recibirlos teniendo las posibilidades de devolverlos
aventurándome.
- ¡Increíble, apreciado Sancho! ¡Genial! Ni
el ilustre filósofo Cabeza del Libraco Mágico hubiera
razonado como tú, y espero que cuando seas gobernador de
la Insula de Barataria (o de Baratijas) de acuerdo al sistema social
que impongas a solicitud del pueblo, no cambiarás de concepto.
Y ahora, vámonos, insustituible escudero, que como dijo el
poeta, "se hace camino al andar". (Continuará)
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