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Trilogía sucia de
las guaguas
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Resulta increíble
la insensibilidad que desarrollan algunos dirigentes sindicales
ante la imagen de un trabajador con los brazos cruzados en medio
de un taller; pescando renacuajos en el cráter dejado por
la chimenea de un central reconvertido en la fábrica de raspadura
"Qué dolor qué dolor qué pena", o
recostado a la carrocería de una guagua que no arranca hace
25 años ni con el pensamiento.
Es duro escuchar expresiones que hablan de "la necesidad de
quedar libres de trabajadores interruptos en las empresas transportistas",
como fue ratificado durante un pleno del Comité Nacional
del Sindicato del Transporte.
Ellos no son un lastre, compañeros, ni un gordo de 500 libras
muerto sobre la espalda de cada trabajador. Al contrario, cumplen
el honroso papel de cifras en el cero desempleo del país.
¿Razones para tan injusta propuesta? Ninguna de importancia.
Sólo que algunos dicen que hay administraciones que no reubican
ni ponen a estudiar a este personal debido a la carencia de equipos,
y esto influye en el cumplimiento del plan y en los salarios.
Pero, ¿cuál es el apuro de esta gente por cumplir
el plan si sólo estamos a mil años luz de volver a
lo que se denominó transporte público?
¿Cuál es la preocupación con los salarios,
si muchos interruptos en sus ocho horas de ocio no han dejado taller
con tuercas ni tornillos, motores, gasolina o petróleo sin
vender, no para su beneficio personal, sino con tal de que ahorren
los choferes de autos particulares que sacan del apuro a la población?
Son unos altruistas, unos pensadores que se pasan el día
meditando sobre cómo salir adelante sin perjudicar al prójimo
que duerme en las terminales y le llega la jubilación a la
parada de ómnibus por la prolongada espera.
El ejemplo de que la empresa Cubataxi de Santiago de Cuba tiene
una plantilla de 60 choferes y de los 47 autos sólo funcionan
un promedio de 20, con la implicación de que 40 hombres sean
perjudicados diariamente en sus salarios, no es más que llevar
a la práctica la máxima de los marxistas-mosqueteros:
"Todos para uno, y uno para todos".
¿Qué hay de malo en que los pocos que trabajan compartan
el dinero con quienes sin estar al timón del taxi asisten
cada día a la base, marcan la tarjeta de entrada y de salida,
les hablan de lo buena que se ha puesto la vecina que vive al lado
del garaje, de los vuelos interespaciales, del posible cruce genético
de un F-1 cubano con una llama boliviana para ver si logramos un
"toro en llamas", así como de la serie nacional
de béisbol, los precios en el agro y la volubilidad de un
dólar halado por los pelos hasta que quede calvo?
¿Quiénes si no ellos, los interruptos, ayudan a empujar
el taxi cuando no arranca, le ajustan el espejo retrovisor, le avisan
a los choferes cuáles de los mil baches tienen agua, en qué
curva aún quedan una vaca y un caballo con vida, o puede
salirles un tractor con una carreta llena de músicos para
la canturía semanal en Las Brujas, Charco Mono o Aguacate?
Hay que ser justos, pues detrás de los torneos de dominó,
los cumpleaños colectivos, las asambleas de producción
y servicios, el recibimiento de la condición de vanguardias
nacionales, la repartición de la merienda fuerte, el aviso
de que no hay almuerzo, dieta o estímulo para el fin de mes
aunque haya sobre cumplido con el micro plan de la base, y sobre
todo en la confección del mural de las efemérides
donde se reflejan los logros alcanzados, se encuentran las manos
y las lenguas diligentes de los interruptos.
Otro de los malos ejemplos por la falta de compañerismo,
de visión patriótica al querer eliminar a unos ex
trabajadores víctimas del bloqueo está ocurriendo
en la base de transporte escolar de Bayamo, donde el parque de ómnibus
es de 48 y funcionan un promedio de 27.
Según los analistas y seguidores del "estudia y dale
a vender fritas a los portales si no aceptas la plaza de conductor
de cocodrilos en la Ciénaga de Zapata, o de un coche tirado
por un chivo en el parque de la empresa de transporte para el solaz
y esparcimiento de los hijos de los trabajadores que sí alcanzan
guaguas", hay 21 choferes reubicados en la misma base, sin
producir bienes ni servicios.
Y lo que más les irrita -cayendo de nuevo en la cuestión
monetaria- es que el pago se afecta, ya que lo que producen unos
pocos hay que repartirlo entre muchos.
Así no resolvemos el asunto, pues si los reubicamos en una
fábrica de talco, en un taller artesanal de chorizos o en
un curso intensivo para cazar a bazucazos a los maleantes Aegiptys,
se caería de nuevo en el teje y maneje del dinero, como si
fuéramos capitalistas y nos interesara la plata más
que la moral revolucionaria con la que nos alimentamos y vestimos.
Aquí la cuestión es de iniciativas, de incentivos
coyunturales donde el interrupto se sienta útil en el seno
de un colectivo en el que lleva quizás 20 años como
chofer, más allá de que no creo injusto que se les
pague por ser parte activa de la comisión de embullo de una
empresa, del club de recogedores de hojas muertas en las áreas
verdes del taller, y de La Claque oficial en una reunión
donde se ventila el destino de un Panda o el sálvese que
pueda de una base de transporte sin transporte.
Para mantenerlos en su entorno, no desarraigarlos de su oficio,
tenerlos entretenidos y laboriosos sin pensar en indisciplinas ni
delitos -como plantean algunos dirigentes que provoca el no hacer
nada de los interruptos- se precisa un plan de medidas innovador,
volcado a la estrategia de la productividad socialista.
Si realmente preocupa que el deteriorado parque de la Empresa de
Ómnibus Urbanos de Ciudad de La Habana sea la causa de que
los choferes y conductores dupliquen o tripliquen el número
de guaguas, y trabajen una o dos veces a la semana, nada mejor que
aplicarles el multioficio revolucionario en aras de que "el
que no trabaja no come".
Una de las iniciativas que sería recibida con gran satisfacción
por trabajadores y pasajeros, es que los interruptos realicen labores
de pelado y afeitado sobre el ómnibus en marcha, además
de tintes, manicura, lustrado de zapatos, venta de agua fría,
caramelos de menta, trámites de inmigración y mudanzas,
recogida de materia prima y otras tareas primordiales en el desarrollo
de la economía del país.
También resaltaría por su eficacia y capacidad de
resolver los problemas de los comedores obreros, que cada guagua
parada por falta de motor, chasis, gomas, parabrisas u otros elementos
imprescindibles para su puesta en funcionamiento, sea reconvertida
en un organopónico donde la lechuga y el tomate rompan de
rojizo verdor por las ventanillas rotas; en una cocina móvil
donde, al compás del son, se cuezan los restos de cuanto
grano o bicho sirvan para dar categoría de potaje a cualquier
mezcla, o en un aula de capacitación sindical para preparar
a los venideros interruptos.
Existen miles de fórmulas socialistas para perder el tiempo,
comerse la guanaja y hacer ovillos sin necesidad de trasladar a
nadie a otra parte donde también sobrará y querrán
enviarlo de aquí para allá, de allá para acá,
hasta que se jubile sin haber disparado ni un chícharo en
los últimos diez años de vida laboral.
Y en la aplicación de esas y otras medidas es donde mejor
se pueden apreciar los valores humanos de una dirigencia sindical
que vive del invento de cifras, de la manipulación de bondades,
del supuesto cumplimiento de los planes, y de la autorización
teórica del igualitarismo, están los seguros resultados
productivos de un país que a la vuelta de cinco años
será la primera potencia de la economía mundial.
Estas y no la denigrante fórmula capitalista de productividad
contra dinero que llena de productos las vidrieras de las sociedades
de consumo hasta la saciedad del más exigente comprador,
son las que nos llevarán a la invulnerabilidad sociolaboral
y sindical en las maquilas de la corrupción.
Así que si los enemigos de la revolución en esta
Trilogía Sucia de las Guaguas pretenden ver igual derrumbe
social que en la novela casi homónima de Pedro Juan Gutiérrez,
se cogerán un dedo con la puerta. Porque, a falta de taxis,
mulos; y ante la ausencia de guaguas, tractores y bicicletas. ¡Pero
jamás a pie!
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