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Nefasto, los tomacorrientes
y el cimarrón
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org)
- Si la cultura es escudo y espada de la nación, la ignorancia
es la tumba del progreso que merodea por los pasillos del cotilleo
en la mayor de las Antillas.
¿Cómo es posible que en un país tan culto
muchas personas se nieguen el beneficio del avance? ¿A la
insólita ventura para un país del Tercer Mundo de
ser depositarios de un alud científico y cultural que nos
sepulta felices y congelados bajo los hielos del conocimiento?
Hay que ser un trucutú olímpico, un ñame con
corbata de albañal para no darse cuenta de que la inventiva
y el cada uno a su sitio nos reconstruye el alma aunque nos derrumbe
el techo.
Resulta increíble la resistencia que oponen al progreso
quienes hasta no más ayer podían ser confundidos con
hombres del CroMagnon, limitados al garroteo amoroso, el lanzazo
culinario o la pedrada al sueño.
Son injustos tantos cuestionamientos y quejas sobre una obra científico
social que nos levanta en peso desde la época de las cavernas
y nos deja caer sentados frente a un televisor y un vaso de cerelac
en las Torres Patronas de Kuala Lumpur, allí en Malasia.
La incomprensión es la madre de las dudas, las dudas de
la incapacidad de ser agradecidos, y la falta de agradecimiento
de un nivel de desvalorización que a su vez engendra las
críticas contra cualquier proyecto digno de admiración,
y por supuesto, aplausos.
En estos tiempos de la globalización del miedo y el valor,
la esperanza y el pesimismo, los desencuentros y la solidaridad,
la corrupción y la ética, la censura y las libertades,
la guerra y la paz; los matrimonios y los divorcios, las carencias
y las abundancias, la higiene y las montañas de basura; en
fin, la mundialización de los extremos que se complementan,
resulta contraproducente que en un país con muchas de estas
dotes elevadas a la enésima potencia, cientos de sus habitantes
aún no comprendan o reconozcan la necesidad del progreso.
Es deprimente que los inquilinos del edificio número 32,
reparto Olivos II, en Sancti Spíritus, no quieran acatar
las leyes del progreso, adaptarse a vivir entre las innovaciones
que acarrea el desarrollo científico al inicio de un siglo
en que el hombre podrá tomar cerveza dispensada en el planeta
Marte -no adulterada-, y asistir a un desfile de modas en Plutón,
un juego de béisbol en Júpiter y a las justas elecciones
de una democracia participativa en Saturno.
Por eso nos duele con qué nivel de indolencia la señora
María Elisa Cordero Pérez, vecina del susodicho edificio,
asume el salto hacia el progreso que de forma experimental y con
posible extensión a todo el territorio nacional se aplica
como tarea de choque en el tanque de agua y la instalación
eléctrica del inmueble.
Según estos enemigos de la civilización, del convoy
en las producciones y servicios en un sistema socialista, luego
de formular quejas durante cuatro años a todos los niveles
y organismos competentes del estado cubano, aún aguardan
por una respuesta.
¿Y cuál es la queja? -se preguntarán los indignados
ciudadanos que no comprenden el apuro, el desespero y las causas
para protestar por la llegada del progreso a Los Olivos II.
Pues muy sencilla: la rotura de un tanque en el techo del edificio
que provoca la filtración en todos los apartamentos y el
agua sale por los tomacorrientes las 24 horas del día.
¡Qué mal agradecidos! ¡Cuánto darían
por ese líquido encorrientado los beduinos del desierto de
Sahara, los mariachis resecos y sin voz en el de Sonora, y los Quilapallunes
a oscuras en el de Atacama chileno!
¡Qué gritos de júbilo no lanzarían al
viento los Guaracheros de Regla, los Timbaleros de El Guatao y los
Congueros de la ciudadela La Trompada Feliz, en Centro Habana, todos
habitantes de la capital más bella de América Latina,
según investigaciones tracatánicas y daltónicas
de los cronistas sociales agrupados en la banda los Ban-Bam-Bun-Bun,
Chácata.
Sin embargo, y a pesar de los logros multipropósitos del
"agua-amperimetrada", estos inundados seres protestan,
hacen ruido, reclaman y pasan por alto el privilegio de que convoyada
con el líquido les llegue la electricidad, más allá
de uno que otro corrientazo, derrumbe de paredes, fregaderos, o
aparición de aletas natatorias y escamas en la piel.
Paradójicamente, y como buenos cubanos, la gente no se pone
de acuerdo en nada.
Mientras los inquilinos de Los Olivos II se oponen al híbrido
fecundo de una obra revolucionaria que lo mismo hace funcionar con
nivel antológico un coche-barco apto para los pedraplenes
y el mar, que una olla de presión-destiladora de un serpentín
walfarinero. O intenta lograr un cruce genético entre un
perro y un toro para obtener un perro-toro que a la vez que el vacuno
muja, el canino ladre y le proteja del sacrificador ilegal, además
de un árbol de limón-cebolla-ajo-ají-tasajo
de jutía que garantice una Fat Food socialista de campaña
en ventoleras, otros ciudadanos se quejan por la pérdida
de lo alcanzado en estos años de desarrollo vertiginoso hasta
el mareo.
En contraposición a esta actitud retrógrada de los
cerriles espirituanos, el santiaguero Omelio Pérez Vicente,
vecino de El Cobre, en esa provincia oriental, y custodio del monumento
al cimarrón que se levanta en el centro del poblado como
una patada en "el no me toques, Pepe", de los defensores
de la esclavitud de cualquier tipo y época, reclama que regrese
el desarrollo a la hoy abandonada localidad.
Seguro de que su preocupación es compartida por las 17 mil
personas que habitan el lugar, expresa su sentir de hallarse en
medio de un estado de abandono y desinterés de quienes tienen
que responder por el bienestar y la solución de los problemas
de la población.
Ya con un encabronamiento de categoría tres en la escala
"Me importa un pito el qué dirán", el guarda
bronce del cimarrón reveló que después que
cerraron las minas de cobre -centro de la actividad productiva del
lugar- los bostezos y el mano sobre mano se adueñaron del
pueblo, y sus habitantes, sin ningún motivo para abrir la
boca, se comunican a través de los ruidos del estómago
en una especie de código telegráfico tripal, que envidiaría
Morse de estar vivo y residir en esa zona de Santiago de Cuba.
Más sereno y calmado luego de una infusión de ¡wjlamnjones!
caliente, el desolado Pérez se preguntó a sí
mismo cómo es posible que a uno de los dos parques del poblado
le hayan quitado todos los bancos, y al otro lo desmontaron de raíz
para remozarlo, y nada.
¡Hasta los restos de las deyecciones caninas que categorizaban
el parque como sitio de interés visitado fueron desaparecidos!
Además, agrega en su misiva que en el preciso instante que
escribía estaban cerradas por deterioro la Casa de Cultura
y la librería de la localidad, signos inconfundibles del
"apaga y vámonos", "tumba la mula", "hay
que salir zafiro o en pira", y el más vital, conflictivo
y polisémico de los refranes cubanos ante un desolador no
hay nada que hacer: "Pongamos los pies en polvorosa".
Luego de un estudio acucioso del interés de un Pérez
-no cualquiera- porque culmine la cimarronización de El Cobre,
este servidor, Nefasto "El Etnólogo" Boza, trazará
las coordenadas a seguir para que no se le erosione el alma, ni
se pierda en la selva oscura de la indolencia, que no es tan productiva
como la del teatro.
En primer lugar, y para evitar la descontextualización histórica
del hecho, usted debe interiorizar que es un cimarrón y no
el cuidador de su epónimo de bronce.
Ya con los ojos escarranchados de pavor, sintiendo en sus oídos
y sus canillas el ladrido incesante, la mordedura de los perros,
el relinchar de bestias y el estampido cercano de un arcabuz disparado
a la maleza agreste por el mayoral y su partida, corra sin mirar
atrás hacia las salvadoras minas.
Pasado el sofocón, temblando de hambre y sed condimentadas
con miedo, abra su encallecida mano, suelte el machete, acabe de
quitarse la raída y andrajosa vestimenta de tantos días
por el monte tratando de alejarse de la chimenea del ingenio, cure
sus heridas y empiece a reconocer la cueva.
Sólo entonces escúcheme con atención y no
será necesario que responda.
¿Qué haría usted en pleno siglo XIX si al
final de su recorrido por las cuevas abandonadas encuentra en vez
de un palenque una reunión del Consejo Popular de El Cobre,
sentados en los bancos de un parque bajo la luz de bombillos y lámparas
ahorradoras encendidas?
¿No pensaría estar loco de remate si además,
al tomar otro pasadizo de la mina, en lugar de lodo, oscuridad,
insectos y húmedas paredes, ve aparecer frente a sus narices
una bien surtida biblioteca -que nunca sabrá lo que es-,
donde entre varios lectores sobresale una joven que parece encantada
y encanta frente a las páginas de Biografía de un
Cimarrón, escrita por Miguel Barnet?
¿Cuántos alones de pelo, cabezazos contra las paredes
de la mina, pellizcos, saltos y aullidos ejecutaría usted
si la cueva desemboca frente al escenario de una Casa de Cultura
en el preciso instante que ensayan la coreografía sobre El
Sacrificio, del ballet La Consagración de la Primavera, con
música de Stravinski.
Seguro no se tomaría un diazepán porque en las minas
no habría farmacias, ni mucho menos llamaría un taxi,
ya que aún no habría terraplenes con rutas Santiago
de Cuba-El Cobre, y se conformaría con un tronco de guásima
como banco después de tanto corretear por mantenerse vivo.
¿Se ha imaginado usted si en otro recoveco de la cueva se
encuentra con un merendero Di Tú, que comercia pollo y papas
fritas, croquetas y cervezas Bucanero, todo al compás de
una música estruendosa que hace vibrar las paredes de la
cueva, caer piedras del techo, volar como petardos de a peso -en
CUC- los huesos y papeles que alfombran las aguas albañales
del recinto?
Si es así, entonces no se queje de la depredación
de El Cobre. De la cimarronización conciente y cultural de
un entorno que vuelve a sus orígenes como signo perenne de
La Ruta del Esclavo.
Así que no coja lucha, hermano, no despierte, siga pensando
que El Cobre es un palenque del siglo XIX aún no descubierto
por los mayorales, donde si bien no hay parques, Casa de Cultura
y librería, al menos no se halla bajo el látigo de
la civilización a medias, ni a merced de una jaula de perros
que le enladrarían la existencia si se sale del lote de los
esclavos obedientes.
Si la supuesta involución le resulta muy brusca, acuérdese
de La vida inútil de Pito Pérez, y esgrima su primer
apellido contra los que, escudados en el segundo, recetan el comunismo
como una aspirina del tamaño del sol para los dolores de
cabeza de las pobres gentes.
De verse en la necesidad de ingerirla, intente hacerlo con leche,
por favor, pues pasará sin saber que pasó de la gastritis
a la úlcera crónica, y para eso no existen medicamentos
ni dietas por el tarjetón revolucionario.
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