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Carta de Nefasto a Gulliver
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, marzo (www.cubanet.org) - Mi nunca bien despreciado
y confundido hombre-montaña:
Sus veladas alusiones a la impunidad con que los grandes pueden
actuar contra los pequeños, y que van desde el fácil
dominio por la fuerza, pasan por el menosprecio de sus costumbres,
y llegan hasta la burla de la inútil vanidad de construir
un imperio insular semejante a un simple decorado de teatro, que
bien cabe sobre la palma de su mano, me huelen a cizaña,
comparación coacciosa, y aviso venenoso de lo que puede ocurrir
a nuestra patria de enfrentar a un gigante.
"Comejénica" vara de tumbar gatos: Dentro de sus
más groseras insinuaciones puedo señalarle la referida
al juego de la cuerda, donde, según expresaría usted
en su archiconocida historia sobre Liliput, todo candidato que aspire
a grandes empleos y alto favor en la corte, debe saltar ante el
emperador al grito de "el que no brinque es yanqui", es
un acto humillante que de no ser realizado hasta por algunos ministros
puede condenarlos al "disfavor".
En ese supuesto escenario diseñado por un tanque pensante
como Jonathan Swiff sobre lo que sería una dictadura moderna,
¿pretende usted incluir a Cuba? ¿En ese populacho
que grita consignas y tira flechas contra los adversarios del poder
vislumbra siquiera por asomo cierta similitud con el aguerrido,
trabajador y emigrante pueblo cubano?
En cuanto a la necesidad de una licencia para salir de la liliputiense
isla, autorizada por el gran sello del reino, ¿pretende equipararla
con nuestra impoluta y expedita tarjeta blanca o permiso de salida
definitiva del país?
Cuando asegura usted que fue obligado en sus ratos de ocio a levantar
grandes piedras, erigir el muro del parque principal, y otras obras
de los reales edificios como asistencia y ayuda de los trabajadores,
¿hace alusión a nuestro sano y entusiasta y espontáneo
trabajo voluntario?
¿Insinúa usted que por ser grande -algo así
como gerente, deportista de alto nivel o ministro, entre otros privilegios-
el emperador le asignó una cantidad de alimento y bebida
equivalentes a lo necesario para el sustento de 1,728 liliputienses,
lo que sería lo mismo a similar cantidad de cubanos censados
en 232 libretas de productos alimentarios?
De ser así, inmundo rascacielos, le ordeno deponer sus virulentas
calumnias, pues si no lo reto a duelo es porque las armas están
prohibidas en mi país, y se combate a decretos, hiere a gritos
y condena al ostracismo o a la cárcel sólo por desviaciones,
ya sean ideológicas, sociales, política, sexuales
y económicas.
Y para demostrarle que soy hombre de paz, y asaz de bien pensado,
de su execrable por imperial, arrogante y quintacolumnista historia,
tomaré sólo lo que nos diferencia, enaltece y honra
ante la humanidad.
Mientras usted se burla de que los caballos y los bueyes de mayor
alzada en Liliput tienen de cuatro a cinco pulgadas de altura, las
ovejas pulgada y media poco más o menos, los gansos el tamaño
de un pequeño gorrión, y así sucesivamente
hasta los más pequeños, que eran casi invisibles para
sus ojos, nuestros científicos inician un plan de miniaturización
de las especies con el objetivo de beneficiar al pueblo.
Como muestra del sostenido avance hacia una sociedad superior y
con el beneplácito de todos los cubanos y una marcha -protesta
de un sindicato de perros con alto pedigrí-, se iniciará
la inseminación artificial de "vaquitas en miniatura",
como llaman a la raza Cebú Enana, originaria de la India,
algunos expertos desconocedores de la ubicación geográfica
de Liliput.
Este plan, que pretende dotar a cada núcleo familiar cubano
de una vaquita, previa presentación de la libreta de racionamiento,
propiedad del hogar, planilla de inscripción a las tropas
de las milicias territoriales, Comité de Defensa de la Revolución,
Federación de Mujeres Cubanas, y algo más de cien
organizaciones de masas que acreditarán la idoneidad ideológica
del aspirante a la mini-res, sustituirá a los perros en los
paseos matinales y vespertinos por las calles o aceras de cualquiera
ciudad del país.
¿Se imagina lo estético-productivo de ver a decenas
de jubilados, trabajadores, jóvenes, civiles y militares,
y hasta niños salir a pasear con su vaquita por el parque,
sacarlas a orinar cada noche donde se les antoje, hacerles un chalequito
para el invierno y ponerles un cencerrito que avise dónde
están cuando se suelten de la cadena?
¿Podrá existir algo más sublime que verlas
corretear por la arena en la playa, asomadas a la ventanilla de
un Subaru en viaje familiar hacia el campismo, o mugiendo agresivas
en el transporte ante la cercanía de un extraño al
hogar?
Más allá de estas escenas conmovedoras por lo tiernas,
¿ha pensado usted en la independencia económica que
trae aparejado el paso de avance de un vasito de leche para cada
ciudadano, sin tener que salir de la casa, aspirar a volver a la
infancia o llegar a la senectud lejos de la amenaza de una taza
de cerelac?
¿Se ha puesto a pensar la enorme cantidad de empleos en
servicios comunales que generará la cagazón mundial
de tantas vaquitas satas convertidas en mascotas fecundas del folclor
nacional?
¡Y ni hablar de la tranquilidad ciudadana que nos traerá
la sustitución de perros por vaquitas, al cambiar los molestos
ladridos de los canes por el bucólico mugir de los vacunos!
El estertóreo grito vecinal de ¡me mordió su
perro! por el apacible ¡me tarreó su vaca!, y tantas
ventajas más que aún nos cuesta creerlo.
Nunca su prepotencia de supuesto gigante le hará reconocer
lo bello de mirar en los jardines públicos y privados de
nuestra nación el ordeño mecánico y a mano
de una mini-res ante la algarabía de los niños, bajo
los ojos entrecerrados de placer de los ancianos, lejos del inquietante
chocar de los cuchillos de los matarifes, pues cada cubano tendrá
un bistec a domicilio.
Jamás podré entender el placer de escuchar a una
humilde o encumbrada señora discutir con su nieta si el nombre
apropiado para una enana blanca con manchitas negra y tarros retorcidos
debe ser Salvación, Progreso, Ubre Gris, o simplemente Matilda,
como se ha de llamar a toda vaca que se respete, por muy chiquita
que sea.
Hay que ser un inverecundo estúpido y grande por gusto como
usted para no aprender el salto adelante que significa minimizar
las vacas en el Centro de Investigación y Mejoramiento Animal
(CIMA), del Ministerio de Agricultura.
Apedreable larguirucho: Esto es sólo el inicio de otra revolución
científico-técnica por el progreso humano, el bienestar
de todos sin diferencias, y otros propósitos ecológico-sociales
que harán de Cuba una potencia singular en el declive raudo
de un mundo sin cultura.
Aunque algo berreados por sus ofensivas insinuaciones, todavía
verdes de la rabia por su arrogancia y menosprecio hacia los más
pequeños, debemos agradecerle por esta vez que con su historia
nos haya abierto el camino hacia el sostenido progreso, a partir
de la miniaturización de nuestros grandes males económicos,
políticos y sociales.
Deténgase a pensar por un instante que nuestros científicos,
luego de reducir las vacas a la mínima expresión,
la emprendan con el resto de los animales, o al menos los más
necesarios para la preservación del cuerpo y el espíritu.
¿Se imagina lo útil de un carnero del tamaño
de un gato, de un pavo como un chupa-chupa, y así hasta el
infinito de un canario del tamaño de una moneda; es decir,
de bolsillo?
¿Podría calcular lo impactante de un jardín
de árboles frutales en miniatura creciendo en la bañera
de algunas casas, con su ajiaco de olores a mamey, mangos, marañones,
papayas, guayabas, por encima del tufo del baño colectivo,
el sedante escozor del de las aguas albañales y otros olores
que recorren la ciudad como una bofetada en contra del derecho al
buen olfato?
¡Sería el paraíso, interminable señor!
¡La ruina de los vendedores ambulantes, los intermediarios
y las tarimas de venta de frutas y animales vivos montadas por el
estado y los particulares!
Llegados a este estadio superior de la raza humana, sólo
bastaría con decirle a la mujer, a la suegra o cualquier
niño de la casa: "despluma 200 pavos de los que están
en la palangana encima del escaparate, que hoy tengo seis invitados
al dominó; háganme el favor de matarme diez carneros
el domingo en la tarde, pues viene mi hermana con su esposo a comer,
o corre, niño, hasta la bañadera, y tráeme
500 mangos, 700 guayabas y 100 papayitas, que quiero hacer un cóctel
cuando regrese de llevar la vaquita a pasear", respectivamente,
en un ejercicio lúcido del poder del hombre cuando pone la
ciencia a su favor.
Así que no se asombre, deslenguado gigante, si un día
decidimos convertirlo en hormiga y de un solo zapatazo hacerlo desaparecer.
Con desprecio entrañable y alta dosis de mala voluntad,
se despide de usted, hasta el próximo invento: Nefasto del
CIMA Boza
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