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América Latina camino del
experimento fatal
Reinaldo Cosano Alén, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Los nubarrones populistas
que hoy se levantan sobre Latinoamérica me hicieron volver
a la lectura del artículo Un experimento que sería
fatal, de William Henry Chamberlin, aparecido en Selecciones del
Reader ´s Digest en octubre de 1948, sorprendente por la actualidad
de los criterios expuestos, aunque en época y contexto histórico
tan diferentes.
Apenas apagado el terrible rugir de los cañones, y con la
aparición del nuevo mapa geopolítico, cuando se creía
que estaba llano el camino de la paz y el progreso para Europa,
Chamberlin advierte el peligro que representaba la Unión
Soviética en su intento por dominar otros países,
más los ya conquistados por sus tropas, y que el Tratado
de Yalta certificó como suyos.
"La experiencia ha demostrado -sin una sola excepción,
ahora que Checoslovaquia ha quedado transformada en típico
estado policiaco comunista de Europa oriental- que las libertades
civiles y políticas salen por la ventana tan pronto como
el comunismo entra por la puerta del poder, señalaba Chamberlin.
Rusia, país que fue el más extenso del planeta, y
con mayores recursos naturales, no pudo consolidar la libertad de
sus ciudadanos y la democracia en 1917.
Lenin y sus seguidores toman el poder mediante acciones de fuerza,
movilizaciones obreras y encendidos discursos populistas en virtual
golpe de estado a Kerenski, presidente de la república en
ciernes tras la caída del zarismo.
Expone Chamberlin esta idea interesante: "La gran válvula
de seguridad de la democracia es la posibilidad que tienen los votantes
de derribar un gobierno que la mayoría ya no quiere, sin
recurrir a conspiraciones y violencias. Si al cabo de unos años
los votantes cambian de opinión pueden también cambiar
de gobierno, sin necesidad de complots ni expurgaciones por el mero
y prosaico veredicto de las urnas electorales".
En ese pensamiento se refleja perfectamente por qué los
dictadores temen tanto a las elecciones libres, plurales y fiscalizadas.
Pueden perder el poder o puede ponerse en evidencia su forma unipersonal
de gobierno.
Otra idea capital del articulista es la siguiente: "Esta oscilación
normal del péndulo político se altera cuando un partido
totalitario cuenta con bastante apoyo de las masas para convertirse
en contendiente serio de la elección".
Debemos detenernos aquí y traer el concepto a nuestro entorno
latinoamericano. En los últimos años se ha desatado
en América Latina una fuerte corriente política de
centro e izquierda que, en realidad, lleva una fuerte carga de amorfo
populismo muy astutamente manejado por algunos líderes, quienes,
amparados en la supuesta defensa de los intereses de las mayorías
y de la nación, van acumulando un enorme poder personal,
y cercando las libertades privadas y públicas de cuantos
se opongan a ese poder omnímodo.
Hay muchos ejemplos que recoge la historia, y otros actuales que
no requieren hurgar en el pasado.
Cuba, que mantiene el mismo régimen dominante desde hace
cuarenta y siete años, y aunque no llegó al poder
por elecciones sino por la lucha de guerrillas, que puso de moda
en Latinoamérica (infructuosamente) para alcanzar el poder,
es, por supuesto, ejemplo cimero de lo que pasa cuando un partido
político o un líder cuentan con bastante apoyo de
las masas para convertirse en contendiente serio.
Venezuela y Bolivia parecen ir a paso forzado en el camino de la
concentración de poder unipersonal mediante voces y acciones
populistas, cuyos fastuosos oropeles están a la vista, recordando
el viejo refrán: "De buenas intenciones está
empedrado el camino del infierno".
Por eso vienen al caso estas palabras de Chamberlin: "Dentro
del sistema democrático un partido comunista o fascista puede
perder veinte elecciones y continuar funcionando libremente. Pero
bastará que tal partido gane una sola elección, o
logre apoderarse sin ninguna elección de la autoridad estatal,
para que el péndulo se detenga inmediatamente, como si alguien
hubiese hecho pedazos el reloj. Porque ya no habrá más
elecciones libres. El pueblo no tendrá ocasión de
considerar otra vez pacífica y legalmente su veredicto".
Remarcando la idea visionaria, el articulista expone: "Deben
tenerlo muy presente aquellos liberales bien intencionados que piensan
que si el pueblo quiere comunismo debe ensayar el nuevo sistema
y rechazarlo o modificarlos si sale defraudado el ensayo".
Cabe entonces preguntar, al margen del discurso populista: ¿Quiere
Venezuela comunismo? ¿Lo quiere Bolivia? ¿O Perú?
¿Lo quiere Nicaragua, que ya tuvo esa dura experiencia? ¿Lo
quiere Costa Rica, sabiamente aferrada a sus instituciones democráticas
y a la paz ciudadana? ¿Querrán nacionalismo, socialismo,
comunismo, izquierdismo, los brasileños, los argentinos y
paraguayos, los uruguayos? ¿Y los chilenos y ecuatorianos?
¿Y los mexicanos? ¿Los restantes pueblos del continente
saben también del callejón sin salida al final de
la utopía?
¿Habrá una segunda oportunidad en la avalancha populista
latinoamericana? Porque "un pueblo que se apresura a votar
por el comunismo no tiene oportunidad de corregir más tarde
su error. Una vez afianzado, únicamente puede ser desalojado
por la guerra -civil o internacional", escribe Chamberlin.
El autor del artículo, tan convencido estuvo que donde el
comunismo agarraba no había manera de echarlo, si no por
la fuerza, que su visión no alcanzó a prever el desmoronamiento
incruento del gigante soviético con pies de barro y sus países
dominados. Fueron setenta y cinco años de poder. Sencillamente,
es mejor evitar que lamentar después. Es la lección
de la historia. Latinoamericana debe estar en guardia.
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