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Nesfato Boza: entre Welcome
y Abur (II y final)
Víctor Manuel Domínguez, Lux Info Press
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubanet.org) - Todo lo antes expuesto
demuestra que los cubanos no necesitan emigrar, y si deciden hacerlo
en el interior del país, tienen garantizado el desplazamiento,
seguro el buen trato, y bajo el puño protector de la justicia
sus derechos.
¿En qué país un ciudadano libre como el viento
tiene el derecho a ser multado por recibir parientes en su casa,
dormir en la de su esposa con residencia en otro municipio que comienza
en la acera de enfrente, y la obligación se sacar un permiso
para ir de "tránsito" nunca más de tres
meses a otra localidad donde no se le ha perdido nada?
En ninguno, por supuesto. Ya que sólo en Cuba se vela porque
cada ciudadano tenga su espacio reservado, una privacidad inviolable
ni siquiera por la visita inoportuna y fuera de la ley de un hijo
bastardo que quiere pernoctar donde no debe ni tiene derecho, ya
que la dirección que aparece en su carné de identidad
pertenece a otra zona.
Es justo que cada cual vaya a joder a su casa, y si por casualidad
necesita visitar la de un padre, un hermano o una novia, sea sólo
el tiempo necesario para tomar un café y salir pitando.
¡Jamás quedarse a dormir en otra residencia que no
sea la suya, en otro barrio, en otra ciudad, y mucho menos en otra
provincia!
¿Qué sería de Cuba, de los celadores de las
direcciones municipales de la vivienda, de los responsables de vigilancia
del Comité si cualquier pudiera pernoctar donde le diera
la gana, sin control y respeto a la galera-perdón, a la zona
de residencia de los demás?
¿Cómo saber cuántos habitantes tiene Mayarí
dispuestos a empuñar las armas contra el enemigo imperial
si el 75 por ciento de sus habitantes está durmiendo en los
portales de La Habana, sentados en un bicitaxi hasta el amanecer,
o haciendo corro ante cualquier muerto en una funeraria hasta que
asome la claridad del día?
En caso de un desastre natural como un derrumbe, la falta de un
empleo, un matrimonio interprovincial, o la búsqueda de un
espacio más cercano al mar, al frente de batalla contra el
enemigo, tal vez se le conceda una licencia para residir en La Habana,
si quedan en la vivienda donde piensa recalar 10 metros cuadrados
para cada inmigrante.
Eso sí, a diferencia de los africanos que emigran hacia
Islas Canarias, no serán discriminados al negárseles
las plazas hoteleras existentes en la capital, pues por ley ellos
saben que esas cosas no están hechas para cubanos.
Tampoco serán acogidos en centros de internamiento para
refugiados, ni en garajes, ni plazas, ni nada que les cause la vergüenza
íntima y revolucionaria de permanecer fuera de la ley en
la capital de su propio país.
¡Serán reprovinciados en trenes hacia sus lugares
de origen! No por mala voluntad, desprecios, regionalismos y otros
males, sino porque no caben, se toman toda el agua de los capitalinos,
abarrotan las calles, se comen las eses, aumentan las montañas
de desperdicios, y sobre todo, no tienen el permiso para residir
en la capital.
Hay que ver cuán indecoroso resulta ver a decenas de personas
deambulando de un lado para otro, sin ton ni son bajo la lluvia,
el sol y el sereno de la noche, por el simple capricho de residir
en otra ciudad, cuando en la suya, a la que pertenece por nacimiento
o está obligado a sufrir por el carné de identidad,
tiene un espacio reservado aunque sea bajo una mata de mango.
Eso es anarquía, descontrol en el entre y sale de región
en región, como si en el medio ambiente la temperatura social
y las viviendas el horno estuviera para pastelitos.
Muchos irresponsables pensaron que con la estampida de cientos
de miles de cubanos hacia el extranjero a través de Camarioca
en los años 60, el Mariel en los 80, y todas las costas cubanas
en los 90, quedarían espacios disponibles para residir donde
les diera la gana.
Pero se cogieron el sueño con la puerta, pues nadie sabe
de qué callada manera de donde salen dos aparecen cinco.
Y eso que se les confisca la casa con todo lo que tiene dentro para
no dejar ni el recuerdo.
La cuestión es que también se necesitan oficinas
de control y ayuda al ciudadano de a pie, y cuando ya tengamos una
por cada seis habitantes del país, de seguro mejorará
el problema habitacional, la situación del empleo, la repartición
equitativa entre todas las provincias, y por supuesto, la ley para
que permanezcan atados a sus lugares de origen.
Es triste, y a la vez reconfortante, saber que a unos cubanos no
se les dice Welcome, y a otros Abur como a los africanos. A todos,
sin distinción de sexo, religión y raza, se les envía
en el tren para sus pueblos nativos, excepto si es un cuadro del
Partido o del Comité de Defensa, que por su ideología
puede arengar a las masas en la capital por el bien del país.
También pueden permanecer si vienen como policías,
integrantes de un contingente que recoja escombros o construya un
hotel para extranjeros, de una brigada de electricistas que levante
los cables caídos al paso de un ciclón, cuando están
enfermos, asisten a un congreso, o son necesarios en alguna institución
por su cerebro, que no es robado a la provincia, sino promovido
a la capital.
Y con todo y eso, tienen que volver en el tren si no cumplen con
las normas de convivencia social capitalinas.
Eso es justicia, equilibrio social, respeto al derecho a que cada
cual viva donde nació, se le asigne o imponga por el bien
de la patria.
Y como dijera el periodista de "Para unos ¡Welcome!,
para otros ¡Abur!", yo también ignoro si a los
cientos de miles de turistas procedentes de donde hace meses aparecieron
focos de gripe aviar y otros focos letales se les monta en un tren
y se les envía a su lugar de origen.
Convencido de que cada cubano se quedará quieto en base
en su lugar de origen por respeto a la ley a sus raíces,
se despide de ustedes, hasta el próximo éxodo, Nefasto
"El ignorante Boza".
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