Sitio oficial del Grupo Internacional para la Responsabilidad Social Corporativa en Cuba

Agosto 14, 2006

Inseguridad para los cuentapropistas

Aimée Cabrera

LA HABANA, Cuba – Agosto - (www.cubanet.org) - Cada día se convierte en un laberinto para los trabajadores particulares. Tienen que pagar altos impuestos al estado y sortear a los inspectores y policías que decomisan mercancías, imponen multas, y en el peor de los casos llegan a un arreglo con los vendedores, que no tienen apoyo de ningún tipo.

Esta situación la padecen los vendedores de flores, carniceros de agromercados, comerciantes de frutas y hortalizas, y los pocos que mantienen cafeterías y pequeños restaurantes.

Todos son jóvenes. Ninguno quiso dar su nombre por temor a represalias. A la pregunta de por qué no buscan un puesto de trabajo en alguna instancia gubernamental, donde pueden afiliarse a un sindicado, responden que la mayoría ha realizado estudios medio-superiores y universitarios, que pueden optar por una plaza acorde a lo que estudiaron, pero se quejan de las malas condiciones en los centros laborales y de los salarios muy bajos. Tampoco les interesa estar afiliados a los sindicatos, ya que éstos no defienden al trabajador y sólo tratan de estar en buenas con la administración

Un cuentapropista de agradable aspecto y fácil conversación, universitario, expresa que la enfermedad de su padre por más de una década lo llevó a la determinación de trabajar bajo estas condiciones de inestabilidad e ilegalidad, porque los vendedores de flores no tienen el reconocimiento estatal desde el mes de noviembre de 2005, y por esa razón muchos han decidido dejar de vender, y otros se arriesgan, como él, a seguir en el negocio, sin saber lo que puede suceder mañana.

Asegura que son tantos los inspectores que transitan a diario por el sitio donde vende las flores, que pasa toda la jornada atento a quién será el próximo y qué irá a hacer en contra de su tranquilidad. Al inspector que le quiere poner una multa porque hay una hoja o un pétalo en el suelo, no le interesa si la calle está llena de papeles porque el barrendero hace dos días que no pasa.

Otro momento de tensión es cuando finaliza la jornada laboral y teme le decomisen el dinero de las ventas del día. Una de las floristas que más vendía permanece con unas cuantas flores en la puerta del edificio donde reside. Los cubos con flores están más o menos vacíos para que no pesen tanto si hay que quitarlos de pronto.

El otro entrevistado labora en una tarima de cárnicos, en la cual se oferta carne de cerdo. Hasta hace poco trabajó para el gobierno y reconoce que tenía estímulos salariales, aunque las condiciones laborales eran muy malas, y enfermó y fue dado de baja. Hace dos años está en esta actividad y opina que cada vez el negocio está peor. Por una parte, compra la carne casi al precio que debe venderla, y por esta razón las ganancias son pocas. Pone como ejemplo que el lomo o la pierna, de 21 pesos la libra tiene que venderlo a 25; al igual que la costilla, que compra a 18 y la vende a 25. Esto lo ayuda al menos a recuperar la inversión.

Los que fueron hace una década privilegiados por lo que recaudaban en sus cafeterías y paladares siguen ofreciendo un servicio de primera, porque ellos se diferencian de los establecimientos estatales por la amabilidad, higiene, variedad en la calidad y cantidad de sus ofertas. Siempre tienen cambio a la hora del pago. Venden un poco más caro, pero satisfacen el gusto de los consumidores.

Una cafetería rústica no es más que una ventana de una casa humilde que da a la acera de una calle de cualquier municipio habanero. A un lado tiene tablillas que anuncian las ofertas con sus precios, un pequeño cesto afuera para echar papeles u otros desperdicios. Los vasos brillan y serán llenados con jugos y batidos de frutas bien fríos. Algunas personas esperan por otros alimentos a partir del momento en que los piden. Para estos pequeños empresarios no es fácil pagar impuestos y vérselas con los inspectores, quienes les imponen multas por cualquier menudencia.

Famosas paladares, pizzerías y cafeterías que surgieron durante el “período especial”, tuvieron que cerrar por esos motivos. Las que aún quedan se mantienen a base del sacrificio de sus dueños. Ellos no se libran del pago de altos impuestos y de las impertinencias de los inspectores que no se contentan con merendar y almorzar gratis, solos o acompañados.

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