Septiembre 20, 2006
Luz Modroño
Una de las características que mejor definen y llaman la atención de las sociedades cautivas es la casi imposibilidad de contrastar realidades divergentes. En este tipo de sociedades donde los medios de comunicación son los primeros en ser perseguidos y su pluralidad anulada pues se impone la prevalencia de un único, exclusivo y excluyente pensamiento que es el detentado por el poder omnímodo, la realidad deja de ser pluridimensional para imponerse, mediante el manejo de cualquier medio o instrumento coercitivo cuyo objetivo no es otro sino satanizar la diversidad y garantizar la perpetuación de una política que no corresponde ni pertenece a los ciudadanos, la única que justifica y sirve al poder entronizado.
Abolidos los hechos triunfa la opinión más pertinaz por grotesca que ésta sea. Discursos maniqueístas, faltos de cualquier rigor intelectual, siempre remitidos y basados en la defensa a ultranza del único poder al que sirve. Esta ha sido la tónica del discurso fabricado por todas y cada una de las sociedades totalitarias que en la historia se han venido dando. Y que hoy, ya en el XXI sigue imperando en Cuba, única sociedad del mundo occidental que sigue manteniendo una dictadura que está a punto de cumplir sus bodas de oro.
Basta crearse un enemigo, externo o interno, y sin ningún grado de mesura ni madurez política, sin asomo alguno de sentido ético, atacar todo “desviocinismo” que pueda alterar “la victoria”, refiriendo cualquier argumento al único posible que justifique el sostenimiento de la represión y la opresión del pueblo. Tal como afirmaba Syvain Cypel, se trata de crear un círculo vicioso consistente en quedar atrapados entre los muros de las certezas: “Es él, el otro, quien nos mete en una situación en que hacemos uso de la fuerza. Perdón: en que no tenemos más remedio que hacer uso de la fuerza. Al fin y al cabo, él es quien ha empezado. Nosotros nos limitamos a responder” Porque en toda sociedad cautiva, dictatorial, hay necesariamente que hablar de vencedores y vencidos en un mundo que grita muy gráficamente “victoria o muerte”, “patria o muerte”. Gritos que a cualquier español hoy le rechina en el recuerdo de una España rota antaño y hoy próspera, libre y democrática.
Así, cualquier organización que la sociedad civil intente llevar a cabo, cualquier participación social que se aparte de la controlada directamente desde el poder o que no sirva a sus directos intereses, será perseguida, anatematizada, considerados obstáculos que hay que vencer recurriendo a todo tipo de acto, desde el desprestigio personal a la persecución o al encarcelamiento. Frente a ello las palabras de Quevedo : “No he de callar por más que con el dedo, ya tocando la boca o ya la frente, silencio avises o amenaces miedo “ siguen con la misma vigencia e idéntico valor que cuando fueron pronunciadas, allá por el siglo XVII como una clara demostración de la escasa evolución del poder absoluto en las sociedades cautivas.
En estas sociedades cautivas en las que sus ciudadanos más valientes, dignos y valiosos son vilmente perseguidos, ignorando la larga lucha del ser humano en el reconocimiento de unos derechos comunes y unos valores universales iguales para todos. Las pequeñas conquistas de la razón son barridas por la sinrazón de los excluyentes, de los intolerantes, de los que hacen suyo en exclusividad el bien de todos, el bien común.
Mientras en La Habana estaba teniendo lugar la Cumbre de Países no Alineados y las palabras de Koffi Annan pidiendo parar la persecución de la oposición resonaban entre sus muros, nuevos actos de repudio, nuevas detenciones ocupaban el espacio de las calles habaneras. Frente a países que abogaron por el diálogo, la no confrontación y la necesidad de buscar espacios comunes de entendimiento y cooperación que ayuden a resolver los graves conflictos que hoy separan al Norte del Sur, otros encabezados por la representación cubana y Hugo Chávez seguían empeñados en el enfrentamiento. Y mientras, a la sociedad civil cubana se le impedía participar, reunirse, expresarse. Impidiendo una vez más que el diálogo, el reconocimiento y respeto hacia los derechos elementales de todo hombre, la moderación y la razón se convirtieran en los auténticos líderes.
El 25 de este mes se celebrará en La Habana el XIX Congreso de la Central de Trabajadores Cubanos. Y la ocasión es propicia para seguir reflexionando en torno al sentido de un sindicalismo que es la antítesis misma del sindicalismo y que, por definición, su razón de ser se centra en la defensa de los intereses de los trabajadores y el derecho de éstos a afiliarse a aquella organización que sea considerada la mejor defensora de dichos intereses. Y que niega, nuevamente, un principio más de la dignidad y la libertad humanas: el de la libertad para elegir. En este caso, la libertad sindical.
Un único partido, un único gobernante, un único empleador, un único sindicato. La unicidad y la exclusión cogidas de la mano para el único fin para el que son creadas: el sostenimiento de un único poder.
Sindicalismo donde la pluralidad es un ilusionismo y la negociación colectiva o el derecho a huelga una prohibición. No resulta extraño que Cuba niegue la entrada, reiteradamente demandada, a representantes de la OIT que pudieran contrastar las reiteradas violaciones a principios básicos como son los Convenios 87 y 98 –referidos a la libertad de asociación y organización y a la negociación colectiva, pilares de la defensa de los trabajadores por sus derechos laborales- denunciados igualmente por organismos de tan sobrada solvencia, honorabilidad y neutralidad como la CIOSL ¿Por qué una negativa a tal inspección que desenmascararía las acusaciones de las que reiteradamente son objeto? ¿A qué teme tanto el gobierno cubano: a su propio desenmascaramiento, a la presencia de testigos neutrales que evidencien con su testimonio las condiciones en las que viven los trabajadores cubanos?
A falta de toda justificación que, en última instancia, no es sino un intento desesperado de seguir ocultando la realidad en la que los miles de trabajadores cubanos viven, las razones que el gobierno esgrime para dicha prohibición son cuando menos ofensivas y atentatorias a la digna labor efectuada por estas organizaciones a lo largo de su ya dilatada existencia.
¿Es la Cuba de hoy mejor que la de hace cuarenta y siete años? Si así fuera, hace tiempo que el gobierno cubano habría dejado de buscar responsables para justificar la mala marcha de su programa político, económico o social. A pesar de la inundación de avenidas, calles o estaciones de eslóganes machacones del tipo “Cuba va bien” “Hasta la victoria” y otros de similares contenidos, Castro sabe bien que otra política habría sido posible, que un camino hacia la apertura, la democracia, el respeto a los derechos humanos, el reconocimiento de la pluralidad hubiera facilitado la transición hacia un Estado de Derecho avalado por el propio pueblo. Una política que hubiera mejorado las condiciones de vida del conjunto de la ciudadanía, que le hubiera sacado de su aislamiento internacional. Pero, en contra de ello, la política de hostigamiento y anulación de la diversidad ha sido la piedra angular de su sistema y cegado por su convicción de que lo hecho está siempre bien hecho y que el mal resultado de lo bien hecho sólo puede atribuirse a maquinaciones del adversario, Castro castiga.
Y a su servicio los únicos medios de comunicación legalizados, que no legítimos, deciden sustituir la realidad por un simulacro de amenazas y conspiraciones, negando la evidencia. Así, insultan, descalifican a ciudadanos cuyo mayor delito es el de oponerse a lo férreamente establecido, a miembros de la sociedad civil, a sindicalistas. Manteniendo la justificación de infames condenas a largos años de prisión a inocentes cuyo máximo y único delito es el de oponerse y levantar la voz. Protegidos por la pantalla de la impunidad y la elemental negación del derecho a réplica, los servidores del régimen, celosos guardianes de un orden injusto, difaman desde los únicos medios de comunicación legalizados, todos bajo control partidista, u organizan impúdicos actos de repudio. Así ha ocurrido y sigue ocurriendo, ya sea contra representantes de gobiernos democráticamente elegidos y países libres como los efectuados contra el Secretario de Estado de Asuntos Exteriores español tras la reunión mantenida con miembros de la disidencia o contra sus propios ciudadanos como los sindicalistas Carmelo Díaz Fernández, y que actualmente “gracias a la práctica humanista de esta revolución goza del privilegio de la libertad” (sic), el director del único centro de capacitación sindical de la isla y periodista independiente, Víctor Manuel Domínguez o de Pedro Pablo Álvarez que elaboró los estatutos de su sindicato independiente y libre sobre la base de los estatutos de sindicatos españoles como la Unión General de Trabajadores y Comisiones Obreras, condenado a 26 años de privación del “privilegio de la libertad” con el que la gloriosa revolución no ha tenido a bien ser clemente. Porque en la actual Cuba, ser libre es un privilegio.
Cuba tendría una vez más en sus manos la posibilidad de enmendar un rumbo ya caduco y tremendamente injusto si las telarañas de la moral dejaran de empañar sus ojos.