Sitio oficial del Grupo Internacional para la Responsabilidad Social Corporativa en Cuba

Octubre 3, 2006

En el filo de la navaja

Luz Modroño

Todavía me ronda entre los pliegues de recuerdos que resisten el transcurso del tiempo la mirada huidiza, temerosa de los pseudo-ciudadanos cubanos al referirse a su sempiterno gobernante. Gestos de miedo esquivo ante el nombre de un ídolo de barro, cruel, todopoderoso que exige vasallaje, pleitesía y rendimiento. País invariable y sumiso, cautivo y cansado, en el que la huida para una buena parte de sus habitantes se ha convertido en una meta dura de conseguir mas soñada, anhelada y perseguida.

Nombre que no puede ser pronunciado y es sustituido por un lenguaje universal de signos por todos conocidos y asumido sin previo consenso. Desde la imitación de la barba a las estrellas de comandante a la altura del pecho, el gesto va invariablemente unido a un susurro sobre lo que se va a decir, tenga el cariz que sea. No importa, el riesgo siempre está ahí, amenazante, impúdico. Desengañado por la falta de horizonte y perspectivas ilusionantes para sobrellevar la vida como si esta fuera una aventura permanente y un logro renovado, todo pueblo cautivo se enfrenta a cada nuevo amanecer con una indiferencia dolorosa, como si de una condena tenaz se tratara, de la que no es posible escapar, tan sólo defenderse mediante el silencio, la desconfianza o el anonimato.

No hay señal más inequívoca del aprecio de un pueblo ignorante de su futuro hacia el que rige y decide los destinos del país en el que han nacido y en el que no tienen derecho a participar, a opinar, a disentir. Sólo los que han superado el miedo a fuerza de amenazas, repudios, golpes, ataques o insultos por anteponer su dignidad de seres humanos libres a la sumisión y el silencio osan pronunciar el nombre en alta voz. Acostumbrados a ser vilipendiados, a ser tratados como gusanos por ser diversos, a saberse ajenos y excluidos, se han convertido en hombres y mujeres valientes, capaces de poner nombre y cara a la oposición, capaces de gritar dentro y fuera de las fronteras que les atenazan su derecho y su necesidad de ser libres, que sólo la asunción de la diversidad enriquece y dignifica. A ellos, hoy convertidos en el ojo de un huracán cuyo salvaje viento puede arrastrarles a la pérdida de su propia libertad individual, un día la historia dignificará.

El miedo en las miradas que rehuyen el contacto directo, la referencia clara a un hombre que ha aniquilado expectativas y aspiraciones es el símbolo más preciso de lo que un dictador, cualquier dictador, puede lograr de un pueblo, desde Cuba a Indonesia o a China pasando por Irán, Guatemala, Rumania o Egipto -¿para qué seguir?- todos ellos pueblos perseguidos, torturados, anulados, víctimas y reos de la intolerancia política, religiosa o ideológica.

Cuando los recuerdos vayan diluyéndose en la lejanía del tiempo aún persistirá en mi interior ese sabor amargo, esa imagen precisa e imborrable de unos ojos heridos en el alma, miradas huidizas de un pueblo condenado a ser sospechoso y obediente, con la obediencia del amaestramiento. Un pueblo siempre en el filo de la navaja que sabe que, por no ser dado de alta en el reconocimiento de su mayoría de edad, puede ser castigado culpado de un delito tan grave como el de opinar o escribir de forma “non grata” al poder; si estos actos, aparentemente tan inocentes, no se enmarcan fidedignamente a los dictados impuestos. No hay matices para el que todo presiente como amenaza al sostenimiento de su unívoco poder, sólo castigo. No hay clemencia para el disidente en un mundo asimétrico, de una asimetría esencial, donde un ser humano tiene todo el poder y el otro no tiene otro mundo sino el de la exclusión o el de la marginación. Donde un solo hombre puede condenar con el chasquido de sus dedos y el otro rezar porque no le pille en medio.

La conquista de la libertad es una historia larga, un valor impuesto por la Revolución Francesa, que nuestra especie ha estado sufriendo a lo largo de su evolución, para cuyo reconocimiento se dictaron tratados y declaraciones como la de los principios inalienables y fundamentales de todo ser humano, pero cuya violación aún es sufrida por una buena parte de la misma mientras los que detentan en sus manos la obligación de su cumplimiento osan usar la burla y el menosprecio mediante la persecución de los que pretenden ejercerla. Y no estamos hablando de esa libertad que supone campo libre para la explotación del hombre, que implica el no poner cortapisas a la degradación del medio ambiente, permite esquilmar a los más desprotegidos sean grupos humanos o sociedades en vías de desarrollo o lanzar cruentas guerras contra poblaciones indefensas. Estamos hablando de la libertad humana como valor inalienable de todo ser humano que acoge, protege y cobija la diversidad, la pluralidad, basada en el máximo respeto y tolerancia para los que opinan, sienten, quieren o creen diferente y que se ha convertido en la enseña de las culturas democráticas y liberales.

Y los ciudadanos de esta parte del orbe que hemos tenido la dicha azarosa de nacer en sociedades donde poco a poco la libertad ha ido entronizándose; en las que, hasta ahora, no hemos sentido miedo ni amenaza por ejercer este valor supremo que nos hace dignos, estamos moralmente obligados a preservarla y defender con corazón y con cabeza a los que carecen de ella. Codo a codo, levantando una sólida muralla contra la intolerancia, la exclusión, la persecución de hombres y mujeres en cualquier rincón del planeta en el que se produzca. Porque cuando un ser humano indefenso es perseguido por sus ideas, sus creencias, sus opiniones, su color o su sexo, no es sólo la víctima y el victimario los que se corrompen, es la sociedad entera la perseguida, la corrompida. Mirar hacia otro lado, ser indiferente al dolor ajeno, sólo puede hacer realidad que un día sea tarde también para cualquiera de nosotros.

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