Diciembre 22, 2006
Luz Modroño
Conocí a Reinaldo Cosano en el verano del 2005. Cosano es un hombre tranquilo, noble, apacible y sereno. Las pequeñas arrugas que surcan su frente no le han, sin embargo, arrebatado la noble pasión por la libertad y la justicia.
Sus vecinos siguen llamándole “profesor” y no hay paseo a su lado que no se vea interrumpido por los que se paran a saludarle, darle una palmada de reconocimiento en el hombro o recibir una cálida sonrisa. Pequeño homenaje que los vecinos de Guanabo, lugar donde vive, le ofrecen día a día. Es el reconocimiento de unos vecinos que no han olvidado la labor realizada por este maestro, víctima de constantes amenazas, detenciones arbitrarias, requisamiento de libros..., durante los años en los que se le permitió ejercer su noble labor. Y a su valentía para seguir plantando cara a un régimen que obliga a callar recurriendo a actos tan innobles como la amenaza, el desprestigio, el castigo o la cárcel.
Inevitablemente, la historia de Reinaldo Cosano me evocó una bella obra de Manuel Rivas, “La lengua de las mariposas”, historia de un maestro español durante la República, depurado y condenado por ser maestro tras el advenimiento de la dictadura franquista. No hay dictadura que admita el pensamiento libre o crítico, que no asfixie intelectual o espiritualmente a su pueblo. Y que tema a la conciencia libre como una de sus mayores amenazas. La historia narrada por Rivas y la persecución y sistemático acoso de los disidentes cubanos evidencia, además de este hecho, la ausencia de color político de cualquier dictadura, todas revestidas de negro y portando en sus entrañas el dominio único, indecente e indigno del odio contra los que se le oponen.
Cosano era profesor, maestro. Yo prefiero la segunda palabra, llena de nobleza en el sentido más noble de la palabra. Hace doce años fue expulsado de su labor docente, a la que llevaba años entregando su vida, por ser disidente. Por objetar de un sistema oprobioso que confunde la enseñanza y el aprendizaje con el adoctrinamiento y la obediencia. La acusación que sirvió para su despido fue la de no ser “políticamente idóneo”. Acusación que testimonia una vez más el despotismo de un totalitarismo que negando toda libertad, niega también la de cátedra. El espíritu crítico es un grave delito en Cuba donde el espíritu de la razón y el diálogo que debe presidir todo acto docente se trocó por el de la fe única y excluyente.
Y sin sindicato alguno capaz de defenderle pues el único existente, la CTC, respaldará tal medida ignorando su primordial cometido, esto es la defensa de los trabajadores, Reinaldo Cosano fue obligado a abandonar las aulas. Pero, indómito, siguió compaginando lo que siempre había hecho, transmitir conocimientos a niños y adolescentes, con la defensa de los trabajadores cubanos. Creó varias bibliotecas independientes en su tierra natal desde las que siguió fomentando la lectura, prestando libros a sus convecinos e incentivando el debate. Actividades todas ellas consideradas contrarrevolucionarias por los poderes oficiales. A la vez, Reinaldo Cosano seguía escribiendo e intentando publicar en los únicos medios de que disponen los disidentes para expresarse ya que la única prensa legal pertenece también al poder y a su servicio está. Más actividades peligrosas.
Hoy está ya en la edad de jubilación, sobreviviendo a duras penas porque la pensión que le corresponde le fue negada por el mero hecho de ser disidente. Sin embargo, el estar jubilado no ha bastado para ser una vez más condenado. En esta ocasión, y bajo la amenaza de ser conducido a prisión, ha sido obligado a desempeñar durante seis meses un nuevo trabajo, que se añadirá sin duda a su currículo vitae: el de vigilar como portero la entrada de un centro recreativo en Guanabo, localidad próxima a La Habana. Los inexistentes derechos laborales de los trabajadores cubanos se suman a la consideración del trabajo mismo como un castigo, una medida más de presión y represión contra la disidencia.
Cuba es el país del esperpento, donde la injusticia, el oprobio, la humillación, se dan la mano con la intolerancia, la exclusión de la diversidad y la negación de la divergencia.. Y donde se inventan las más sutiles de las condenas. Como la sufrida por este veterano profesor. En cualquier otro lugar donde la democracia y los sindicatos sean una realidad hechos semejantes llenarían páginas de los periódicos, debates televisivos y emisiones radiofónicas. Reinaldo Cosano habría podido denunciar tal arbitrariedad, defenderse y hacer valer sus derechos. Pero en Cuba, no. Los trabajadores carecen de los más elementales derechos así como de cualquier defensa frente a las arbitrariedades o las injusticias del poder. La ley, en Cuba, es un remedo burlesco de sí misma.
Y mientras la corrupción ya no puede seguir callándose y salpica los medios de información internacionales, mientras se elaboran reglamentaciones y se dictan regulaciones contra los trabajadores sin que medie negociación ni arbitraje alguno, mientras se sigue manteniendo una doble moneda que no es sino el reflejo de la doble ley y la doble moral imperante, mientras se sigue denominando con estereotípicos adjetivos a los disidentes... el gobierno sigue castigando y tratando de acallar a una oposición con la que no ha podido terminar en cuarenta y siete años de dictadura y encarcelamientos. Y prohíbe la entrada a funcionarios de la OIT, a organismos internacionales como Amnistía Internacional o la Cruz Roja Internacional. Y sigue organizando actos de repudio que alcanzan cotas de exacerbada violencia y expulsando del país o amenazando a ciudadanos extranjeros que intentan acercarse al conocimiento de la realidad profunda de un país agotado.
Hace unos días, el único y oficial órgano de expresión cubano publicaba un extenso y vergonzante editorial contra la disidencia. Hoy, sólo un patán ignorante o un fanático pueden negar la realidad del país y quien así lo hace carga con la ignominia de su mentira, nescencia y obcecación. La realidad sufrida por la población en general y la disidencia en particular, está ahí, entre las cárceles donde se apiñan y mueren lentamente los cientos de presos de conciencia, en las familias destruidas por las ausencias, en la calle donde se buscan la vida los ciudadanos a los que se niega su condición de ciudadanía y que sobreviven día a día buscando como hacer compatible sus pesos nacionales con el predominio de los pesos cubanos, en el ámbito físico, en las casas donde se hacinan en escasos treinta metros dos, tres familias, en las basuras que se amontonan y son reducto de insectos y alimañas, en los hospitales donde la suciedad y el abandono se conjugan con carencias elementales de medicamentos o falta de atención médica. En los centros escolares de los que se expulsa a sus profesores por no ser idóneos políticamente y donde se abre un expediente a cada alumno que determinará su propia idoneidad política y la de sus familias para abrirles el acceso a estudios superiores –“La universidad es para los revolucionarios” afirmaría en uno de sus discursos Fidel Castro- En el ámbito físico y en el de nuestras conciencias.
Editoriales como el citado son el mejor antídoto contra la defensa de un país en el que desapareció el arco iris. Granma es el reino del mito y de las falsificaciones recurrentes ligadas estrechamente a los intereses de los que detentan el poder unívoco. La fascinación romántica que en los años sesenta del pasado siglo pudo despertar la revolución cubana ha sido ampliamente sobrepasada por una realidad que ha ido imponiéndose a golpe de rejas y actos de repudio.