Enero 2, 2007
Luz Modroño
Jorge Olivera es un poeta cubano. Tiene alma de poeta, profunda, repleta de emoción y pasión, ojos de poeta, soñadores, enamorados, corazón de poeta que ama la libertad y que sabe bien el precio de luchar por ella. Indómito, noble y altivo. Jorge es uno de los 75 ciudadanos cubanos que en la noche del 18 de marzo y en la ola represiva más grande que pueblo alguno ha sufrido en los últimos tiempos vieron como sus palabras iban a ser confinadas en las cárceles cubanas y durante largos años. Jorge, por querer ser libre, por querer volar y amar fue castigado a 18 años de prisión. Hace varios meses el gobierno cubano le permitió seguir cumpliendo su condena fuera de las rejas de prisión, le concedió la licencia extrapenal y siguió persiguiéndole y amenazando fuera de ellas.
Jorge es ante todo poeta. Y también uno de los periodistas cubanos perseguidos por la intolerancia y la desfachatez. Sus artículos periodísticos laten de sensibilidad, de dolor y amor por una tierra que es su tierra, tierra mancillada por la intolerancia, quemada por el odio y la exclusión. Yo quisiera subrayar el dolor de estos hombres valientes, indómitos, rebeldes, que anteponen la libertad y la verdad a las amenazas y la prisión. Y el honor que supone estar a su lado, ser y palpitar con ellos y junto a ellos.
Las palabras se transforman para cualquier dictadura en peligrosas armas que es necesario desarticular. Jorge, con un amor profundo a la tierra en que nació y de la que forma parte no puede ser indiferente a la descomposición política, económica y social que anidan en Cuba. Y por ello, plenamente consciente de los riesgos y el castigo que el compromiso con su pueblo entraña, escribe, denuncia, critica, opina con la única arma con la que cuenta: la palabra.
Hace unos días apareció en Insurgentes.com un artículo sobre su persona. Pero no era un artículo de opinión cualquiera. Los ciudadanos de países libres y democráticos estamos acostumbrados a la polémica, al debate, contamos con medios desde los que poder contrastar opiniones, puntos de vista o análisis de la realidad en un clima de normalidad intelectual, desde el respeto y con posibilidades de defender nuestros criterios. En Cuba es bien sabido que sólo los acólitos del régimen dictatorial imperante cuentan con posibilidades de expresarse. Desde las páginas de dichos medios se insulta, se arremete, se agrede o se amenaza a los que pacíficamente intentan contribuir con sus análisis y su participación a la marcha del país. Cualquier crítica a un sistema ineficaz y descompuesto es vista como un ataque contra el propio sistema. Y los atacados carecen no sólo de cualquier posibilidad de defensa, ni siquiera con la de que sus palabras sean leídas por el resto de ciudadanos y éstos tengan posibilidad de elaborar su propio e independiente pensamiento o el mínimo “enterarse de qué va la cosa”.
La lectura de dicho panfleto en Insurgentes me produjo un estremecimiento de perplejidad e indignación. Es difícil asimilar palabras como las reflejadas en ese libelo, palabras llenas de rencor, insultos, amenazas encubiertas. Temí por Jorge. Desde mi España siempre temo por la seguridad de estos hombres y mujeres que se niegan a callar y vivir de rodillas, blanco de las iras de unos gobernantes intransigentes, demagógicos y sus sirvientes bien amaestrados, y a los que me unen fuertes lazos de amistad y admiración.
Prohibida la prensa independiente en Cuba, los ciudadanos sólo tienen posibilidad de obtener información acudiendo a la prensa extranjera y ésta sólo se encuentra y de manera arto precaria en hoteles –cuyo acceso queda restringido a los turistas- o a través de Internet, sobre cuyas limitaciones y control publicó un reciente informe Reporteros Sin Fronteras. Así pues, el lector que se encontrara con un artículo como el referido tendría probablemente escasas posibilidades de acudir a sus fuentes primeras y contrastar la veracidad de lo ahí expuesto. Porque las denuncias que desde la moralidad y la ética mantienen los periodistas independientes cubanos no son sino el reflejo de una sociedad decadente que cualquiera puede contrastar con un simple vistazo desprovisto de estereotipos y mínimamente objetivo. Pero los periodistas independientes cubanos, comprometidos con su pueblo y su labor informativa carecen de cualquier medio de comunicación nacional para exponer sus análisis, comentarios o noticias. Aunque desde luego cuenta con las mayores ventajas para ser vilmente influidos por panfletos como los escritos por Tadeo Sevilla, a cuya autoría pertenece el artículo al que venimos refiriéndonos.
Cuba es la segunda nación que mantiene mayor número de periodistas encarcelados. La situación económica, social, política y cultural ha alcanzado tan altas cotas de descomposición y deterioro que sólo un cambio profundo en los planteamientos y objetivos mantenidos por el régimen serían capaz de sacarla adelante, cambio que no obstante sólo podría llevarse a cabo mediante la participación efectiva y activa de todos los cubanos.
Pero el gobierno sigue insistiendo en bloquear tal diálogo y en negarse a reconocer –aunque Raúl Castro algo anunció en el discurso de clausura del último Congreso de la CTC a principios de este otoño- los males profundos que aquejan a Cuba. Como ocurrió en los modelos económicos “populares”, los logros iniciales de la revolución cubana pronto fueron ampliamente sobrepasados por la violación sistemática a los derechos humanos, la ineficacia económica y una dura restricción de los derechos de los trabajadores. Hoy ni la enseñanza en Cuba ni la asistencia sanitaria, preconizadas como los dos logros fundamentales de dicha revolución tienen ya nada que ver con los objetivos ni las pretensiones iniciales. Un espectacular fracaso que los periodistas independientes denuncian y dan a conocer al mundo a cambio de elevados riesgos asumidos y conocidos internacionalmente.
Y si bien es patente que los modelos neoliberales y la globalización no han hecho sino aumentar las desigualdades así como el fracaso del “nuevo orden internacional” preconizado por Bush ha sido incapaz de resolver los graves problemas pendientes como el de Palestina, Irak o la crisis de Oriente Próximo, la izquierda política no debería encerrarse en discursos maniqueos y en construcciones simbólicas estereotipadas justificando o cerrando los ojos a la realidad sufrida por países como Cuba o Venezuela. Denominar de “izquierdas” un país como Cuba no es sino cerrar los ojos al sufrimiento de todo un pueblo, a las iniquidades sistemáticamente cometidas contra él y hacerse cómplice de la injusticia imperante. Cuba no representa a la izquierda.
Hoy, en estos primeros años del siglo XXI queda mucho, demasiado, margen para la rebeldía. Desde la situación vivida por las comunidades indígenas en América Latina o su dependencia económica, pasando por el exterminio de un pueblo como el palestino, la necesidad de reclamar una redistribución más justa de la globalización o el calentamiento del planeta y la destrucción del ecosistema. Pero no será negando la perversidad de la vía del terror y el fracaso de la utopía igualitaria como la izquierda reorientará su rebeldía.