Sitio oficial del Grupo Internacional para la Responsabilidad Social Corporativa en Cuba

Abril 10, 2007

Los pasos de Moratinos

Luz Modroño

Cuando aún resuenan los pasos de Miguel Ángel Moratinos por las calles de La Habana y la oposición aún no sale del estupor producido por una visita que prometía esperanzas de solidaridad y apoyo de un gobierno solidario, profundamente sensible al necesario reconocimiento de los derechos individuales y cuya política interior se ha basado precisa y fundamentalmente en el reconocimiento de los mismos para su ciudadanía, un jarro de agua helada cayó sobre la cabeza de un pueblo que lleva casi cincuenta años sometido a las arbitrariedades y las injusticias de un gobierno totalitario que basa su poder en el acallamiento y la persecución indecente del contrario, al que no ha dejado de ver como un enemigo y al que ha dedicado los insultos más ultrajantes que la disparidad de criterio, la exposición de las ideas o la lucha por el advenimiento de la democracia para el propio país puede aglutinar.

Sin duda la visita de Moratinos era necesaria. Sin duda ni España ni Europa pueden dejar bajo el aislamiento y condenar al ostracismo al pueblo cubano. En julio del pasado año, Cuba inició sin duda la transición. Sea como se sigan desarrollando las cosas en la isla, incluso en el remoto caso de que Castro, Fidel, retornara al poder, las cosas ya no serán nunca iguales. Julio de 2006 marcó un antes y un después. Y posiblemente, y a pesar de lo que el propio Régimen intente transmitir fuera de sus fronteras, han de sobrevenir cambios y transformaciones en una sociedad ya caduca y agotada, definida por una política de exclusión, de persecución y de entronizamiento del pensamiento único. Radicalmente opuesta al acontecer histórico que ha marcado la evolución de los países occidentales.

Buena parte de la izquierda española nos congratulamos al conocer la noticia del viaje de Moratinos. Se abrieron en nosotros perspectivas alentadoras de compromiso hacia una Cuba que clama respeto y reconocimiento de los elementales derechos humanos que, como un catecismo, guía nuestro quehacer diario y que son pisoteados sistemática y brutalmente por los que un día enarbolaron la bandera del igualitarismo y la eliminación de las desigualdades sociales, económicas, políticas, culturales. Con el paso de los años, Cuba se ha transformado en una dictadura más, si cabe más cruel porque para su justificación ha ultrajado los valores identificativos de la izquierda. Porque la Cuba de Castro hoy es un país que sólo admite un epíteto: el de ser la dictadura más larga del siglo XX, traspasado las fronteras del XXI. Hoy, aquellos que brindamos por un viaje que se nos antojaba necesario, comprometido, digno, asistimos incrédulos a un giro no anticipado.

Era necesario el viaje de nuestro Ministro de Exteriores. Porque el pueblo cubano no puede sentirse abandonado, y porque tenemos la obligación de ser solidarios hacia los que día a día se exponen a ser perseguidos, encarcelados, condenados. Nos une a Cuba históricos lazos de fraternidad. Cuanto mayor sea el acercamiento español –y por ende, europeo- a ese pueblo que clama día a día espacios de libertad y democracia, más fácil será que la necesaria transición siga los cauces del entendimiento, la paz y el diálogo. Pero en el viaje de Moratinos no ha habido diálogo.

No hubo diálogo ni con unos ni con otros. Con la Cuba oficial porque no es diálogo permitir que un gobierno dictatorial imponga sus reglas de juego y determine que puede o no hablarse.. Porque el tema principal se convirtió una vez más en tabú y ello fue admitido por el mandatario español. El resto de la agenda debió supeditarse al básico, elemental, fundamental problema del reconocimiento y respeto de los derechos humanos, de las libertades y derechos individuales negados una y otra vez al pueblo cubano. En vez de ello, cuando Pérez Roque tildó a la oposición de “mercenaria y terrorista” la posición más digna del Ministro debió haber sido el lanzar un claro gesto de rechazo. Dentro de la diplomacia, sí, pero inequívoco. Sólo así, España hubiera conseguido el mayor de los objetivos que debió guiar la visita oficial. Primera desde que, en el 2003, setenta y cinco personas fueron condenadas de un plumazo y por tribunales dependientes, a seguir pasando por largos años su vida entre rejas. Con el viaje, se perdió una gran oportunidad.

Desde España abogamos por el diálogo entre las distintas fuerzas sociales y políticas cubanas. En un clima de confianza que sólo puede lograrse sabiendo que el proceso está respaldado internacionalmente por países democráticos, que Europa vigila el proceso, que alienta la apertura hacia la normalización democrática. La política de aislamiento, falta de diálogo y hostigamiento en nada favorece ni a España ni al resto de Europa ni al propio pueblo cubano. Pero dar la espalda a la oposición cubana es tanto como negar el derecho a su existencia, o el reconocimiento de su valentía o su protagonismo ya hoy históricamente innegable. Negar la oposición cubana equivale en estos momentos a negar al pueblo cubano el derecho irrefutable a tomar sus propias decisiones. Las relaciones diplomáticas no pueden supeditarse a los temas que unilateralmente una de las partes imponga.

No hubo diálogo con los representantes de la sociedad civil independiente cubana. El apoyo que hubiera supuesto dialogar directamente con ella se vio trastocado con la decisión de postergar el encuentro a la marcha del Ministro. Era necesario hilar muy fino en esta ocasión. Las tensiones con el gobierno en nada favorecen al necesario proceso de transición democrática que la sociedad cubana anhela y sí al endurecimiento de las medidas del régimen. Pero España está obligada a dar muestras inequívocas de solidaridad y apoyo a un pueblo que aspira a lograr lo que la propia España conquistó a mediados de los años 70.

Sin duda se han alcanzado algunos acuerdos que, en principio, pueden ser importantes. La creación de un “mecanismo político” de consulta de derechos humanos podría teóricamente ofrecer resultados positivos. Pero nos tememos que sea agua de borrajas que no ayude siquiera a mitigar los efectos producidos por una visita que sólo ha dado abrazos a un gobierno merecedor de la repulsa del mundo democrático.

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