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Abril 25, 2007

Éxitos de mantequilla

Jorge Olivera Castillo

Un directivo de la Central de Trabajadores de Cuba (CTC), asegura que en los últimos meses han afiliado a 14 mil. La cifra puede que haya constituido el detonante para una cerrada ovación. Tal vez alguien tomó la palabra para alabar la hazaña, citar fraseologías del acervo político-ideológico y alentar a una competencia en pos de mejores resultados.

Los noveles integrantes del sindicalismo oficial fueron captados en Villa Clara mediante una ofensiva de “visitas directas a los centros laborales”, de acuerdo a la última edición del periódico Trabajadores.

La Ciudad de la Habana se alzó con el récord: 35 mil firmas de asentimiento para integrar el único sindicato permitido en el “paraíso” del proletariado. Una proeza para la cual se invirtieron los primeros 3 meses del año.

Me imagino que aparte de los correspondientes vítores la envidia eclipsó algún que otro rostro. Consternación, dudas, celos, tales sentimientos pudieron estar rondando cada intervención de los participantes en el Consejo Nacional de la CTC efectuado el sábado último.

A nadie le gusta perder, pero en una batalla es de esperar vencedores y vencidos. A numerazos se ganó. Cifras redondas y espesas. Dígitos lanzados con impunidad sobre cientos de lectores, quizás ubicados en esas listas que apenas consiguen ilustrar sus dificultades.

Obreros mal pagados, gente que encuentra en el robo su razón de existir, seres que sobreviven en los márgenes de una ilegalidad porque su sudor es el mismo del esclavo con el alma marchita y el cuerpo alicaído por el látigo.

Nada o casi nada ellos resuelven con sus esfuerzos, innovaciones, postgrados, maestrías, horas extras. Son las piezas de un engranaje que funciona sin lubricantes y con diseños copiados de siglos pretéritos.

Callan sus penas, las disimulan, brindan sus rúbricas para no aumentar sus desgracias. Todos están en el elenco. Hacen sus alardes como actores de una tragicomedia tratando de encontrarle un rapto de hilaridad al dolor. Se las ingenian para convertir a la moral en un maquillaje versátil y sempiterno y lo logran.

Están ahí, resistiendo el óxido de los discursos, la voz que corta como navaja estructurando en el aire una nueva convocatoria al sacrificio.

De números están exhaustos. De promesas hartos. De insatisfacciones casi muertos.

A la mayoría de ellos les tocó el peor papel en una película que ahora recrea el suspense. Hay de Hitchcock, Chaplin y de Buñuel. Tensión, sonrisas plásticas, surrealismo, todo reflejado en millones de vidas que ocupan un espacio dentro de un régimen que aún persiste en abanderarse como ejemplo de socialismo.

En la actualidad la población laboralmente activa sobrepasa los 4 millones. Su pertenencia al sindicato es obvia. Muy pocos resisten los cuestionamientos de no aceptar la “propuesta” de integrar las entidades que funcionan en cada centro laboral.

Es parte del juego. Una regla de facto que se cumple sin muchos contratiempos.

Ahora en el cónclave que acaba de clausurarse, vuelven a brillar las cifras, se le rinde culto a la nimiedad, se insta a sobrecumplir metas, se le da un baño de credibilidad a la presunción de los logros, en fin la retórica gira con sus aureolas y espejismos.

Desde aquí por más que me esfuerce no alcanzo a divisar las esencias de la verdad. En cada intento por asomarme al texto no consigo trepar por las paredes de la comprensión.

Créanme que resbalo y no es por ineptitud. El problema es que algo se derritió y no fue mi paciencia. Los éxitos son vistosos, apetecibles, pero estos se desvanecen como la mantequilla. De ahí los patinazos.

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