Mayo 2, 2007
Jorge Olivera Castillo. Sindical Press.
La eficiencia le teme al socialismo. Se espanta, tiembla ante los decibeles de los discursos que anuncian un notable incremento del PIB, las excelencias de la última jornada de trabajo "voluntario" y el próximo plan de ahorro que cierra un ciclo de la estrategia para darle otra zurra al subdesarrollo.
En estos escenarios se palpa el ardor de la oratoria. Se entrecruzan la vehemencia y la ampulosidad en una guerra interminable de frases que buscan dotar de originalidad al cónclave. Puede ser un congreso, una conferencia, un simposio.
Cualquier lugar sirve para dar por hecha la superproducción agrícola, el incremento de la calidad de los servicios, las soluciones en torno al transporte público.
Se fijan fechas de cumplimiento, no faltan los compromisos dados a conocer con una prestancia que amaga con superar la que desplegaban los caballeros de la Edad Media. Todo queda atado, bien atado, con el mismo nudo que diseñó el general Franco para mantener viva su filosofía más allá de su muerte.
Al final la soga deshilachándose, las mentiras sueltas y otros que promocionan un nuevo amarre a prueba de fugas. La misma historia.
Si se tomara como indicador el número de reuniones donde se formulan propuestas, procedimientos y tácticas enfiladas a un progreso sustancial en los ámbitos productivo, laboral y social, Cuba estuviera haciéndole sombra al G-8.
Pero los hechos son tercos, salen, retoñan, multiplican la visibilidad de los errores. Con un desastre es suficiente para avizorar el universo baldío de la retórica. Ese virus incurable, con sus mutaciones y la capacidad de sobrevivir en las gargantas de los funcionarios oficiales.
La calamidad es un estatus nacional. Hace buen tiempo que dejó de ser una brizna en la periferia de un torbellino.
Se quiere amenizar el espectáculo con cantos de sirena, sin embargo las notas de fondo no llegan a acoplarse a la interpretación. El desbarajuste salpica a todos, sobre todo a los de más abajo, la gente que se extravió buscando el milagro y que conoce, aunque lo disimule, donde está la próxima piedra. De los tropezones salieron callos y moralejas.
En la asamblea de afiliados del Sindicato Químico, Minero, Energético de la Ciudad de Santiago de Cuba, aún se improvisa, no existe una preparación óptima y se llega a la conclusión de que el informe administrativo no siempre coincide con el criterio de los trabajadores, eso dijo Águeda Moriel de la Central Termoeléctrica Antonio Maceo.
El secretario general del sindicato en el territorio Alberto Fuentes Torres, señaló los problemas con los sistemas de pago, la atención integral al hombre y la adquisición de los medios de producción.
Algunos de los delegados presentes, llamaron la atención sobre el continuo robo de angulares y conductores en las torres de transmisión eléctrica. Desde la tribuna la propia ministra de la Industria Básica Yadira García puso en perspectiva la existencia de empresas derrochadoras de energía al margen de las inspecciones llevadas a cabo por personal previamente escogido.
No hay que ser muy perspicaz para distinguir los ripios de la eficiencia y los trazos rupestres del control.
Bailar un vals con el repiquetear de los tambores a golpe de rumba es un acto ridículo y lamentable. Hay que estar loco o en pleno desdoblamiento circense.
Con estas informaciones de la prensa oficial, observando el cataclismo desde mi humilde apartamento y tener constancia de que el eco del triunfalismo es real, tengo que preguntarme: ¿Las señales vienen de un manicomio o del circo?