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Junio 14, 2007

¿Guanajerías?

Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.

Exhaustos, con quemaduras, completamente sanos y sonrientes. No sé, a ciencia cierta cual era la condición de los 22 cubanos que arribaron, hace pocos días, a una isla hondureña. Iban sobre una pequeña embarcación.

Me atrevería a asegurar que los 19 hombres y tres mujeres estaban llenos de satisfacción, eufóricos y animosos al margen de náuseas, mareos y otras manifestaciones emanadas de una travesía por mar. Coronaron con el éxito su proyecto de evasión. No hubo bajas, según el reporte cablegráfico. Tampoco, por el momento, amagos de repatriación. Sin dudas, dos cartas de triunfo que en las manos de un cubano representan una nueva fecha de nacimiento, algo para recordar mientras se tenga vida.

Es el júbilo de quienes logran escabullirse del terror y sus sombras. Ya no son necesarios los desdoblamientos para camuflar las ilegalidades. Desde Honduras se aplaude por otros motivos alejados del histrionismo desgajado del instinto de conservación y de la fatalidad del prisionero que busca remedios a su desgracia.

La libreta de racionamiento, la perpetuidad de la delación, el acoso de la miseria que alterna con el que practican miles de policías visibles y encubiertos, la casa resistiendo el ultimátum de un derrumbe ante la mirada complaciente de la burocracia, el salario como un retrato tercermundista que niega la factibilidad y alienta al crecimiento de la pobreza. Ni hablar de la marginación que legitima al extranjero y deja para el nacional otras categorías donde la dignidad humana toma como modelo el contenido de los excrementos.

Por eso millones quieren irse. Insisten en partir hacia cualquier sitio alrededor del mundo. Poco importan las desastrosas imágenes de Latinoamérica que la maquinaria mediática del régimen cubano, reproduce a diestra y siniestra para desalentar las fugas y a la vez vestir de gloria su modelo. Ese que, en realidad, favorece en términos generales a la involución y a la desesperanza de la mayoría.

No lo digo como alguien que persigue como propósito el descrédito. Basta con señalar los más de 2 000 000 millones de coterráneos que hoy viven fuera de su país de origen.

Se van, después de una larga secuencia de tropezones. Se marchan huyendo del caos, de la locura que se siembra día a día con decretos alucinantes, reglamentaciones absurdas y prohibiciones que parecen ideadas por personas que buscan la desarticulación del país.

Bajo el toldo del patriotismo, se cuecen la aberración y el desatino. Miles se van anualmente por las vías más increíbles. Precarias embarcaciones, matrimonios por conveniencia, cartas de invitación previamente pagadas.

Aunque pueda inducir a la duda de potenciales lectores, valga decir que los viajes al exterior incluyen el tren de aterrizaje y los sitios reservados para llevar el equipaje, de los aviones.

Decenas de miles de cubanos han perdido la vida durante los últimos 48 años, en su afán de marcharse. Bien, congelados en la estratosfera entre las ruedas de un aeroplano o desaparecidos en las aguas del Mar Caribe.

Recientemente el gobierno de Panamá deportó a 25 cubanos que habían entrado ilegalmente. Tendrá que continuar haciéndolo. Y podría asegurar que la cifra irá en aumento.

Los 22 que desembarcaron en una isla a 400 kilómetros al norte de Tegucigalpa, tuvieron suerte. Están allí con un permiso temporal de estadía, con la ilusión de asentarse definitivamente en los Estados Unidos.

La ínsula en cuestión es conocida por el nombre de Guanaja. En Cuba esta palabra da nombre a la hembra del Guanajo que es el pavo. Popularmente ser considerado un guanajo, es sinónimo de tonto. Valga apuntar que no menos de 1 000 000 de compatriotas quisieran imitar esa guanajería.

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