Sitio oficial del Grupo Internacional para la Responsabilidad Social Corporativa en Cuba

Junio 22, 2007

Ergástulas obreras

Félix Reyes Gutiérrez, Cubanacán Press.

Cuando del tema de los centros penitenciarios se trata, los medios de difusión en la isla, dan prioridad a informaciones y reportajes sobre cárceles norteamericanas, fundamentalmente la situada en el enclave de la base naval de Guantánamo, o aquellas ubicadas en territorio irakí. Sin embargo, de las existentes en Cuba, se mantiene un constante silencio.

Todo parece indicar que la directiva gubernamental obvia lo referente a las cárceles y sus interioridades, ignorando el slogan “lo mío primero”, divulgado para defender las prioridades del producto cubano; pues es vergonzoso observar cómo el gobierno del presidente Castro, propagandiza, hasta maximizar, particularidades de la vida penitenciaria del gigante del norte, y al mismo tiempo, increíblemente, oculta a la población caribeña y mundial lo que acontece en su interior.

No realizaré precisamente un análisis de las popularmente conocidas prisiones de menores, mujeres y hombres, donde están internados miles de pobladores por incurrir en ilegalidades, o los cientos de presos políticos que son objeto de brutales maltratos, por el solo hecho de no compartir los ideales del castrismo, tema bien difundido por otros colegas.

Me referiré en particular al nacimiento en la sociedad cubana actual de un nuevo tipo de cárcel, dado por la disparidad precio-salario y la constante lucha de la clase obrera por sobrevivir. Con características similares a las prisiones anteriormente señaladas, pero con una gran diferencia, la enmarcada en su población “penal”-laboral.

Si nos desplazamos por la autopista nacional 240 Km. al este de la capital del país, observamos uno de esos centros que laboran bajo el denominado “sistema de máxima seguridad” y donde el abuso constante hacia los obreros, jamás se publica en la radio, la prensa plana o televisión cubanas.

La empresa cigarrera “Ramiro Lavandero Cruz”, situada en la calle Camilo Cienfuegos # 32 en la localidad de Ranchuelo, Villa Clara, es de aproximadamente cien metros cuadrados y tres pisos de altura, posee a su alrededor cerca de un centenar de ventanales, todos cubiertos con malla de alambre.

Lo mismo sucede con los talleres que tiene en su interior, para evitar que los trabajadores hurten cigarrillo, papel, sellos, u otro material de gran demanda en el mercado negro; parecen cuartos enjaulados, tipo prisión.

Pese a la entidad tener instalado un moderno sistema de cámaras en el Taller de Cigarrería, los más de seiscientos trabajadores de la antigua fábrica “Trinidad y Hermanos”, están identificados con solapines de diferentes colores, para impedirles el libre movimiento de un área de trabajo a otra.

Además son vigilados constantemente por más de una docena de miembros del cuerpo de protección y seguridad (SEPSA), quienes están ubicados en los perímetros exteriores e interiores de esa industria, una de las pocas encargadas en el país con el suministro de cigarrillos para el consumo nacional.

En numerosas ocasiones la custodia a estos obreros es reforzada por los miembros de la Policía Nacional Revolucionaria (PNR), la que, entre sus responsabilidades, tienen a su vez, el traslado de los trabajadores que intenten hurtos o detecten en actos de robo, esposados, hasta las instalaciones de la represiva para interrogatorios que se prolongan horas, y luego son sancionados según la envergadura de los hechos y causas.

Los trabajadores que laboran en el área de almacenes de la entidad villaclareña, no están exentos de la extrema vigilancia, pues estos no pueden recepcionar, ni embarcar mercancía o material alguno, si al menos un representante del cuerpo de veladores (PNR o SEPSA) están presentes.

Esas fuerzas del “orden y la vigilancia” chequean los productos, y son, asimismo, los encargados de abrir y cerrar la puerta por donde se realiza la operación de embarque.

Igualmente ocurre con los desechos, incluido los alimenticios provenientes del área de comedor, los cuales no pueden ser extraídos del centro laboral, si antes, los envases que portan, no son revisados por los miembros de la seguridad empresarial.

La situación más crítica en la insigne ranchuelera se observa cuando los obreros se retiran definitivamente a sus hogares, finalizada ya la jornada laboral de ocho horas. En acto abusivo, los representativos del cuerpo de vigilancia ordenan a estos que se despojen de todas sus prendas de vestir, acción que se realiza dentro del denominado cuarto de chequeo, de aproximadamente dos metros cuadrados.

En el caso de las féminas el trato es más humillante, pues las obligan a bajarse los blumers, y hasta hacer cuclillas, provocando que en ocasiones las almohadillas sanitarias se arrojen al piso.

Por tales razones, estos trabajadores, tratados como verdaderos reos en su lucha por subsistir, apodan a la empresa, símbolo de Ranchuelo, de ergástula obrera, solo que, en la fábrica villaclareña, quienes allí laboran parten, una vez concluido el turno productivo, hacia los respectivos hogares tras vencer privaciones humillantes del más diverso tipo psicológico y social.

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