Junio 25, 2007
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press
LA HABANA, junio (www.cubasindical.org) - No son tan inexpugnables los muros de las prisiones de Cuba. Hay maneras de traspasarlos sin garrocha, ni otras maniobras que se elucubran entre insomnios, hambres, palizas y altercados por cualquier asunto, regularmente banal y circunscrito a esos mundos donde el instinto se revela como algo emblemático, fatídico, pavoroso.
Las paredes amuralladas con sus alambres a prueba de dobleces intentan desvanecer los proyectos de evasión.
Es éste un pensamiento fijo en la psiquis de cientos de reos. Apenas una fracción de casi el 1% de cubanos que despiertan cada mañana con los barrotes insertados en las pupilas, el ruido de los cerrojos percutiendo en los bordes de los tímpanos y la voz de un guardia confundiéndose con el trueno.
Según operaciones aritméticas realizadas bajo la luz de la objetividad. Cerca de 100 000 hombres y mujeres padecen el rigor del encierro. Son números anclados en el olvido, piezas humanas que rebotan entre la vida y la muerte.
No cumplen los edictos, empañan la marcialidad de los decretos. Por eso el castigo como una ráfaga de mordidas que llegan al hueso.
Son muchas las tácticas para dejar atrás esos universos donde se respira el mismo aire que podría haber ahora mismo en una bóveda fúnebre o en una escena, en tiempo real, de leones que despedazan a su víctima.
Es el olor que disipa el terror, el néctar de abusos flagrantes y sistemáticos. No hace falta la exageración, ni trampas semánticas que sirvan para cazar un mayor número de atenciones. Quien escribe viene de allí. Conoce al detalle el manual de la sobrevivencia. El limo que paren las humedades en pisos y paredes. Los bodrios del almuerzo y el mejunje rancio servido a media tarde.
También puedo disertar de los recitales de bastonazos sobre espaldas y cabezas. Tenían un sonido semejante a los que salen de los tambores africanos utilizados en las celebraciones folklóricas. Fui, gracias a Dios, espectador y no tambor ocasional de estos ciclos de barbarie. De lejos, las lamentaciones, la espontaneidad de una defensa rebajada al registro de unos gritos estremecedores. Uno, dos, muchos hombres sometidos a los más draconianos suplicios.
De tales vivencias de desgajan las intenciones de irse. Es un mandato irrecusable. El ultimátum que quema los últimos átomos de la paciencia y de la cordura.
Insisto en afirmar que son innumerables las soluciones. Irse al otro lado de las atalayas con sus militares armados, abandonar para siempre el perímetro dominado por las agonías, es un pensamiento que se multiplica entre los inquilinos de celdas y galeras.
Un tajo en la parte baja de los antebrazos para vaciar el cuerpo de flujos sanguíneos. El trago amargo de ácido sulfúrico. El corte, exacto y profundo, a la altura de la ingle que deja los intestinos a la intemperie. La caída libre desde la cima de algunos de los edificios que conforman la versión tropical del campo de concentración.
Así se consigue la huida. El alivio para las tensiones de la reclusión y los tratos crueles y degradantes repartidos a granel. Es la artesanía de la fuga que cobra una importancia vital.
Mientras escribo los últimos párrafos, me entero que el preso común Raúl Luán escapó de la prisión de Ariza, enclavada en la ciudad de Cienfuegos. Lo hizo con una soga. Se ahorcó después de una paliza. Gracias al trabajo del periodista independiente Ramón Pupo supe del fatal desenlace. Las salidas de emergencia son espaciosas, no hay obstáculos, tienen además luz fluorescente y hasta una guía para no extraviarse. Otros presos esperan el momento oportuno. Los muros de las prisiones cubanas son altos y macizos, no obstante hay quienes lo cruzan. A su manera.