Julio 25, 2007
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
Una nación se extingue. Muere a plazos. Va, sin equívocos, hacia las postrimerías. Yo percibo todo los pormenores a pesar de los cristales ahumados que forjan en los talleres de la manipulación. Mi curiosidad es legítima, útiles las experiencias en bruñir el vidrio de los anteojos. Tampoco valen otras exquisiteces con el fin de tapar el sol con un dedo y las faltas con unos cortinajes devenidos en ripios.
Cuba es casi un cadáver aunque en los partes continúen diciendo que la juventud, la vida y el socialismo son realidades, más allá del tiempo y el espacio.
Me refiero a ese país donde el desencanto emula con la preeminencia de los astros, las penumbras articulan un paisaje a prueba de remodelaciones y las gentes andan con la identidad a rastros, el alma marchita y la esperanza tan estrujada como el rostro de un anciano.
En las cercanías de estos parajes sobrevivo. Me es posible realizar una conexión entre verdades que arden como bolas de fuego y hechos dados en acentuar el trazo de las ficciones. Es un realismo que surge a partir de la colisión entre la magia y la tragedia.
Catorce personas conviviendo en un cuarto sin apenas mobiliario, miles que desayunan como mendigos, almuerzan como esperpentos y logran una cena con un ejercicio de prestidigitación mental.
En esas islas vive la mayoría. Gentes que compensan su vulnerabilidad con la indiferencia, el trago de ron, el humo de las drogas, el sexo desmedido, la propensión a la violencia, el juego ilícito, el trueque de baratijas, el robo al estado y cuanta ilegalidad exista en los ámbitos de las relaciones humanas.
El poder tiene la facultad de diseñar otra república que empieza en los informes de la prensa oficial y termina en los privilegios de una nomenclatura reacia a abandonar sus manías, vicios y excesos propios del hedonismo cirenaico tan en boga en la antigua Grecia.
De estos dominios salen las conclusiones. La última palabra de lo que debe leer la muchedumbre. Allí se gestiona la imagen idílica, la frescura de un vocabulario que exalta las buenas costumbres, la marcha triunfal, el acuerdo, sin grietas, entre la élite y los gobernados. No existen contradicciones en estos universos en que pocos hablan y el resto tributa con vítores y entregas humillantes.
Todo transcurre con una normalidad que espanta. Así se manifiestan visitantes de otras latitudes y hasta colegas de infortunio que pierden la perspectiva a causa del agotamiento y de sus deseos de una protesta colectiva pacífica que no acaba de cuajar.
El silencio, la complicidad para llevar a la práctica la agenda del régimen, el júbilo que nada tiene que ver con la espontaneidad y mucho con las apariencias o quizás con algún impulso derivado de la confusión.
Tales huellas en la epidermis poco dicen de la verdadera situación que afecta a la Cuba del siglo XXI. Es lo visible a simple vista. Podría considerarse la superficie, los contornos de un cuerpo realmente enfermo.
La nación peligra. ¿Una muerte súbita? , ¿La desaparición gradual?, ¿la salvación? A un año del traspaso del poder de un hermano a otro, el esquema es el mismo.
Por tanto no se puede hablar de recuperaciones, ni de vitalidad, ni proyectos que encumbren la vigencia del pragmatismo y el sentido común. Cuba se cae a pedazos, languidece, sus signos vitales no auguran nada bueno. La reforma, salva. Un cambio de rumbo valdrá la pena. Es mejor servir de médico y no como sepulturero.