Agosto 17, 2007
Por Jorge Olivera Castillo, Sindical Press
LA HABANA, Cuba – Agosto (www.cubasindical.org) - No me acabo de acostumbrar a los funerales. Sin embargo debo aceptarlos a la fuerza. En ese viaje no hay resquicios para retrasos, ni maniobras para aplazar la partida. La muerte llega puntual, quizás con un susurro que sólo escucha el elegido en el sopor de la inconsciencia o -quién sabe- en un rapto de alegría que suele dibujarse en algunos candidatos a morar en la tumba. Parece que se recupera, que el ánimo cobra vigor, pero nada, simples ardides del ocaso, vanos amagos de voluntad por atrapar la vida que, definitivamente, se escurre en segundos.
Justo detrás de las reflexiones que con regularidad aparecen en el periódico Granma, puedo divisar los preparativos luctuosos. Velas, ataúd, flores, toda la parafernalia que acompaña a los cadáveres.
Fidel Castro se muere, aunque insistan en cortinas de humo y en pintorescas afirmaciones que dibujan en el imaginario la inmortalidad del hombre que ha gobernado a un país con talante de mayoral.
Hay que morir tarde o temprano. Irse de este planeta y convertirse en polvo lentamente. El poder absoluto, las ansias de figurar en la iconografía de los héroes, la existencia mitificada con andanadas de aplausos y pomposos recibimientos en medio mundo, los presuntos éxitos y las derrotas diluidas en las aguas de una propaganda que logró darle brillo al misticismo y fulgor a las apariencias. Todo a la espera de un adiós. Sí, el adiós, la finitud, la relatividad de la gloria, la fragilidad del ser frente al mandato de la naturaleza.
No sólo va a morir un hombre dedicado a un ideario que nunca entendí. También resuella Cuba herida de muerte. La isla convertida en ruinas sin el sonido de las bombas. El país harapiento y huraño, insensible y corrupto. Casi medio siglo invertido en planes descabellados, proyectos sin el más mínimo sentido de racionalidad. Miles de muertos para consolidar un sistema más cercano a siglo XIX que al XXI. No hago catarsis, tampoco cavilaciones baladíes. Escribo sin ánimos de rencor, ni exhibo el odio en subasta. Simplemente desentierro de mi materia gris las imágenes de un desastre monumental.
Cuba es hoy una república sin futuro, una nación que tiene que valerse de subsidios y mendrugos para subsistir. Tierras que nada producen, industrias en bancarrota, contabilidad inexistente, legalización de facto del robo, el soborno y la malversación, altos índices de criminalidad, cientos de núcleos familiares habitando en tugurios, además se ha alcanzado un lugar privilegiado en el número de prisioneros por habitante, según datos recientes Cuba se encuentra entre los 10 primeros países con tales indicadores.
Muchos tal vez me tilden de calumniador o tremendista, pero es que mis experiencias ocupan un radio lo bastante amplio para sostener las argumentaciones.
Tengo, como ciudadano común y corriente, que abordar un ómnibus en condiciones que rayan en la tortura, parte de mi mobiliario data de mi infancia, me baño con una cubeta y un pequeño recipiente que sustituye las bondades primermundistas de la ducha, para realizarme un examen médico he tenido que hacer desembolsos monetarios, de lo contrario, a esperar semanas o meses por el servicio.
Para colmo fui a la cárcel por ejercer el criterio sin las mordazas oficiales y escribir sin mandatos de los comisarios. Pensé morir, sin embargo, no era mi turno.
Superé el trato cruel, los alimentos putrefactos, la falta de asistencia médica, las humedades de la celda. Sobreviví, diría que milagrosamente. Esas historias son del socialismo que prevalece en la isla. Es el reverso de la fanfarria y las loas que el régimen recibe de seguidores y cancerberos.
Yo no sé cuándo me tocará a la puerta el señor de la guadaña. Creo que por ahora no soy el que va al sepulcro. Aunque no pierdo la perspectiva que sobran los asesinos con traje de policías y paramilitares que se prestarían para la realización de encomiendas criminales.
Al margen de las probabilidades trato de dormir tranquilo. A fin de cuentas tendré que morir tarde o temprano de alguna manera. Quiera Dios que no sea en una cama soportando las agonías de una enfermedad letal. Confieso que no le deseo la muerte a nadie, pues no albergo rencores contra los autores de mis suplicios.
De lo que nunca van a poder despojarme los paladines del totalitarismo es de la ética, la dignidad y el respeto al ser humano. Yo no les voy a pagar con la misma moneda. No reiré, como nunca lo hecho, en un funeral, pero es difícil que en el que se avecina pueda derramar una lágrima.