Agosto 28, 2007
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press
LA HABANA, Cuba (www.cubasindical.org) - Quizás Rigoberto tenga que tomar clases de corte y costura. No le queda otro remedio. Hace cerca de un año que anda tras una bandera de su país y no acaba de conseguirla.
Va a tener que acudir a la iniciativa individual por dos cuestiones: La adquisición debe realizarla a precios de lujo. La enseña nacional se vende entre 7 y 15 pesos convertibles de acuerdo a su tamaño en un país donde el salario promedio apenas llega a 16 unidades de esta moneda creada para sacar de circulación al dólar estadounidense.
En la actualidad el dólar continúa depreciado por decreto oficial, lo que maximiza el importe a pagar por cada producto. De acuerdo al 20 % de descuento, 10 dólares equivalen a 8 pesos convertibles.
Al margen de acotaciones contables, el otro motivo que impide los deseos del cliente es la combinación de fintas burocráticas con la presumible orden policial de abortar la compra, a precios módicos, en una institución del estado, pues Rigoberto es un discreto activista de los derechos humanos. Una definición que acerca a sus practicantes a una especie de limbo existencial donde lo humano pasa al índice de las materias invisibles.
Milagrosamente, obtuvo la autorización para adquirir una bandera en los locales de la Editora Política Abril, donde pudo descubrir el almacenamiento de cientos de ejemplares. La orden, por escrito, fue cursada por el Segundo Secretario del Partido del capitalino municipio de Regla donde reside.
Al llegar frente al dependiente, en vez del producto en cuestión, recibió una respuesta negativa. El papel firmado por el funcionario no tenía validez. Los procedimientos habían cambiado. Ahora la venta era a través de un cheque expedido por algún centro laboral.
Podría ser parte de un guión humorístico, el tema principal para un teatro del absurdo, el perfil de un relato tragicómico, pero es una historial real que marca la impronta de una época plagada de hechos que van contra toda lógica.
Son síntomas de la descomposición social, pequeños derrumbes que conforman un panorama de desolación y falta de escrúpulos en cuanto al respeto al prójimo.
"El barco está escorado y siguen en la bobería", me dijo hace unos días un paisano en alusión al desastroso estado en que se encuentra el país y la negligencia de los principales dirigentes de la nomenclatura, anclados en las mismas utopías.
"Apenas queda la proa fuera del agua y todavía hay quienes cantan victoria", agregó el ex – marinero convertido en recolector de botellas, en un tono marcado por la ironía.
Miles de cubanos están convencidos de su condición de náufragos. Sus vidas danzan entre los remolinos de las vicisitudes diarias. Verdaderamente son muy pocos los que cuentan con flotadores, a prueba de ponches, para proclamar la salvación.
Los golpes llegan por muchos lados y de mil maneras. Éste de la bandera, es uno más para Rigoberto Rodríguez. Una bofetada silente que factura la burocracia con una precisión de reloj suizo o quién sabe un puntapié etéreo de los que con tanta pasión reparte la policía política.
No sé cual será su próximo plan para poder ondear una bandera cubana donde mejor lo estime, pero, es probable que Rigoberto tenga que optar por soluciones que suelen darse dentro de los recintos carcelarios donde la economía de recursos es algo epidémico.
No le quedan más opciones que confeccionarla con sus propias manos o con las neuronas de su cerebro. Creo que la última opción será la más asequible por el momento. En definitiva el sabe que es prisionero de la misma cárcel desde donde escribo estas páginas sobre un acontecimiento que nos brinda una clara perspectiva del absurdo.