Septiembre 10, 2007
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press
La dirección provincial de Servicios Comunales del municipio Playa en Ciudad de la Habana se empeña en algo imposible. ¿Es lógico pedirle a cualquier comunidad urbana de la capital que cumpla con mínimas reglas de sanidad ambiental? ¿Serán los propulsores de la nueva medida, ingenuos o acaso personas ligadas a un optimismo rayano en el disparate?
Me hago tales preguntas porque los directivos de la mencionada entidad estatal pretenden que los habitantes de la municipalidad de Playa cumplan con las orientaciones a la hora de verter los desechos en los contenedores de basura. Según lo estipulado los desperdicios orgánicos (restos de comida, cáscaras) deben situarse dentro de un depósito de color verde y los inorgánicos (latas, papel, cartón, plásticos) hay que arrojarlos en el amarillo.
Lo cierto es que los basurales crecen en las esquinas justo al lado de los depósitos, bien porque el camión recolector se ausenta por varios días o simplemente porque es ya reflejo adquirido echar los desperdicios, donde sea, menos en el lugar idóneo. Cosas del inframundo.
La indisciplina social, un mal enraizado en todo el país y que alcanza cuotas de escándalo en Ciudad de la Habana, es una realidad desde la cual es posible subrayar lo difícil que será restaurar normas de convivencia civilizadas.
Hoy no es raro ver a los jóvenes orinando en la vía pública, a los fumadores lanzando las colillas por el balcón, los perros defecando en las avenidas con el consentimiento de sus dueños, las amas de casa que baldean el hogar y utilizan la calle como desagüe. La lista de ejemplos es una prueba contundente de que marchamos hacia ciertos grados de tribalización.
Centros urbanos otrora distinguidos por una higiene impecable, en la actualidad nada tienen que envidiarle a un chiquero.
Son pocas las personas que practican buenos modales. El tono mesurado e inteligente de una conversación ha sido sustituido por la gritería. La música se escucha a un volumen de espanto. A los autobuses se sube con las técnicas de un gladiador, los más aptos logran trepar por las ventanillas. He visto a inquilinos de un edificio arrojar los restos de la comida sobre las aceras a través de las persianas.
En fin que hacer reuniones con tal de concienciar a la población cuando no se percibe una estructuración a fondo de todas las cuestiones inherentes a un civismo ajeno a retoques teóricos, nada se logrará más allá del asentimiento del vecindario y después cada cual seguirá como un fiel contribuyente de inmundicias, vulgaridad y cuanto sea necesario para mantener el ambiente libre de cambios.
Se podría inferir que el cubano es un ser adaptado a la hediondez, un individuo proclive a estimular las más viles pasiones de la raza humana, pero la verdad es que nadie nace condicionado a tales elecciones. El problema es el medio que alienta la enajenación, el descontrol, las indisciplinas. ¿Puede haber orden y limpieza en un hogar donde el agua llega a gotas, los salario son insuficientes, el refrigerador de hace 20 años acaba de romperse y el techo amenaza con desplomarse a causa de la erosión?
La familia cubana vive bajo tensiones que definitivamente provocan una desarticulación de la conducta de sus miembros. El hacinamiento, los conflictos generacionales, la endémica escasez de productos y servicios de primera necesidad.
Son demasiados los años de espera. Casi medio siglo escuchando los cantos de sirena y en resumen la pobreza conserva su lozanía.
Por eso la marginalidad del entorno. Esa es la suma de los desastres individuales, los resentimientos y la sublevación contra un régimen que apela al sacrificio del pueblo mientras disfruta de jugosas prebendas. Esperar peras del olmo, además de ser una gran tontería, podría también revelar un acercamiento al cinismo de las autoridades. El país continuará como un corral. ¿Cuando volveremos a ser ciudadanos de una república?