Octubre 9, 2007
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba (www.cubasindical.org) - Sangre. Gritos de horror. Una madre desesperada clamando por una solución. La doctora sin saber que hacer, tras advertir la existencia de una sola ambulancia. Mientras tanto, el niño debatiéndose con el sufrimiento de su pene mordido por la bragueta del pantalón.
Justamente a pocos metros, encima de una camilla, otro infante parcialmente quemado lanzando bramidos que ilustran un dolor de espanto. Pienso que se va a desmayar en cualquier momento.
Su progenitora arroja maldiciones contra lo humano y lo divino. Suda en abundancia. Toma un breve receso y vuelve con las imprecaciones. Amenaza con romper el escaso mobiliario de la policlínica si la demora se prolonga un minuto más.
En medio de las desgracias, siento el aire de la fortuna. No soy otro disputante de la ambulancia que no aparece. Solo pretendo chequearme la tensión arterial.
La sala de espera permanece congestionada y son perfectamente audibles los comentarios críticos. “Llevó 30 minutos aquí y me parece que no voy a salir antes de las 10”, dice con visible molestia una señora que aguanta con estoicismo una crisis de migraña. Miro el reloj y observo que faltan 15 minutos para las 10 de la noche. Mis esperanzas de llegar a la consulta se desvanecen. Tengo a 11 personas por delante.
Un anciano irrumpe con una exclamación que multiplica la conflictividad de la escena. “Esto es una porquería. Me cago en la hora en que nací. Me voy pal´ carajo”. El viejo se marcha a la velocidad que le permiten sus años. Antes de abandonar el local, esgrime su última invectiva contra el pésimo servicio. “No sé donde está la potencia médica. Son unos mentirosos, unos canallas”, alega sin especificaciones.
El ambiente deviene en una algarabía propia de una trifulca que no termina de concretarse. El tono adquiere su clímax a partir de una de las dos enfermeras que se atreve a pedir silencio.
Primero las acusaciones. Acto seguido el intercambio de ofensas que ofrecen una lección de marginalidad profunda. No hay ni rastros de educación formal de ambos lados. Las groserías se convierten en la vía ideal para descargar tensiones. La enfermera gesticula desafiante y sus contrapartes le endilgan los peores epítetos imposibles de repetir.
La doctora interviene y tiene éxito. Pide de favor que se calmen. “No van a resolver nada con ese escándalo. Ustedes están contribuyendo a aumentar la demora. Así yo no puedo trabajar. Les ruego un poco de paciencia”.
Transcurre una hora y 15 minutos, y siento un extraño alborozo al sentir la voz que ejecuta la invitación más encomiable de las que pudieran existir. “El próximo”.
Tomo asiento, me piden el nombre, dirección y finalmente las razones por las que estoy allí.
“El esfigmo está roto”. El anuncio me congela alma. No lo puedo creer, pero en mi nuevo itinerario en busca de mejor suerte pienso que no hay nada extraordinario en el percance. Es el denominador común de lo ocurre con la salud pública en Cuba. Una institución que refleja, en grados superlativos, la decadencia del proyecto revolucionario.
Entre las peores enfermedades que azotan a la nación cubana, se cuentan la mentira, la inoperancia del estado, el manejo disparatado de los recursos, el robo, la corrupción. Todas esas cosas se engrandecieron en mi mente aquella noche a merced del desastre que anida en una de las supuestas perlas del sistema.
Los 75 minutos de espera por una malograda atención médica definen con claridad y justeza la génesis de lo que proclaman regentes y alabarderos del régimen.
Ellos repiten: ¡Socialismo o Muerte! . Valga la redundancia.