Enero 29, 2008
Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press
LA HABANA, enero (www.cubanet.org) - El humor cubano goza de buena salud. Ahora bien, metido por los censores loqueros en una camisa de fuerza, cantinfleando en los escenarios, perseguido por el miedo, o condenado a bonchar sobre cornudos, guajiros, burócratas y gordos, poco puede alejarse de la banalidad de que se le acusa.
Aunque si bien programas televisivos como Pateando la Lata, Punto G, ¿Jura decir la verdad?, El club de la neurona inquieta y otras bazofias más exceden la banalidad ¿qué se puede decir de los enlatados extranjeros?
Humorísticos como el argentino Poné a Franchela y el británico El Show de Benny Hill, por sólo citar los más prominentes, rebasan la banalidad aparte de resultar insípidos por su alejamiento de nuestra realidad.
El humor debe ser el reflejo de la sociedad y no sólo de una parte. Cambia con las circunstancias, aunque mantenga su sello.
Analicemos los cambios en el vernáculo cubano. El gallego, de bruto y pata por el suelo bodeguero pasó a gerente de una corporación, mientras que la mulata, si bien aún nacida en un solar viaja en Iberia o dice yes. El negrito no. Ese permanece luchando por cuanta propia hasta que le llegue la hora de ir a prisión.
En una realidad así, ¿cómo mantener las mismas estructuras, similares chistes, o parodias y sátiras alejadas del cubano de hoy?
Imposible. Lo que sucede es que los funcionarios cubanos, supeditados al interés de la ideología oficial, abortan cuanto proyecto se atreva a criticar el sistema.
Por eso me espanta que a estas alturas del juego entre censores y humoristas alguien califique el humor de hipercrítico, discordante o banal de acuerdo al tema que refleje la obra.
Lo único que necesita el humor cubano es libertad. Nadie puede negar que piensa y se desternilla de risa con el personaje humorístico más famoso y socorrido desde el triunfo de la revolución: pepito. Por favor, no confundir con ese vestido de pionero, miliciano o cederista que parodian y sale adoctrinado por la televisión en el funesto programa Los amigos de pepito.
Me refiero al auténtico, al que por su osadía en recurrir a cualquier tema, esencialmente los alusivos a los problemas de la sociedad engendrados desde el poder, se ha ganado las palmas entre los personajes de la tradición oral cubana, pues aparece lo mismo en una playa, un camello que en una marcha combativa o una reunión de militantes comunistas.
Preguntarse con qué se ríen los cubanos es una burla a la auténtica sonrisa, y al venturoso don de los cubanos de reírse hasta de su propia idiotez.
El cubano se ríe tanto de los poderosos, los corruptos y las injusticias, como de los borrachos, la mala vida y hasta del qué dirán.
En una réplica ofrecida a la serie de artículos ¿Con qué se ríen los cubanos?, aparecida en el semanario Trabajadores, Iván Camejo Vento, diirector del Centro Promotor del Humor, asegura que “así como el resultado del humorismo es la realidad filtrada a través de un prisma que distorsiona, agranda, empequeñece, que sublima lo terrenal y divide y mezcla los colores de la vida convirtiéndola en arte, hay que acercarse al humor desde todas las aristas”.
Y para lograr esto, se necesita que las autoridades y quienes califican de hipercrítico y discordante con la sociedad el humorismo cubano de hoy, entierren la censura y se quiten la careta, respectivamente, antes de subir a carcajearse a la barbacoa, o liberen su sonrisa en la oscuridad.
Cuando algún Severo Seriote (SS) se pregunta ¿Con qué se ríen los cubanos?, el verdadero humor está en peligro y sólo asoma la cabeza disfrazado de pujos y banalidades.
Hay que cuidar el humor: es lo único que aún nos pertenece a los cubanos.