Marzo 19, 2008
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba – Marzo (www.cubasindical.org) - Al socialismo real no le asienta el debate transparente, ni otras vestimentas que dejan en el iris el sello de la extravagancia. Me asalta la pregunta: ¿Cómo acceder a abrir algún espacio para ejercitar la libertad económica individual y a la vez cerrar las posibilidades de reformar el insuficiente monopolio estatal con sus lastres de incompetencia asociados al estancamiento?
Es difícil creer que sea factible un balance a prueba de rupturas donde converjan dos visiones totalmente opuestas en cuanto a propiedad y patrones de eficiencia se refiere, sobre todo en un país relativamente poco poblado, pequeña extensión territorial y de una cultura occidentalizada.
Tal escenario sería un acicate para elevar el nivel de conflictividad social, ya de por sí sujeto a crecientes tensiones con serios elementos para determinar respuestas mucho más agresivas e incontrolables.
¿Existe en términos reales la capacidad para implementar aperturas, y conservar intacta la débil cohesión ideológica sostenida con huecas retóricas y métodos de control social sin la efectividad de antaño?
De acuerdo al perfil de algunos de los discursos donde ha estado presente la supuesta reconsideración de una parte de las políticas inmovilistas, es obvio que se cifran esperanzas en relación a la idea de forjar un modelo a través del cual preservar la institucionalidad centralizadora por un lado y por el otro abrir un reducido marco de actividades independientes.
Sin dudas estamos frente a una estrategia que no rebasa el marco teórico o justamente al lado del mar de contradicciones, ante el dilema de sostener un proyecto que no resiste los vientos de un cambio, independientemente de su ritmo y profundidad.
El socialismo en Cuba se ha autoagredido por demasiado tiempo. El voluntarismo, la burocracia, los excesivos controles, la ideología antes que la racionalidad y la eficiencia forman parte de una extensa lista de lesiones imposibles de curar con nuevas utopías o con terapias que lograrían, en el mejor de los casos, un cierre en falso.
No sería sorprendente, que a corto plazo, se tratara de instaurar medidas de carácter simbólico e indispensables para alimentar las ilusiones de cambio en el imaginario popular y por supuesto en la opinión pública internacional.
Todo quedaría encadenado a una mentalidad utilitaria y que persigue más que una transición hacia a la democracia, una suerte de continuidad donde queden intactos los principales resortes del poder.
Para un gobierno que ha hecho de la unanimidad y la movilización popular dos vertientes de legitimidad, le es imposible adoptar otras visiones por mínimas que sean. Aceptar críticas en consonancia con la espontaneidad y sin omisiones temáticas derivaría en el caldo de cultivo para estimular una discusión que, en plazos más o menos cortos, tendría en la mirilla a las bases del sistema.
Particularmente, estoy casi seguro que la élite, en esencia, se mantendrá reticente a un proceso de cambios basados en la coherencia y en un sentido donde se evidencie una voluntad libre de dogmatismos y prejuicios.
El socialismo que pusieron en cartelera los barbudos de 1959 degeneró en una mezcolanza de doctrinas que devino en un engendro de difícil categorización. A lo que más se asemeja es a un capitalismo de estado, aunque también sobresalen rasgos feudales y estalinistas.
Reforma, apertura, transición. Esas son indumentarias que no se corresponden a los gustos de un régimen anclado en costumbres arcaicas.
Se quiere perpetuar el mismo ¿orden?, insistir en una filosofía que choca con los intereses de la mayoría. Tenemos relevantes índices de instrucción en correspondencia con nuestros pares latinoamericanos. Hay más médicos por habitante que en muchos países del primer mundo.
Eso es parte del universo estadístico tras el cual se ocultan matices que fundamentan, con lujo de detalles, los desajustes entre la inversión de recursos y resultados que van contra un desarrollo armónico de la sociedad. ¿Para qué tantos profesionales de la salud si la calidad del servicio continúa siendo una quimera? ¿Cómo comprender que una elevación considerable del grado de instrucción es inversamente proporcional al logro de un nivel de vida decente?
Si se repite que los índices de aprobación a las gestiones del gobierno son superiores al 90%, ¿qué justifica el deseo de abandonar el país hacia cualquier parte y por cualquier medio de tantos ciudadanos, fundamentalmente jóvenes?
Estas son preguntas sencillas para las que el oficialismo no tiene respuestas convincentes.
No creo que en la cúpula exista un plan de envergadura para salir de los esquemas actuales. Un cambio representaría la admisión del fracaso. También es lógico el temor a que se desborden las aguas de las insatisfacciones populares a cuenta de la acumulación de promesas sin réditos tangibles.
No obstante las bridas están demasiado tensas y la dinámica de un cambio se puede precipitar lo que indica la pertinencia de decisiones urgentes. Frenar con brusquedad es suicida. También es insensato continuar obviando los imperativos de la dialéctica.
Se acerca un desenlace. ¿Habrá que esperar uno, dos, tres años? Realmente no me atrevo a fijar un vaticinio. De lo que sí estoy seguro es el acortamiento del tiempo en la asunción de las responsabilidades históricas y políticas de los herederos del poder absoluto.
Mantengo mis reservas sobre la capacidad de este socialismo para reformular sus tesis. Quieren ir por las ramas cuando se hace impostergable mirar a las raíces.
La democracia con todos sus atributos es una camisa de once varas. Mucha tela para el cuerpo de una revolución que se accidentó en los caminos de la experimentación.
Permítanme dar una modesta opinión antes de un final que auguro tenso y espinoso: el socialismo en Cuba fue una inversión catastrófica. Dejará hipotecado el futuro entre las ruinas visibles y otras que aparecerán en su lenta disolución o en su súbita quiebra.