Mayo 15, 2008
Queridas hermanas y queridos hermanos en comunión de amor por la libertad:
No como recurso oratorio, sino que realmente estoy muy emocionado. Siempre considere mis hermanos y mis hermanas a los que sufren y luchan por la libertad en cualquier lugar del planeta Tierra donde se encontraran. Por eso casi siempre frente a los auditorios les llamo mis hermanos y mis hermanas. Y ahora que hay teorías bastantes aceptadas de que podría ver seres en otras galaxias, y allá los hubiera también sufriendo y luchando por la libertad, son también mis hermanos.
Este homenaje de ustedes lo habría agradecido en cualquier instancia de mi vida, pero lo agradezco muchísimo más ahora, que tengo plena conciencia de que estoy viviendo por Gracia de Dios las horas extras de mi existencia. Y llegan en momentos en donde quizás, no sólo yo, sino miles y miles de latinoamericanos, vivimos tremendas angustias, por los horizontes un tanto nublados que tenemos por delante en la lucha por la libertad y por la democracia.
Hay una tentación -que voy a vencer- y es la de extenderme como sería normal ante la presencia de un auditorio que tiene referencias de largas luchas latinoamericanas, por lo que han leído o por lo han escuchado, porque todos son muy jóvenes, en todo caso mucho más jóvenes que yo.
Pero voy a vencer la tentación y voy a resumir solamente, como a grandes pinceladas, para que les sirva de aliciente e inspiración en la lucha del porvenir, lo que me tocó vivir a mí desde las trincheras sindicales y políticas.
Los pueblos latinoamericanos estuvimos enfrentados a las llamadas dictaduras militares de derecha. Fue una recia, una dura batalla, confundida en algunos momentos por la presencia del episodio aberrante de la guerra fría. Estábamos -los movimientos sindicales y los movimientos políticos afines a nuestras ideas- enfrentados a una cadena de dictaduras que algún dirigente, con inspiración casi literaria, llamó “La Internacional de las Espadas”. Fue una batalla muy dura: presos políticos, exilados, asesinados; y de fondo las confusiones que creó la Guerra Fría.
Estábamos unidos, muy unidos, los movimientos sindicales, desde Canadá, los Estados Unidos, hasta la Argentina, y los movimientos políticos afines en esa lucha contra las dictaduras. Pero ya se había producido el dominio del marxismo-leninismo en Europa Central y Oriental y ahí hubo confusiones, entrecruzamientos que nos hicieron más difícil la lucha. Factores políticos y militares de los Estados Unidos estaban agradecidos con nosotros por nuestra solidaridad con los pueblos que habían caído detrás de la Cortina de Hierro. Pero cometieron el gravísimo error, y que se ha pagado muy caro políticamente, de creer que esas dictaduras militares eran sus aliadas idóneas para la lucha contra el comunismo en América Latina. Esos nos hizo muy dura la batalla de organizarnos. Pero reivindico aquí la actitud del movimiento obrero americano que, desde círculos académicos muy importantes y prestigiosos de los Estados Unidos, estuvieron siempre del lado de los latinoamericanos en la lucha contra las dictaduras militares de derecha.
En una conferencia -tenía que ser en una Habana democrática- en los años 50, vieran ustedes, todos los jóvenes, la lista de los dirigentes sindicales de Estados Unidos, Canadá y América Latina y de dirigentes políticos que asistieron a la conferencia de La Habana para unir fuerzas en la lucha por la democracia, por la libertad en América Latina.
Se dieron hermosas batallas. Llegamos a un instante en donde casi, de una serie de gobiernos dictatoriales pasamos a gobiernos elegidos en procesos electorales más o menos aceptados.
Pero ocurrió otros de esos accidentes de la historia, y fue el proceso revolucionario de Cuba. Los que estábamos involucrados desde entonces con gran fervor en la lucha por la liberad y la democracia creímos que se trataba de un movimiento por la libertad y por la democracia, y lo apoyamos. Fue muy grande -para muchos paulatina para mí casi inmediata- la desilusión, porque fui de los primeros dirigentes latinoamericanos que el 22 de abril de 1961, como diputado de la Asamblea Legislativa de Costa Rica, ya había dejado mi trinchera sindical internacional, cuando pronuncié el discurso que circuló mucho en el mundo en diferentes idiomas bajo el título “No hay revolución sin libertad”.
Se me reprochó en aquel momento, porque en ese momento de la historia Castro había alcanzado una cúspide casi de su gloria universal. Se le tenía como el gran defensor de los pobres, de los trabajadores, de los pueblos, frente al imperialismo -porque hablaba todos los días de imperialismo, y no del otro al que se alineó tan pronto.
Y ahí comenzó otra lucha muy difícil para los sindicatos y los partidos democráticos. Porque habíamos tenido un frente bastante unificado en la lucha contra las llamadas dictaduras de derecha, pero cuando vino la necesidad, el imperativo moral y político de solidarizarnos con un pueblo que había sido traicionado, no encontramos el mismo apoyo que nosotros habíamos dado a todos que estaban luchando contra las dictaduras militares de derecha.
Ha sido ingrata la manera de actuar de muchos de a los que inclusive ayudamos a liberarse de las dictaduras de derecha. Ha pasado casi medio siglo para un pueblo en donde en el paredón no sólo cayeron, como se dijo al principio, los torturadores y esbirros de la dictadura, sino los propios compañeros de la Sierra Maestra y del Escambray. Y después de eso, en estos casi 50 años, miles a las prisiones, miles han muerto en las prisiones, miles han sido devorados por los tiburones o ahogados en el Estrecho de la Florida. Y no hemos encontrado el eco que moral y políticamente necesitábamos en solidaridad con el pueblo cubano.
Estamos a vísperas de los 50 años de la dictadura y todavía encontramos, no gente que nos regatea esa solidaridad, sino gente descaradamente apoyando la dictadura cubana. En todos nuestros países, en todos nuestros países. Esta ha sido una conducta que nos ha descorazonado y nos ha producido frustración, pero en ningún momento nos ha borrado de nuestras mentes y de nuestros corazones la obligación que seguimos teniendo para un pueblo hermano, que al igual que todos los demás pueblos de América, ama la libertad, aman la democracia y ha pagado ya mucho en sangre, mucho en exilio y mucho en muerte el seguir perseverando, como los demás pueblos de América, en su amor a la libertad.
Yo sí no tengo ese remordimiento, porque como acabo de decir, habiendo creído, y habiendo sido amigo de Castro, habiendo contribuido como el que más a sacarlo de la cárcel de México donde yo tenía mi posición como líder obrero internacional, habiendo buscado ayuda en Costa Rica, yo no necesité mucho tiempo y fue el 22 de abril de 1961 cuando hice mi discurso “No hay revolución sin libertad” y denuncié que esa no era una revolución latinoamericana. Las revoluciones latinoamericanas auténticas tienen que ser por la libertad, con la libertad y hacia la libertad, y ya estaba ese movimiento político definitivamente alineado con el imperio soviético.
Llegamos casi a los 50 años de este sufrimiento del pueblo cubano. Y después de que habíamos avanzado por lo menos en el área de la democracia política, un fracaso de las nacientes democracias políticas -después de la etapa de las dictaduras- en la solución de los problemas de la pobreza y en la solución de los problemas de la producción, porque los movimientos auténticos de la democracia en América Latina saben que es mentira que se pueden resolver los problemas de la pobreza si no se resuelven también los problemas de la producción.
Ese fracaso produjo frustraciones en los pueblos, produjo desesperanzas en los pueblos, y aparecieron los movimientos políticos que se montaron en esa ola de desesperanza y de inconformidad y de insatisfacción de los pueblos. Y hablaron esos movimientos del desastre de lo que ellos llamaron los partidos tradicionales, de la corrupción de los partidos tradicionales, como si no supiéramos que en la dictadura la corrupción es peor, sólo que se paga con la vida o con la cárcel denunciarla.
Y en esa ola aparecen los movimientos de regresión democrática en América Latina. Y no estamos viendo el frente compacto ni para solidarizarnos con el pueblo de Cuba y lograr que alcance algún día otra vez su libertad y su democracia, ni para frenar los procesos de regresión democrática que estamos viviendo en América Latina.
No se imaginan ustedes la tristeza que nos da a los viejos combatientes oír el manoseo que se hace de nuestros próceres en boca de los dirigentes de esos procesos. Yo desde mi adolescencia fui bolivariano, desde mi adolescencia fui martiano. Nunca vi tanta humillación a una figura regia como la de Martí, el más sublime de nuestros libertadores, ni el manoseo tan obsceno de la figura de Bolívar, como lo que estamos viendo en estos últimos tiempos. La tristeza que me da también escuchar discursos en donde se hace una mezcla rara de la figura de Bolívar con el mensaje de paz y de justicia de Jesús de Nazareno.
Es un agua sucia que se tira a los ojos de los pueblos. Y no sé si todos nos estamos percatando de que todo esto es contra la democracia, contra la libertad. Que es falso que se esté ayudando realmente a los sectores trabajadores y a los sectores necesitados de nuestras naciones. Que la pobreza sigue siendo nuestro principal y gran flagelo. Y que inclusive es un movimiento de regresión antidemocrática solapada o abiertamente partidario y de ayuda al terrorismo. Y que el terrorismo no es siempre en contra de una nación -a veces hablan que en contra de EU o de Israel. En realidad es en contra todas las ideas y todos los valores de la democracia y la libertad. Y solapada o abiertamente están aliados con el terrorismo en América Latina y en el mundo.
Queridas hermanas y queridos hermanos: No tomen mis palabras como pesimistas. Nunca lo he sido, ni en las horas más difíciles de nuestra lucha por la democracia, contra las dictaduras militares de derecha y no lo soy en estos instantes en donde se están dando todos estos fenómenos. ¿Y por qué no soy pesimista? Porque conozco la historia de los pueblos latinoamericanos desde antes de la independencia. Y esos pueblos -desde antes de la independencia- ya declararon un amor profundo a la libertad. No han podido, las tiranías de derecha, ni ahora las de izquierda, ni la regresión antidemocrática que estamos viviendo, erradicar, extirpar, el profundo amor de los pueblos latinoamericanos a la libertad.
Y por eso yo creo que tarde o temprano -seria mejor más temprano porque ya ha esperado mucho el pueblo de Cuba- Cuba vuelva a la libertad y la democracia. Y que más temprano que tarde frenemos los movimientos de regresión antidemocrática, aliados con el terrorismo, en América Latina.
Nunca se dieron por vencidos los latinoamericanos, ni en las horas más aciagas de sus luchas por la libertad, o por la justicia social. Nunca se dieron por vencidos.
El veneno de estas prédicas raras o antidemocráticas o a favor del terrorismo nunca logró erradicar ese amor por el camino democrático, por la libertad. Siempre salimos adelante. Nos costó sangre, nos costó exilio, nos costó muertes, nos costó muchas cosas, pero siempre el pueblo latinoamericano triunfó a la hora de superarse por la libertad. Puede demorarse. Pero yo les aseguro, yo tengo profunda certeza, -y Dios ha sido generoso conmigo extendiéndome sus horas extras-, que lo yo creo que es la extensión tan generosa de Dios me va a permitir ver la aurora de la libertad en Cuba, ver la aurora de la democracia en Cuba y me va a permitir ver frenar los movimientos de regresión anti-democracia que hay en América Latina en estos momentos.
Les agradezco infinito que me hayan recordado después de tantos años. Casi todos mis compañeros de las primeras batallas en Costa Rica, en América Latina y en el mundo, ya emprendieron su viaje a la eternidad. Yo me quedo aquí, en representación de ellos, para festejar la aurora de la libertad en América Latina.
Muchas gracias.
San José de Costa Rica, mayo 14, 2008.