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Octubre 4, 2008

Penélope de la Fraternidad

Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press

LA HABANA, Cuba, octubre (www.cubanet.org) - Los albergues de tránsito cubanos son un monumento a la inmovilidad. Una estación perdida donde miles de Penélope aguardan mientras tejen y destejen sueños en la espera inútil de un apartamento salvador.

En Cuba los tránsitos y las transiciones son difíciles de lograr, pues tienden a eternizarse o quedar paralizados de por vida. La década de los años 60 fue la etapa inicial en la paralización, o tranques infinitos, del tránsito en cuestiones sociales, políticas y económicas que han embotellado al país.

Desde el tránsito de la abundancia a la libreta de racionamiento, los juguetes normados y miles de situaciones restrictivas provisionales, como la suspensión de las navidades hasta que concluyera la zafra de los 10 millones, miles de cubanos han aguardado hasta la fecha por un retorno a la posición anterior.

La transitoriedad de los acontecimientos negativos hacia los positivos toma meses, años y no dudo que siglos de seguir detenido el paso hacia otra sociedad con mayores opciones para transitar. Y en eso los albergues de tránsito constituyen la regla y no la excepción.

Cuando a Rosa María Cambar la casa se le derrumbó, enseguida acudieron los factores, le recogieron los escombros, llenaron de mercurio sus heridas y le prometieron que sería reubicada en unos meses, pero debía esperar en el albergue de tránsito La Fraternidad.

Contenta y con los bártulos a cuestas, la joven Rosita entró en una “confortable” habitación de 3 metros de largo por dos de ancho ubicada en el centro de una nave con otros diez apartamentos similares, un comedor colectivo con meseta de cemento sin pulir y un baño colectivo del ancho de una gorra, pero famoso por su olor a cacafuaca mezclada con perro en estado de descomposición.

Hoy, a sólo 25 años de los sucesos y promesas, la vieja Rosa sonríe al contemplar las caras de dicha de quienes creen que sólo irán al albergue de forma provisional.

José Alberto Rodríguez es víctima también de tanta agilidad. Con espíritu deportivo, fe en la premura y los esfuerzos de las autoridades del país en resolver, luego del derrumbe partió al albergue con su esposa e hijos hace sólo 20 años, y aún recorre las aulas convertidas en habitación para dos núcleos familiares en el albergue de tránsito de El Chico, en el Wajay.

Pero como decía Gardel, veinte años no son nada, y menos si a las causas de la demora, aparte de la melodía de un tango, se le incorpora una música de huracán.

Por eso, si Ulises no se apura en regresar y se convierte en constructor, su amada Penélope, en lugar de envejecer y morir en el andén de una estación, lo hará en el albergue de tránsito La Fraternidad.


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