Diciembre 31, 2008
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubasindical.org) - La originalidad del castrismo es incuestionable. Ha teñido la historia con sangre de todas las edades. Puso en la vitrina el orgullo nacional, una independencia con maquillaje y ropas alquiladas para sacarle al mundo una mueca de asombro, y vendió la igualdad social como la pieza más auténtica que ojos humanos vieron.
Todo ha sido parte de una tragicomedia donde payasos y verdugos alternan los papeles después de enterrar la ética y darle a la moralidad dos patadas.
El miedo tiene voz de mando y licencia para entrar a cualquier hora en la vida de cada cubano. Por eso se ajusta la personalidad a la medida de las circunstancias. El que es ladrón por la mañana, puede asumir con presteza la responsabilidad de participar en un acto patriótico en la tarde y luego -tras el crepúsculo- ponerse a repasar las interpretaciones del día siguiente.
Ese es el país que el poder mantiene bajo doble cerradura y cerrojos de acero inoxidable. Detrás de esas puertas hay dolor y desesperanza, resignación y tristeza, cruces y epitafios. Me basta poner la vista en Yulei Parra para convencerme de que vivimos, algunas veces sin advertirlo, demasiado cerca de la muerte. Su silencio es suficiente, su cara el testimonio de la inocencia. Ella hoy no tiene carne, ni emociones, existe gracias a una fotografía en blanco y negro que observo con detenimiento. Murió en el 2006 con 23 años de edad tratando de escapar de la Isla.
Justamente a su lado, las lágrimas de Carmen López me queman el alma. Llora al enterarse de que su hijo es otro cadáver de la tumba líquida que se extiende desde la costa norte de Cuba hasta los cayos del estado de la Florida. El mar se tragó a Jorge en el año 2000.
Más abajo Carlos Costa muestra las huellas de la alegría. Ríe levemente. Un misil lo hizo polvo en pleno vuelo, en 1996, disparado por aviones de combates de la fuerza aérea cubana. Era miembro de la organización Hermanos al Rescate, con base en Miami, dedicada a detectar balseros en el mar con el fin de contribuir a su salvación.
No puedo sostener la mirada delante de la instantánea de Wendy Mustelier. Me enseña un cartel de uno de los 10 niños ahogados en el 1994, tras ser embestida la embarcación en que viajaban -con sus familiares- rumbo a Estados Unidos.
El Nuevo Herald, editado en Miami, me ofrece un viaje por esas zonas del pavor en que Cuba ocupa un vasto territorio. La guía turística es la doctora María C. Werlau, quien junto a un grupo de investigadores, entre ellos el desaparecido doctor Armando Lago, viene documentando el santo y seña de las víctimas del sistema político impuesto desde el 1 de enero de 1959.
De acuerdo al estudio, el saldo de muertes a causa de la implantación de una dictadura a punto de cumplir el medio siglo asciende a más de 8, 200 personas. De estos, 5 732 son fusilamientos, asesinatos y desapariciones y 515 muertes en prisión por negligencia médica, suicidio y accidentes. En cuanto a los decesos motivados por intentos de fuga por mar, hay documentados 1, 104, pero cálculos conservadores insisten que el número de fallecidos, en está jurisdicción mortuoria, pudiera superar los 77 000.
El inventario aún está por concluir, y eso debería causar espanto. Lamentablemente no existe la suficiente conciencia en el mundo del estrecho vínculo entre socialismo y muerte. Tal valoración no es absoluta. Sin embargo, lo que predomina en la arena internacional respecto a la tiranía tiene más en común con la complicidad y la indiferencia que con un espíritu de implicación activa en pos de ayudar a detener el abuso flagrante y la brutalidad en sus fases más retrógradas.
Muchos de los que así han actuado y actúan alegan las inexplicables muestras de pasividad del pueblo cubano. Otros prefieren exaltar el país que el poder ha creado como cortina de humo. El socialismo es capaz de llenar buena parte de la geografía del Tercer Mundo de médicos y alfabetizadores e incluso despojarse de otros valiosos recursos tanto humano como materiales con el fin dejar constancia de una tangible filantropía.
Algo que el equipo de investigadores nunca podrá reflejar en su documentación son las enormes cuotas de sufrimiento durante este período, tenebrosamente abierto a nuevos casos de torturas y muertes.
El castrismo puede matar a cualquiera en vida. Tiene medios y voluntad como los tuvieron Francisco Franco y Augusto Pinochet. En mi barrio vivo rodeado de muertos. Gente que sueña con persecuciones y grilletes.
Todos corremos el riesgo de engrosar las listas que conforma la doctora Werlau. Por desgracia, todavía el telón del teatro está suspendido, las luces y la ambientación listas, los actores en sus tradicionales posiciones. La tragicomedia continúa.