Febrero 5, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubasindical.org) - Manfred Nowak no es mago, pero podría convertirse en el artífice de una dinámica que obligue al régimen de La Habana a adoptar ciertas transformaciones en el ámbito de los derechos humanos.
Si logra definitivamente realizar una investigación con una clara perspectiva de imparcialidad y abarcador sentido profesional en la visita que realizará a Cuba en fecha aún no determinada, sus valoraciones distarán de poseer un perfil fundado en el elogio y la desnaturalización de la problemática nacional en cuanto a la tortura.
El señor Nowak se ocupa de estos asuntos en el seno de las Naciones Unidas y cumplirá un mandato del -todavía joven- Consejo de Derechos Humanos.
Cuba es uno de los países que se somete, este año, al Mecanismo de Examen Periódico Universal de la referida entidad internacional y se prevé la visita de varios relatores a partir de invitaciones cursadas por los países elegidos para el escrutinio.
Después de cinco décadas de preeminencia del partido comunista en los destinos de la nación caribeña, se observa un record de violaciones que supera con creces lo sucedido en los 17 años tomados por Augusto Pinochet para implantar una dictadura que dejó un saldo de más de 3 mil muertos y desaparecidos.
En Cuba, de acuerdo a investigaciones llevadas a cabo por un equipo de especialistas cubanos en el exilio implicados desde hace varios años en un proyecto de esclarecimiento histórico en relación a las víctimas del denominado período castrista, son más de 8 mil las personas privadas de relatar su calvario. Todas han muerto a causa del uso de la fuerza bruta y de otros mecanismos de exterminio más sofisticados. La tortura ha sido una constante en el desenvolvimiento de uno de los partidos que más tiempo ha permanecido en el poder en la historia contemporánea.
No hay que ser un erudito para encontrar el origen de la pretendida unanimidad social en torno a los postulados ideológicos del partido de gobierno. De no ser por el terror, implantado a nivel laboral, comunal y escolar y en el resto de las áreas que conforman las estructuras de una nación, la Revolución cubana hubiese agonizado con la llegada del año 1968, fecha en que comenzaron a instalarse los primeros cimientos del actual totalitarismo en función de alargar la permanencia en el poder.
En las primeras dos década, a partir de 1959, fueron los fusilamientos; con posterioridad se hallaron formas de corrección a través de las cuales esquivar con mayor efectividad los señalamientos internacionales y la repulsa de algunas personalidades conocedoras de las cruentas prácticas represivas de los gobiernos comunistas, desde Mao Tse Tung y José Stalin hasta Kim Il Sung.
Según estiman analistas de la realidad cubana existen más de 80 mil agentes y colaboradores de la policía política, muchos de estos últimos reclutados por medio del chantaje. El hecho de tener que sobrevivir gracias a las actividades económicas ilícitas -al no contar con posibilidades de obtener salarios decorosos en las empresas o fábricas del estado- ofrece una cobertura inagotable para mantener una red de vigilancia muy eficaz y de indudable correlación costo-beneficio para los represores.
Se suele pensar, quizás por reacción involuntaria, que el término “tortura” empieza con el verdugo encapuchado con el látigo en alto o el hierro incandescente listo para horadar la piel del atormentado y termina con quiénes usan la corriente eléctrica como castigo, la inmersión continua de la cabeza en un balde con agua o el aislamiento en una celda por tiempo indefinido.
Estas son estimaciones válidas para ilustrar escenas terribles de crueldad pero son innumerables las maneras que el ser humano ha ideado para hacer sufrir a sus semejantes.
Junto al avance científico y cultural también ha evolucionado la metodología de doblegar la voluntad del hombre, sobre todo en países donde no existen efectivas protecciones legales contra esos atropellos.
Sin instituciones independientes que promuevan y protejan el pleno ejercicio de los derechos civiles, políticos, jurídicos económicos, sociales y culturales, el ciudadano cubano queda en un limbo legal.
La proclividad de ser víctima del abuso en cualquiera de sus formas es algo que se asume con resignación y muchas veces cediendo cuotas de honestidad y autoestima con el propósito de preservarse de un entramado de penalidades que cubren un espacio donde aparece el injusto encarcelamiento, los actos de repudio, una paliza, la expulsión del centro de trabajo y otras variantes de tortura física y psicológica.
Enfrentar un juicio sin una defensa creíble, estar más de 8 meses en una celda de aislamiento enfermo y sin asistencia médica junto a nubes de mosquitos y visitas de roedores; tener que comer alimentos descompuestos, cuero de res hervido y otras inmundicias.
Tuve el triste privilegio de padecer todo eso, y más, en carne propia. Todo, por sólo apropiarme de un espacio para ejercer la libertad de expresión. Escribir sobre la realidad cubana sin autorización oficial me costó pasar por algunos de los infernales círculos de la tortura. No soy el único. Hay miles que podrían inundar de anécdotas la agenda del señor Nowak.