Febrero 23, 2009
Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press
LA HABANA, Cuba, febrero (www.cubasindical.org) - Vuelve la carne rusa. Los acuerdos firmados por la Comisión intergubernamental Moscú-Habana, y entre los presidentes de Cuba y de la Federación Rusa, Raúl Castro y Dimitri Medvedev, así lo confirman.
Vuelven las matriuskas, aunque disfrazadas de Barbies y sin punto de contacto con la koljosiana pálida y delgada como un abedul que contrabandeaba en La Habana de los años 70, oculta tras una mirada triste y el pelo escapando de una flor.
La imagen de la deportista moscovita Vera Zvonareva moviéndose sobre zapatillas NIKE mientras disputa una bolsa de 4,5 millones de dólares en un Máster de tenis en Wimbledon, Zúrich o Doha, alejó del trigal a las campesinas del koljoz.
Volverán las botas rusas a la Isla, pero no el imberbe y desaliñado recluta de cabeza rapada que a cambio de una botella de ron ofrecía chocolates, latas de conservas, camisas y pantalones de su natal pueblito de Stepanchicovo, a los humildes habitantes del barrio de Belén.
Despojados del congelamiento de un largo invierno comunista llegarán a Cuba no los Dimitris, Katiuskas y Vladimires víctimas del pecado original del marxismo-leninismo, sino los Washington Putin, las Martina Novratilovas y los Steven Gorbachov.
De seguro el oso Misha regresará disfrazado de oso Yogui, y en el animado Deja que te coja liebre, el lobo le caerá detrás al inquieto animalito por una escenografía de Hollywood y no por la desmantelada de Mosfilm.
El idioma ruso por radio no podrá regresar porque en Moscú se habla inglés, aparte de que los tiempos cambian y hoy Cuba prefiere el chino.
Los préstamos serán reembolsables y devueltos con interés, mientras los consejos de ayuda mutua económica sólo servirán para conversar sobre tanto me das, tanto recibes.
Ya Moscú no cree en lágrimas y los setenta instantes de la primavera comunista se esfumaron tras la neblina enfermiza de un bosque de ciprés tomado sin un tiro entre jolgorios de perestroikas y glasnost, y si acaso vuelan de nuevo las cigüeñas es obligatorio pagar.
El escenario es otro, la tramoya también. Ya el adusto y embalsamado rostro de Lenin no preside la firma de 34 documentos de intercambios desde el Gran Palacio del Kremlin, sino la foto sonriente del presidente de Gazprom.
Las medallas y condecoraciones que aun no han sido vendidas se herrumbran o desgastan en los ventorrillos de la calle Arbat, y los veteranos de la guerra sueñan mientras tiemblan de frío con la bolsa de Tokio y Nueva York.
Se baja el telón y se sube el telón. Pero nunca segundas partes fueron buenas, y menos si detrás de los gritos de ¡Hurra! vienen los nuevos zares.