Marzo 11, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubasindical.org) - El mundo entero empuja con fuerza el muro del embargo. Para sumar brazos a la faena, encontraron en el diccionario la palabra “bloqueo” y desde entonces el ejército de voluntarios se multiplica inusitadamente.
Los eslóganes de repulsas y exigencias han tomado por asalto la conciencia universal imponiendo una lectura simple y asequible de lo políticamente correcto: levantar las restricciones al comercio que mantienen los Estados Unidos contra Cuba desde los primeros años de la década del 60 del siglo XX. Pero ¿y qué de las gruesas tapias delante de los derechos fundamentales de todos los cubanos, construidas por policías y fiscales nacidos en el mismo suelo de las víctimas?
Esos ángulos del paisaje quedan fuera del campo visual de quiénes dicen ser amigos del pueblo de la Isla, sin reparar en esas erróneas percepciones que redoblan los márgenes de vulnerabilidad de los millones de afectados.
Es una pena esa falta de agudeza a la hora de descubrir abusos y obstáculos moralmente escandalosos. ¿Por qué los integrantes de las brigadas de solidaridad –que avivan sus energías por los cinco continentes para derribar el muro- no dan detalles de los agujeros y las erosiones a lo largo y ancho de la estructura por donde hay trasiegos suficientes para poner el término “bloqueo” bajo sospecha?
En esta ocasión el acto de defensa se convierte en juego de complicidades donde se legitiman las políticas gubernamentales dadas en menoscabar los derechos ciudadanos.
No es serio tomar una parte del problema y presentarlo como la causa principal y única. El resultado no podría ser más descorazonador: casi doce millones de habitantes impedidos de ejercitar libremente sus capacidades individuales en aras de mejorar su nivel de vida, también privados de salir y entrar de su país a no ser con una previa autorización, sin cobertura legal para asociarse al margen de las instituciones del estado y sin posibilidades de acceder al uso de la libre expresión. Hay más fortificaciones y candados que no tienen el emblema Made in USA.
No son necesarios espejuelos, ni diccionarios bilingües. Las prohibiciones llevan el cuño de una élite que se entronizó en el poder para usufructuarlo más allá de reglas y fechas de vencimiento. Juzgan y mandan con el idioma de la fuerza y la impunidad. No les ha importado las consecuencias. Simplemente quisieron desde el comienzo transformar a Cuba en un feudo a disposición de una minoría y lo lograron con sobrado margen de éxito.
En sus ojos no hay personas, sólo números con los cuáles hacer lo que se le ocurra con tal de mantener sobre bases seguras, sus prebendas y el control. Por eso encarcelan y secuestran, oprimen y maltratan a un costo relativamente infímo.
El llamado bloqueo es uno de los disfraces para ocultar las tropelías. Fue, sin dudas, un buen diseño para desviar la atención de los delirantes efectos del proceso revolucionario.
Cada vez se suman más voluntarios al coro mundial contra esa política puesta en práctica en 1961 por el presidente John F. Kennedy. El llamamiento cuenta con un apreciable grado de eficiencia, la que no hay ni habrá en la economía del último bastión del socialismo en el hemisferio occidental.
En cuestión de bloqueos, me inclino por el que considero más letal -y no es precisamente el que se factura en Washington. En La Habana construyeron uno con más hormigón y cinismo. A ese, vivo golpeándolo como sólo he aprendido a hacerlo. Con mi voz y mis ideas. De no haber emprendido esa tarea, hubiera muerto de vergüenza.