Abril 2, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubasindical.org) - La insensibilidad es consustancial al socialismo. El diario Juventud Rebelde lo confirma con cifras que reflejan la gravedad del problema. Un 77% de las quejas de la población cursadas a entidades administrativas han carecido de respuestas efectivas.
Las demandas de la ciudadanía se estrellan con interminables esperas que con buena suerte no van más allá de desenlaces parciales o simplemente quedan atascadas en un pantano de justificaciones, promesas y otras figuras retóricas de larga data en el mundillo de la burocracia.
Sospecho que las cifras han sido previamente filtradas con tal de rebajarle algunos grados al desastre. No sería la primera vez y por desgracia tampoco la última.
De acuerdo a experiencias personales –y sin ánimo alguno de convertirme en un crítico movido por la subjetividad y el apasionamiento- me atrevería a sumar un 13% con el propósito de acercarme un poco más a los resultados reales de cuanto acontece en este renglón.
En Cuba, la confianza en las instituciones es cercana a cero. Es raro escuchar anécdotas agradables sobre las tramitaciones efectuadas en la solución de dificultades. No importa las características del asunto a resolver por el cliente. Las adversidades del atribulado pasan inadvertidas ante la impasibilidad de una vasta cadena de burócratas adaptados a un comportamiento parasitario y frío. Esto puede corregirse con una oportuna transacción monetaria o por medio del susurrante anuncio de un obsequio material.
Esas son las reglas que reavivan las llamas del descontrol y la indisciplina en todo el país, sin que se vislumbren los medios para encauzar por el buen camino la legalidad y el normal funcionamiento de las instituciones.
Al margen de los esfuerzos invertidos en aparentar preocupación ante lo que sobradamente pudiera calificarse de pandemia nacional, el curso de los acontecimientos se mantiene inalterable. Algo que no por esperado pierde el nivel de fatalidad a partir de la entronización de una mentalidad de rechazo hacia la ley y desconfianza en los órganos creados para atender los reclamos de la ciudadanía.
Existen relatos que bordean la ficción en relación al tema tratado en este espacio. Para un cubano esperar meses e incluso años por una respuesta del organismo al cual fue remitida la queja es ya algo tan normal como beberse un vaso con agua.
Una familia que perdió parte de la cubierta de su vivienda hace más de seis meses todavía aguarda por los materiales prometidos. Otro caso que denota la inviabilidad institucional es la demora de una brigada de reparadores de redes hidráulicas para destupir una cañería de donde parten torrentes de aguas albañales que anegan el frente de la casa de José, un jubilado que habita el inmueble junto a su esposa, hijos y nietos.
“Nadie puede dormir por la peste y eso que hace más de 15 días que reporté el problema”, me dijo hace unos días.
Esos ejemplos son simples cartas de presentación de un derrumbe moral y ético que sella una definición incontrastable: el socialismo inventado por Cuba no puede sobrevivir sin el mando de la generación que lo creó y lo sustenta.
El hecho de que permanezca actuando en los escenarios de la historia no es sinónimo de éxito. Es de hecho una gran desgracia, un craso error.