Abril 20, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubasindical.org) - Es lógico pensar que el índice de mortalidad en Tanzania ha disminuido desde el 2006. Desde ese año Cuba extendió su mano desde el Caribe para ponerle algunos parches a la pared de miserias que cubre a casi todos los países africanos ,y ahí están las estadísticas con cifras elocuentes.
Dice el gobierno de La Habana que es altruismo en estado puro, solidaridad sin mácula, cooperación desinteresada la labor realizada por los médicos en esa nación del sureste de África habitada por alrededor de 38 millones de habitantes.
Nadie en su sano juicio podría censurar este tipo de ayuda a núcleos poblacionales que sobreviven bajo el estigma de unos niveles de pobreza cuasi medievales. El hecho que se hayan efectuado hasta la fecha 141 800 consultas, 6 332 cirugías, más de 3 397 partos, además de la atención brindada a 11 623 personas infectadas con el virus del SIDA, es de por sí revelador desde el punto de vista humano.
Lo inexplicable tras la multiplicidad de expediciones humanitarias que han partido desde la Isla hacia decenas de países del tercer mundo radica en el notable decrecimiento de la calidad de estos servicios en intramuros y el surgimiento en espiral de las contradicciones de un país (Cuba) que es capaz de enviar especialistas en salud pública a curar enfermos en la periferia y el centro de la jungla y sin embargo no puede atender demandas del mercado interno que resultan ridículas.
Ponerle el cabo a una olla de presión, destupir una cañería con el fin de sanear el entorno de las aguas albañales, esperar horas en un consultorio después del diagnóstico debido a que no hay papel para las recetas, perder media jornada laboral a partir de las engorrosas gestiones para que un burócrata le plasme el cuño a un determinado documento.
Sería agobiante describir el listado de situaciones tragicómicas que, por desgracia, se han convertido en un problema de índole nacional que demuestra fehacientemente los desaciertos de la estatalización a ultranza.
En la superficie parecen un conjunto de nimiedades sin consecuencias que alarmen, pero en esencia son los frutos de la arbitrariedad como política de estado. Al margen de los éxitos obtenidos en su largo peregrinar, el partido de gobierno es un clásico reproductor de mediocridades y desequilibrios a nivel institucional.
Tener disponibles a miles de galenos, entrenadores deportivos y a otros especialistas en diversas ramas del saber para situarlos en selvas, cerros y favelas con el propósito de aliviar las desgracias de sus moradores es una postura plausible, pero que la vez obliga a fruncir el ceño como preámbulo a varias interrogantes.
¿Qué país, a no ser que se encuentre bajo el dogma totalitario, puede movilizar y distribuir a tantos profesionales que obedecen sin chistar una orden que los lanza a las zonas más crudas del subdesarrollo?
¿Cómo es posible que Cuba, aún con serios contratiempos económicos y estructurales, insiste en asumir un rol que excede sus potencialidades?
¿Es verdaderamente gratuita la cooperación? Son muchas las dudas en relación a una actitud que salva vidas en decenas de países y por otro lado sirve de cortina de humo para continuar gobernando el país como una finca.
Esos multitudinarios desplazamientos de personal calificado hacia áreas colonizadas por la extrema pobreza, cuentan con generosas retribuciones.
Votos asegurados en las batallas diplomáticas, trabajo ideológico en la base con la finalidad de favorecer una adhesión incondicional de la opinión pública de los países beneficiados, aseguramiento de soportes políticos y necesidad de construir y mantener el liderazgo moral y ético en la vasta geografía tercermundista. No son pocas las recompensas obtenidas de la muy diversificada red de asistencias que se activan con la mirada puesta en el saco de las utilidades.
Me alegra que los sectores menos favorecidos de Tanzania vean un rayo de luz en medio de su perenne oscuridad a raíz de las atenciones recibidas de los expedicionarios de bata blanca nacidos y residentes en Cuba.
No todo es celebración frente a este acto “filantrópico”. Tengo que pensar también en los más de 60 000 prisioneros (comunes y políticos) que habitan en las más de 200 cárceles y campos de trabajo que existen en la Isla, en las miles de familias que viven en albergues colectivos a la espera de una vivienda, en un pueblo que es obligado a sobrevivir al margen de ley a instancias de un torcido diseño económico incapaz de proveer buenos empleos y salarios decorosos.
Allá en Tanzania todavía se puede morir de enfermedades curables. Aquí de tensiones, miedos, negligencias y hasta de un asalto. Esto no es el paraíso, aunque innumerables hijos de África lo crean así. Entendería la equivocada presunción. El dolor del hambre y el desamparo produce espejismos.
Por estos lares son otros los matices de las alucinaciones. De seguro, ningún cubano ha visto por La Habana ninguna pista del Edén. Del infierno sí podrían contar experiencias inolvidables. Por supuesto no tan brutales como en las aldeas de aquel país sepultado en las profundidades de la involución.