Mayo 20, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Mayo (www.cubasindical.org) - ¿Ducharse? Esa sería una puntual expresión en boca de miles de cubanos al indagar si alguna vez en su vida han contado con el privilegio de poner sus cuerpos debajo de ese aditamento que facilita el disfrute de un espléndido aguacero artificial.
Innumerables núcleos familiares, fundamentalmente las generaciones más jóvenes, desconocen las bondades de ese invento que facilita un baño más reparador a tono con el avance hacia la modernidad.
En los solares y cuarterías de la Habana Vieja eso se traduce en una rara posibilidad, en un lujo que no aparece en la nómina de los deseos alcanzables.
El hecho que nos encontremos en una etapa superior del desarrollo tecnológico no quiere decir que esto sea un asunto marginal en comparación con las computadoras de última generación, la televisión satelital y cientos de productos de la revolución científico-técnica, al menos para una notable cantidad de coterráneos.
En Cuba todavía prevalece, a la hora del aseo, el cubo plástico junto al pequeño recipiente con el que dejamos caer las porciones de agua sobre las diversas partes del cuerpo.
La garantía para este esencial proceder, sobre todo para los habitantes del trópico, es voluble cuando se trata de Cuba. Existen zonas donde el agua llega a cuentagotas o cada varios días. Esto no representa los rasgos de una eventualidad para quiénes se encuentran en el centro de este dilema.
Emprender un agotador viaje para acopiar un determinada cantidad del vital líquido es un ritual con múltiples practicantes en los barrios periféricos, aunque el problema también se manifiesta en sitios metropolitanos bastante cercanos a los emporios turísticos de uso exclusivo para visitantes extranjeros.
A partir de la problemática con el abasto de agua afloran una serie de paradojas que dificultan la compresión del modelo político que rige en la Isla.
Bañarse, con ducha o sin ella, sigue siendo un asunto espinoso para muchos capitalinos. Por lo absurdo que resulta, es complicado abordar el tema y evitar denuestos, fundamentalmente si el interlocutor desconoce las especificidades de la vida en lo que se ha dado en encasillar como una alternativa socialista para todos los pueblos del tercer mundo.
Llegar a ser médico, ingeniero, o abogado en Cuba, es más fácil que ponerse bajo la lluvia artificial que parte de ese tubo niquelado empotrado en la pared o de otro más moderno que permite dirigir el chorro hacia dónde se quiera a partir de la flexibilidad del aditamento.
Recientemente la prensa oficial dio cuenta de la sustitución de viejas conductoras de agua para atenuar las dificultades en este servicio que afectan a miles de pobladores del municipio Centro Habana.
Las tuberías tenían casi un siglo de explotación lo que impedía un suministro estable del producto debido a los salideros.
Se dice que alrededor de 10 mil personas serán beneficiadas. Una cifra minúscula dentro del gran cúmulo de afectados en todo el país.
No hay por qué asombrarse si un cubano muestra sorpresa al preguntársele sobre los detalles a la hora de su aseo y refiere que la ducha es parte de un viejo recuerdo, un asunto sujeto al vaivén de las eventualidades o una referencia obtenida de alguien que pudo zafarse de los nudos del subdesarrollo.
En las barriadas más miserables uno de los baños favoritos es a la intemperie bajo un torrencial aguacero o en las turbias corrientes de algún arroyuelo cercano.
En estos ambientes pensar en ducharse con una regadera portátil en el interior de un baño correctamente azulejado e impregnado de saludables fragancias, es una vana ilusión.
Particularmente puedo considerarme afortunado. Cuento con la posibilidad de asearme con agua y jabón todos los días, gracias a un cubo plástico de color verde y una jarrita de idéntico material que, por cierto, ya necesita relevo.