Junio 8, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubasindical.org) - Las lluvias agredieron la noche de manera violenta. Parecía una versión del diluvio universal. Los relámpagos se disputaban el protagonismo en el cielo. Más atrás los truenos estremecían las paredes. Eran como un coro de leones hambrientos desplazándose por la ciudad sin un itinerario preciso.
Desde la ventana podía observar las calles anegadas y la luz de los rayos sobre las cuarterías que rodean el edificio donde resido.
Pensé en el drama de los inquilinos en su intenso combate contra las goteras. Los sueños estropeados, la angustia en pleno desarrollo, el padre de familia encolerizado, una madre que se lamenta haber nacido, el abuelo farfullando su ira, los niños somnolientos a punto de romper a llorar a causa de la vigilia obligada en uno de los pocos rincones a salvo de las ráfagas de agua disparadas por la legión de nubes.
En esa gente pensaba mientras retornaba a la cama. En esos cientos de núcleos familiares enfrentados al rigor de la tormenta con un escudo de papel cartón y la esperanza marchita.
No describo un drama casual. Le pongo letras a un desastre humano que tiene protagonistas en los 15 municipios de Ciudad de La Habana.
En esas chozas urbanas habita la enajenación y el temor, el desaliento y la duda. Basta una simple llovizna para que se active todo esa maraña de sentimientos sembrados en la psiquis de todos los cubanos alojados en viviendas sin mínimas condiciones para ser habitadas.
En la capital sobran historias de insomnios y calamidades causados por lluvias ocasionales, ciclones y otros eventos atmosféricos que el trópico engendra cada año. Esos son los momentos de mirar con resignación al techo poblado de curvas y orificios, listo para el asesinato.
Un caso ocurrido en la madrugada del 1 de junio sirve de alegoría para una realidad que quieren etiquetar como si fuera un producto de lujo sin que esto consiga sostenerse más allá de los esfuerzos de escribanos y voceadores al servicio del poder.
En una estremecedora escena el cuerpo de la anciana yacía bajo los escombros. Las torrenciales lluvias fulminaron la cubierta de la habitación. Nunca llegaron los materiales prometidos para la reparación.
Murió al instante aplastada por el alud compuesto por sendos trozos de concreto. Sus dos acompañantes viven para contarlo. Lograron ser sacados por los bomberos poco después del siniestro.
La difunta se llamaba Victoria Permuy. Un término de mucho uso dentro del discurso gubernamental.
Esa escena sintetiza lo efímero que puede resultar una palabra con la cual el régimen ha tratado de describir un mundo de presuntos logros y magnificencias. Pobre señora que, además, padecía de invalidez parcial. Pobres gobernantes que todavía continúan enarbolando esa palabra, a diestra y siniestra, como si no importaran todos esos signos de degradación material y espiritual reflejados en toda la nación.
La Victoria de carne y hueso ya no existe. La otra que manufacturan en las fábricas de ilusiones del partido comunista es, hace tiempo, un fantasma escurridizo. Esta última, hace tiempo que le di sepultura en los fosos del olvido. A la anciana muerta por el derrumbe, no. Era mi vecina.
Vivía en la calle Merced #320. En la parte más vieja de La Habana Vieja.