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Junio 15, 2009

Campanas al viento

Víctor Manuel Domínguez, Sindical Press

LA HABANA, Cuba, junio (www.cubasindical.org) - Ursulina Valdivia no conocía ni de “la misa el canto”, como solían decir los pobladores de Puriales de Caujerí en el Guantánamo de los años 50.

Guajira montaraz, semi analfabeta, pero linda como el amanecer en la punta del lomerío, daba de comer a los animales, recogía las frutas, pilaba el café y se enternecía del surco al bohío pensando en el guateque de algunos domingos.

Con un mar pacífico prendido en el pelo era la comidilla de cada canturía.

Entre tragos de ron, controversias, requiebros y unas miradas del padre de “si te veo enamorisqueada te mato”, Ursulina Valdivia, enfundada en sus vestidito dominical de guarandol de a peso, encendía la noche de sus admiradores y la envidia de sus contemporáneas quinceañeras.

Nadie de aquella zona enclavada entre lomas y ríos como hilos de colores que serpenteaban por las manos frondosas de una tierra que semejaba el Paraíso dejaba de admirar aquel cuerpo flexible como el dividivi.

Arisca, insolente, segura de su belleza, Ursulina cantaba tonadas campesinas que, saltando como tomeguines por el lomerío, se posaban coquetas sobre los azadones, las yuntas de bueyes, los secaderos de café y caían como el rocío en el alma y las manos callosas de los campesinos del lugar.

Pero fue Tirso Puente, el hacendado, quien se llevó el gato al agua.  O mejor dicho, a Ursulina para su chalet, como llamaban los pobladores del valle del Caujeri aquella casona con paredes de mampostería, techo de tejas, cinco cuartos y una camioneta Ford parqueada a la sombra de los cafetales que nacían en los alrededores y se extendía hasta desaparecer de la vista.

Duró muy poco la alegría en la casa del pobre. Eleugerio Matos, el padre de Ursulina, supo que al viejo viudo y verde le habían entrado ganas de irse para Guantánamo y dejar la hacienda en manos de un mayoral.

Remiso a separarse de la única compañía humana que le quedaba, Eleugerio habló con Tirso sobre la posibilidad de acompañarles y este le dijo que no, pues de ahí seguirían para La Habana.

Pero como nada permanece oculto bajo el sol la noticia llegó.

Ursulina Valdivia, con el seudónimo de La Cantora, era la predilecta de cuanto ricachón abría su bragueta en el prostíbulo Roof Garden de la ciudad del Guaso.

Y todo no quedaba ahí, le decían a Eleugerio. Mucho antes, el degenerado Don Tirso la puso a putear en el American Bar, el Gran Vía, El Montana y El Bambú, entre otros lupanares guantanameros de renombre.

-¡Hija de majá sale pinta! -dicen que gritó Eleugerio y al poco tiempo sólo quedaba en su bajío la herrumbre de un arado y las tablas podridas de un corral. -Siempre creí que terminaría en un bayú. ¡Pero la mato!

Cuenta una sobrina de Eleugerio que alquila un cuarto para citas en la calle Suárez que su tío nunca más vio a Ursulina, pero la mató.

¿Y cómo lo hizo?, le pregunté.

-La mandó a Doblar.

-¿De qué forma?

-Antes, en Guantánamo, cuando una hija abandonaba el hogar y se metía en un bayú muchos padres acudían a una especie de exorcismo contra la inmoralidad que le decían “Doblar Putas”.

-Explícate.

-Dos pesos al cura del pueblo para que doblara por la “muerte” de la hija.

-Entonces, cuando algunos vecinos le preguntaron a tu tío que por quién doblaron las campanas ese día, qué les respondió:

-Que las campanas doblaban por Ursulina.

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