Julio 17, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubasindical.org) - Después de inclinar la botella en la punta de los labios y estremecerse de pies a cabeza mientras el alcohol inunda las tripas, piensan que es el mejor lugar, el sitio ideal para intercambiar frases de amor, masajes eróticos y sexo sin medias tintas.
El vecindario duerme el sueño eterno, sin ronquidos ni habladurías fugazmente desprendidas de una pesadilla.
Unos van a intercambiar los más ardientes deseos de la carne, otros planean un nuevo saqueo aprovechando la combinación de una noche ungida con doble cuota de oscuridad, la crónica falta de luminarias y ningún celador a la vista.
El cementerio espera, con las puertas abiertas de par en par, por sus asiduos visitantes que vienen a gozar antes que aparezcan los destellos de la mañana o a desfalcar bóvedas y sarcófagos.
Para estos últimos casi todo es aprovechable para su comercialización en el mercado negro. Su trabajo puede ser por encargo o tras realizar una pesquisa en los barrios adyacentes en relación a la demanda de algún producto del camposanto.
El marco de los cuadros que sostienen las fotos de los occisos, las flores artificiales, los jarrones de cerámica o porcelana, las tapas que resguardan las tumbas y las joyas y restos óseos de los cadáveres, entran dentro de los artículos sujetos a posibles extracciones en cada acción delictiva.
Estos fenómenos no solo ocurren dentro del perímetro del cementerio de Santa Clara como informó hace unos días el periodista independiente Yoel Espinosa, son parte de una práctica que desde hace años se lleva a cabo en varios sitios similares de otras provincias del país, incluida la capital.
La proliferación de hechos vandálicos de tal naturaleza, se enmarca en el desmoronamiento de la pirámide moral de miles de jóvenes y adultos a la caza de cualquier oportunidad que le permita apropiarse de alguna ganancia monetaria. No importa el dónde y el qué en el momento de diseñar una incursión delictiva.
En el cementerio, la tasa de probabilidades para ser descubierto es baja. Encontrar vigilantes para evitar los despojos, las borracheras, las copulaciones y hasta quienes van a dormir, a pierna suelta, a la orilla de los sepulcros, se convierte en algo extremadamente difícil.
Los bajos salarios y las naturales reservas en acometer ese tipo de responsabilidad, implican que no hay soluciones que redunden en un retorno al control y el respeto hacia estos sagrados lugares. Personas de la tercera edad son los más proclives a ocupar las plazas.
Sin ánimos de ser absoluto, los sepultureros suelen ser eslabones imprescindibles para facilitar los robos y dotarlos de un nivel de eficacia que reduzca el tiempo en desvalijar los cadáveres que han enterrado con prendas de alto valor.
En este penoso mercadeo los hechiceros son clientes que a acostumbran a encargar osamentas humanas para la elaboración de maleficios y otros quehaceres de esos mundos dominados por el oscurantismo. El servicio, por supuesto, es de lujo. Los suministradores cumplen al dedillo con su trabajo. Desarman a cualquier muerto sin que le tiemble el pulso. Costillas, antebrazos y cráneos han terminado en los calderos de los brujos en una de esas noches que parecen fabricadas por ángeles.
La expresión de “En paz descanse” podría ser el título de una fábula o del primer acto de un sainete, nunca una sentencia que sella el último adiós de un cubano que inicia la conversión al polvo.
Aquí todo permanece trastocado, incompresible, ajeno a la razón. Los muertos no escapan de la debacle. Sus restos, las alegorías y los epitafios peligran.
Un ladrón que acecha, un borracho que descarga el contenido de su vejiga sobre alguna tumba, una pareja apareándose como si fueran los únicos moradores del universo encima de la losa sepulcral. Cualquiera de estas escenas pudiera ocurrir esta misma noche en algún cementerio de Cuba.