Agosto 11, 2009
Jorge Olivera Castillo, Sindical Press.
LA HABANA, Cuba - Agosto (www.cubasindical.org) - Una mujer entra al servicio sanitario. El olor nauseabundo asalta su olfato. Se detiene por la magnitud de la pestilencia que parte del inodoro.
Piensa en retroceder, pero su necesidad de evacuar el contenido de su vejiga es mayor que el deseo de abandonar el inhóspito lugar.
Abre la portezuela donde se encuentra el accesorio sembrado sobre un piso mugriento. A las bisagras, que sujetan el tablón rectangular de madera a la improvisada pared de granito pulido, le faltan tornillos. Es obvia la chapucería, no es posible saber si por inexperiencia, por terminar el trabajo lo más rápido posible o por llevarse parte de los aditamentos para venderlos en el mercado negro.
En sus ojos se dibuja una mueca que comienza en la repugnancia y termina en el pavor.
La distancia para que el contenido del inodoro sobrepase los límites es de apenas siete centímetros.
Dentro hay una crema compacta de orina y heces fecales. En ese instante el hedor es más penetrante. No sabe si es una trampa psicológica o realmente una consecuencia de estar más cerca de aquel paisaje diabólico.
La primera reacción es echar la puerta hacia adelante con brusquedad y huir como si hubiese visto a Lucifer en cueros. Pero, a duras penas, puede aguantar los desechos líquidos que amenazan con tomar la uretra a la fuerza.
No tiene mucho tiempo para decidirse por otras opciones. En su psiquis comienzan a chocar por un lado la idea de verse forzada a descargar su orina encima de aquel recipiente de inmundicias y por otro, intentar la descarga en uno de los flancos, justamente sobre el montón de papeles utilizados para higienizar las zonas donde terminan los ciclos fisiológicos.
Teme ser sorprendida dirigiendo el chorro de orina fuera del sitio establecido para esas funciones. No quiere violar las normas de la decencia, aunque las circunstancias la obligan a prescindir de ciertas reglas de urbanidad y convertirse en protagonista y víctima de un medio que invita a pensar en los estratos más bajos de la escala de la involución.
Finalmente pone las yemas de los dedos de su mano derecha sobre la puerta. Hala con lentitud. Es un movimiento involuntario que busca, ante todo, retrasar un encuentro desagradable. Entra. Pone su cuerpo de espaldas al inodoro. Se corre hacia el lado izquierdo donde se amontonan pedazos de periódicos y revistas, servilletas, hojas manuscritas y retazos engurruñados de papel sanitario, usados tras culminar las respectivas evacuaciones.
Realiza sus desplazamientos con sumo cuidado. Quiere salvar sus sandalias de un roce fatal. La papelería cubre un espacio considerable del baño lo que amerita una delicada maniobra para evitar un contacto con esa estremecedora señal de abandono.
Suda copiosamente mientras procede a desnudar las partes íntimas de su cuerpo. El chorro de orina cae sobre el montículo de papeles. Debajo algo se mueve. El gato asoma la cabeza y maúlla. Por sus características es notoria su mala salud. El pequeño felino tiene la piel marchita. Apenas tiene ánimos para salir de su escondite.
Idalmis sale a medio vestir del baño, después de emitir un grito de terror. Su necesidad ha quedado trunca, pero prefiere contenerla hasta abandonar el Hospital Benéfico-Jurídico ubicado en el capitalino municipio del Cerro.
Fue a acompañar a una pariente con serios problemas neumológico y ha sido sin proponérselo la protagonista de esta crónica.
Lamentablemente no es una vieja anécdota. Todo aconteció la semana pasada en el interior de ese centro especializado en problemas pulmonares.
Mi vecina dice que esa noche no podía desprender de su memoria al gato con sus temblorosos aullidos. Tampoco a aquel inodoro con su infernales emanaciones.