Agosto 28, 2009
PINAR DEL RIO, Cuba, agosto (www.cubanet.org) - Se iniciaba la década del sesenta, y aquellos fueron buenos tiempos. Entonces era un niño y caminaba de la mano de mi madre por la calle principal del pueblo, que era un constante ir y venir de personas.
Los días de Navidad volaban las preocupaciones y se brindaba con los amigos y hasta con los desconocidos que pasaban. Se escuchaban a los cantantes de moda. Recuerdo a Paul Anka. También viene a la memoria la voz de Nat King Cole. No había portales enrejados como ahora, y las puertas de las casas no cerraban durante el día.
Tuve los mejores maestros en la escuela. Aún quedaban sitios de enseñanza privada; estudié en uno de ellos hasta el cuarto grado. Recibíamos lecciones que forman parte hoy de nuestros códigos de conducta. Nada queda de los viejos maestros. Unos partieron al exilio y otros murieron.
Fueron buenos tiempos, no nos cansamos de repetirlo.
Un día anocheció de repente y aparecieron las prohibiciones. Fue un arrebato de revolución triunfante, de cambiarlo todo, hasta lo que no tenía que ser cambiado, aunque fuera parte de nosotros mismos. Prohibidas las navidades, la música, las letras, los cantores, los poetas de entonces y los de otros tiempos. Prohibidas las escuelas, los buenos maestros, la ortografía, el buen decir y hasta el civismo.
El exilio formó parte desde entonces de nuestras vidas. Estigma que arrastramos en cada familia como un castigo.
Las calles se llenaron de marchas y voces de mando; el país se convirtió en un campamento inmenso. Los que no obedecían, o no sabían hacerlo, eran olvidados en la marginalidad. Los oportunos no perdieron tiempo y hasta el día de hoy siguen en lo alto con sus estanterías repletas de máscaras para cada ocasión.